Si los crímenes que los verdugos Putin y Netanyahu cometen en Ucrania y Gaza no son rechazados por el Mundo, éste se convierte en verdugo también - por Erasmo Quintana
Si los crímenes que los verdugos Putin y Netanyahu cometen en Ucrania y Gaza no son rechazados por el Mundo, éste se convierte en verdugo también Erasmo Quintana *
Lucio Anneo Séneca, ese filósofo español italianizado vivó 69 años, como Miguel de Cervantes. Hijo de Séneca el Retórico, desde muy joven se traslada de su Córdoba natal a Roma, donde estudia Retórica y Filosofía. Es nombrado Senador por Calígula, que más tarde lo destierra a Córcega, donde pasa ocho años. Dada su fama de escritor es llamado a Roma por Agripina para ser preceptor de su hijo Nerón. La actuación y comportamiento de éste, cada vez más delirante y violento, obliga a Séneca a retirarse de la Corte. Es sin duda la personalidad más sobresaliente de la Edad de Plata de Roma, como definió a esa época Menéndez y Pelayo. Dentro de su copiosa obra aparecen sus tragedias griegas, nunca igualadas, así como largos pasajes declamatorios. Roma no había tenido hasta Séneca ningún filósofo creador. Continuador de la filosofía estoica más que un pensador, es un moralista, ya que sus tratados pretenden la formación ética del individuo.
De todo ello entresaco lo que me ha inspirado, y es esto que sigue. Séneca dijo: “La ira es una especie de locura, porque nos hace darle importancia a lo que no la tiene en absoluto”. Para interpretar a fondo esta sentencia recordemos lo que ahora mismo está sucediendo en varias partes del mundo: las sanguinarias guerras de Ucrania, en la que las principales víctimas son el pueblo llano indefenso, la que también se libra con auténtico genocidio en Gaza, mártires de la iracunda salvajada de animales cuales son Putin y Netanyahu. ¿Cómo podemos encontrar en el derramamiento de sangre humana, un día y otro, que no le quite el sueño a estos dos canallas tan pavoroso sinsentido? El verdadero problema es la aceptación con el atronador silencio que vive la inmensidad de personas de todas las naciones ante la eliminación de pueblos enteros, que significan las dos guerras infames que no tienen fin. El siniestro y diabólico aplastamiento de la humanidad que son estos dos conflictos bélicos y armados, parece no tener fin. Israel y Rusia parecen estar investidos del mayor de los derechos para ejercer con la ira destructiva, continuar asesinando a pueblos enteros como un derecho que les asiste. Y el mundo entero mira y calla. ¡Qué vergüenza!
Perdóneseme, pero ese descomunal silencio mundial hace que el verdugo asesino, también lo sea la propia humanidad, haciéndose cómplice, convirtiéndose asimismo en verdugo. La ira es algo consustancial al ser humano, pues en el fondo éste es de naturaleza malvada. Conociéndonos, deberíamos practicar siempre la amabilidad y querer sin el menor miramiento la paz, en todas las vertientes de nuestras relaciones. Tener presente siempre que la ira solo conduce a terribles crueldades que acercan indefectiblemente al aterrador y cercano espectro de la muerte. ¿Cómo alguien es capaz de dar muerte a su propio hijo, como el caso de esa madre que prefería muerta a su hija antes de que, por medio de la ley, su padre tuviera la custodia? Esa madre prefería ver muerta a su hija antes que con su progenitor.
El tenebroso dato es una de las muchas muestras de la iracundia, la agitación, el deseo de agredir, de violencia sin mesura, de puro deseo de atormentar a alguien que se tiene en la proximidad. La persona que la padece busca siempre la venganza, la que de forma irremediable le acarrea su propia destrucción. Todo iracundo es incapaz de controlarse; ignora momentáneamente lo que le conviene, obstinado en alcanzar su objetivo. No escucha consejo de nadie, se ofende y no distingue lo que es justo y lo que no. La persona llena de ira se sumerge en violentos espasmos y gesticulaciones entre rugidos, golpeando mecánicamente el suelo como un poseso. Quien se deja llevar por la ira, tan humana por cierto, puede calificarse de persona malcriada, arrogante, sádica y de horrible y vergonzante irascibilidad.
Una cosa debemos tener clara para entender (si se puede) que un ser humano, valiéndose de su elevada condición social y de prestigio, pueda desencadenar una terrible guerra que aplasta inmisericordemente a niños, mujeres de su casa, ancianos, inválidos, pues las principales víctimas no es la soldadesca, sino el pueblo, ese que el único delito que ha cometido es vivir. ¿Qué categoría de conciencia podrán tener un Putin o un Netanyahu para ordenar esos drones mortíferos sobre las personas que están en su casa, un refugio, iglesia, escuela o mercado, con el fin de eliminar -supuestamente- a un terrorista de Hamás? Por cobrarse la vida de una sola persona asesinan a cientos de ciudadanos. ¿Esto no es razzia y genocidio étnico? Mucha locura que hace ingobernable las emociones, la agitación, la violencia, el deseo de herir y dar muerte. ¿Todo ello no nos recuerda una guerra o conflagración mundial? Para estos líderes mundiales pirados, psicópatas, unos sueños de mezquinos intereses les basta para asesinar a la humanidad, ellos que son unos miserables, breves y efímeros mortales.
Erasmo Quintana