Cuanto más pequeños, más ladradores - por Joaquín Rábago
Cuanto más pequeños, más ladradores
Joaquín Rábago
A algunos países les pasa como a los perros: cuanto más pequeños, más ladradores sus políticos.
Es lo que ocurre, por ejemplo, con Margus Tsahkna, ministro de Exteriores de Estonia, un país de 45.335 kilómetros cuadrados y 1.36 millones de habitantes.
Según ese jefe de lo que siguen llamando “diplomacia”, “no es éste el momento de hablar con Rusia, sino de presionarla todavía más".
El país de Vladimir Putin está hoy, afirma el estonio, más débil económica y militarmente que nunca, y hay que endurecer por tanto las sanciones que le aplicamos y no ayudarlo a salir de su actual atolladero.
Tsahkna parece pensar como su compatriota Kaja Kallas, la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Seguridad de la UE, que lo mejor que puede hacerse es “fragmentar a Rusia",dividirla en repúblicas más pequeñas, continuando así la tarea iniciada con la Unión Soviética.
Que la Unión Europea vaya ya por su vigésimo paquete de sanciones contra Rusia y que hasta ahora sea poco lo conseguido y mucho el daño a la propia Europa, pese a lo que afirme Bruselas, que lleva cuatro años hablando del desastre económico ruso, no parece importar.
La idea expuesta últimamente por Vladimir Putin de que Rusia podría aceptar a un mediador europeo como el ex canciller federal alemán Gerhard Schroeder si los europeos decidieran por fin sentarse a la mesa de negociaciones no convence a nadie.
No convence sobre todo a la rusófoba Kallas, como tampoco a los políticos ni a los comentaristas de los medios germanos, que consideran al socialdemócrata Schroeder muy próximo a Putin y le afean sus negocios con la industria energética de ese país.
Schroeder ha calificado alguna vez, es cierto, de “contraria al derecho internacional” la invasión rusa de Ucrania, pero considera “inaceptable” que se “demonice” a Rusia y se la considere, como dice el actual ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, “un eterno enemigo”.
El semanario Der Spiegel mencionaba recientemente otro posible nombre para negociar con el Kremlin: el de la cristianodemócrata Angela Merkel, que sucedió a Schroeder al frente del Gobierno de Berlín, creció en la antigua Alemania comunista y habla ruso.
Merkel, que gobernó entre 2001 y 2021, afirmó en cierta ocasión que quiso hablar con Vladimir Putin para resolver el conflicto ucraniano, pero que se lo impidieron Polonia y las Repúblicas Bálticas, acusación que indignó a los gobiernos de esos países.
Pero los dirigentes rusos recuerdan también sin duda cómo la cristianodemócrata Merkel y el entonces presidente francés, François Hollande, los engañaron con los llamados "Acuerdos de Minsk” de 2014.
Fingiendo negociar con Moscú esos acuerdos, la OTAN sólo quiso dar tiempo a Ucrania para que continuara armándose, según reconocieron tiempo después los dos políticos directamente implicados en aquellas negociaciones.
El problema no es sólo que los europeos no siquiera parezcan estar de acuerdo en que ha llegado el momento de hablar con Rusia, rompiendo un silencio diplomático de años.
El problema es que tampoco saben quién podría representarlos si decidieran romper ese largo silencio, ni qué concesiones tendrían que estar dispuestos a hacerle al Kremlin o qué líneas rojas en cambio fijar a Rusia.