Crisis de la Izquierda y el Woke: Por la Ruptura con el Régimen del 78 y frenar la extrema derecha - por Carlos Martínez

Crisis de la Izquierda y el Woke: Por la Ruptura con el Régimen del 78 y frenar la extrema derecha

Carlos Martínez

politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

Desde su adhesión al consenso constitucional de 1978, las sucesivas direcciones del PSOE han ido ejecutando una metamorfosis que las ha convertido en el peor enemigo de su propio proyecto histórico. Lo que en su día fue un partido obrero, con raíces en el marxismo y la lucha por la emancipación, se transformó en un ente monárquico, liberal y atlantista. Esta transformación no fue un accidente, sino el resultado de una traición consciente a sus bases, logrando durante décadas engañar a miles de militantes socialistas y a millones de votantes que veían en la sigla un refugio para sus esperanzas. El PCE, por su parte, optó por la misma senda de integración en el régimen, y quienes desde dentro pretendieron criticar esta deriva lo hicieron de forma infructuosa. Los postmodernos llegados chupando del 15M actuaron maliciosa y deslealmente, sin ser capaces ni de romper con el régimen ni de convencer a las mayorías sociales de una alternativa.

El fin de época del gobierno de Pedro Sánchez no hace sino dejar un panorama desolador para las izquierdas transformadoras y, lo que es más grave, para la organización política autónoma de la clase trabajadora. En este ocaso, se identifica como causa principal una "crisis del Woke”. Veamos. Es cierto que formaciones como Podemos lograron introducir con fuerza en el debate político cierta agenda de corte identitario, e instaurarla como seña para buena parte de las llamadas "izquierdas" del régimen monárquico. Pero reducir el problema a esto es caer en una trampa discursiva. La izquierda que hoy se encuentra acorralada no ha caído tan solo por poner demasiado énfasis en las luchas contra la discriminación, sino por haber renunciado a lo fundamental: a Marx, a la lucha de clases, y a la confrontación con el capital que igualmente explota a autónomos y negocios familiares. Por despreciar a la clase obrera.

Mientras, la extrema derecha, sin mérito intelectual alguno, sin proyecto nacional serio y alimentada por el trumpismo importado, crece de manera alarmante. ¿La razón? La izquierda institucional, en su vergonzosa abdicación, se dedica a gestionar un capitalismo especulador y destructor, el mismo que defiende la Unión Europea. Esta UE no es un espacio de progreso, sino una arquitectura jurídica y económica diseñada para blindar los beneficios del gran capital, impulsar el rearme y arrastrarnos a guerras de agresión en nombre de unos intereses que no son los de nuestros pueblos.

Se acusa a una supuesta "izquierda woke" de no poner coto al terrorismo machista, de no resolver el problema de la vivienda y de ser incapaz de frenar las privatizaciones. Pero estas no son fallas tan solo de un exceso de "wokismo", sino síntomas de la sumisión al dogma económico neoliberal. Son las políticas de austeridad, la defensa de los tratados europeos y la priorización de los mercados sobre las personas las que imposibilitan cualquier solución real. La extrema derecha, por su parte, aplica estas mismas recetas privatizadoras con aún mayor brutalidad, sabiendo que de ello sus amigos amasan fortunas, y luego logran, perversamente, que un grueso de votantes penalice por los mismos problemas a un gobierno central progresista, incapaz de romper con ese marco.

La extrema derecha crece por el despecho hacia unos progresistas que prometieron cambio y ofrecen continuidad, por la desesperación ante directivas europeas que asfixian y arruinan, y también, es cierto, por el rechazo a una cultura de la cancelación y la irracionalidad sectaria que algunos sectores han promovido, abandonando la educación científica y humanista rigurosa y a las mujeres. Abandonaron los principios que dicen defender, actuando como farsantes maduros, y sembrando desconfianza, especialmente entre los jóvenes.

No deseamos, bajo ningún concepto, el gobierno de las derechas autoritarias y ultraliberales. Pero con una izquierda domesticada, que ha renunciado a sus herramientas de análisis y combate, su llegada se vuelve inexorable. El llamado "woke", convertido en chivo expiatorio, no es tan solo la causa raíz; es una distracción, un árbol que tapa el bosque de la capitulación de clase. Nos ha llevado a la irrelevancia política y, con su fetichismo legalista, hasta ha acabado dejando como regalo a la extrema derecha leyes como la "ley mordaza", que ahora ésta usará contra todos los disidentes.

Frente a este callejón sin salida, nuestra propuesta es clara y radical:

Primero, hay que salir de la Unión Europea. Recuperar la soberanía monetaria, económica, alimentaria y energética no es un capricho, es la condición previa para recuperar la dignidad y la capacidad de decidir nuestro futuro. El mundo es grande, y hay espacio para relaciones de cooperación mutua fuera de las jaulas de oro neoliberales de Bruselas.

Segundo, hay que volver a la razón y a la ciencia, sí, pero no a una ciencia neutral, sino a la ciencia social crítica. Hay que formar e informar con claridad: las extremas derechas y los fascismos no son un accidente ni un simple malestar cultural. Son un arma del capitalismo en crisis. Los poderosos y los ricos las alimentan cuando su sistema se resquebraja, para dividir a la clase trabajadora y desviar la ira popular hacia chivos expiatorios (inmigrantes, feministas, "elites progresistas de clase media").

Su otra arma, gemela, es la guerra. Las extremas derechas no son patriotas, son lacayas de los intereses geopolíticos de la anglosfera y belicistas por naturaleza. Su "anti-globalismo" es una farsa; son profundamente pro-yanquis y sirven a un capitalismo depredador que necesita enemigos externos para cohesionarse internamente.

La salida no está, por tanto, en debates estériles sobre la corrección política, sino en la reconstrucción de un proyecto de soberanía popular, anticapitalista y de clase. Un proyecto que, partiendo de la defensa intransigente de los derechos sociales y laborales (vivienda, sanidad, pensiones, salarios dignos), así como de fraguar una sólida alianza con agricultores, pescadores, camioneros, taxistas, pequeños emprendedores… Sea capaz de articular una reagrupación social amplia para romper con el régimen del 78, con la monarquía, con la OTAN y con la UE. Solo recuperando el horizonte de la emancipación y la lucha por el poder, y no por migajas dentro del sistema, la izquierda podrá dejar de ser su propio enemigo y convertirse, de nuevo, en la esperanza de quienes sufren las consecuencias de este capitalismo en descomposición.