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sábado, 20 de abril de 2024 16:42h.

David Pulido Suárez, el joven poeta de experiencias acumuladas - por Nicolás Guerra Aguiar

 

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DE PROFUNDIS

David Pulido Suárez, el joven poeta de experiencias acumuladas - por Nicolás Guerra Aguiar *

 

JUAN JESÚS PÁEZ MARTÍN
JUAN JESÚS PÁEZ MARTÍN

David Pulido Suárez, estimado lector, es uno de esos poetas a quienes cualquier profesor de Literatura de mi generación le hubiera gustado tener en su aula. Por tal razón siento hacia el doctor Páez Martín lo que los romanos del mundo clásico llamaron invidia -ae.  

DAVID PULIDO SUÁREZ
DAVID PULIDO SUÁREZ

 Pero invidia no referida a los primeros significados del Spes, diccionario latino-español (es decir, ‘antipatía, odio, mala voluntad’) y coleguilla desde los tiernos trece añitos, angelical criatura. Muy al contrario: se trata de invidia sāna, construcción definida por la RAE como ‘admiración hacia alguien’. Por tanto, y en este caso, incluyo estima y respeto profesional al profesor arriba citado, ex titular de la Universidad de Las Palmas (digo ULP y no “de Las Palmas de Gran Canaria” pues prefiero la denominación no oficial: incluye a todas las islas orientales, sumada La Graciosa). 

ULPGC
DAVID PULIDO SUÁREZ

  Así, podría resultar osado atrevimiento (¡y lo es, ditoseadiós!) que desde mis experiencias aularias ya jubiladas inicie un artículo sobre Ni un leve trazo (Edit. Cuadernos del Laberinto), última obra del poeta y, a la par, ex alumno privilegiado del profesor Páez en la Facultad. ¡Gran riesgo el mío!, claro,  por una razón bien sencilla: para su presentación pública utilizó el doctor Páez ese universitario bisturí diseccionador tan propio de él. Y así fue. Analizó con tanto rigor, seguridad y conocimientos la publicación, que una afirmación suya me facilita el punto de partida: “Se trata de lírica pura, literatura de literatura, poesía como sondeo de la realidad y búsqueda intimista”. 

ANTONIO MUÑOZ MOLINA
ANTONIO MUÑOZ MOLINA

  Lo deja escrito Antonio Muñoz Molina: “La poesía es como el manantial de todo, es una cosa muy honda que tiene mucho que ver con lo fundamental del ser humano”. Por tanto, la etiquetada como social, política, caritativa, amorosa, laudatoria, fúnebre, sensorial, revolucionaria, intimista, existencial, evasiva…, volcada en las clásicas estructuras o a la manera del versolibrismo es también, estimado lector, esencia humana surgida de internos estruendos del autor o, acaso, de mansedumbres acompasadas, serenas... 

  Y ya que nombro la poesía social, la del compromiso con los parias de la Tierra, me viene a la memoria un libro entrañable y gratísimamente abierto para un joven universitario de apenas diecinueve años recién llegado a La Laguna. Se trata de Poesía social, Antología (Leopoldo de Luis, Alfaguara/1965), en cuyas páginas leí los poemas de Ángela Figuera. 

LEOPOLDO DE LUIS ÁNGELA FIGUERA
LEOPOLDO DE LUIS ÁNGELA FIGUERA

  Uno, sobre todo, me impactó por la inicial desestabilización de algunos principios religiosos impuestos desde las tiernas edades de la infancia y primera juventud galdenses, la del “Caudillo de España por la gracia de Dios” (¿amparó Dios al dictador?). Se trata de varios versos de “Me explico ante Dios”: “Señor, si no te canto no te enojes. […] No te hago falta, tienes a tus Santos; / los coros de tus Vírgenes y Arcángeles / te alaban y bendicen en tu gloria. / Pero a quien sólo es hombre, ¿quién le canta?”.  

ÁNGELA FIGUERA
ÁNGELA FIGUERA

   ¿Mantienen relación alguna los versos anteriores con nuestro joven poeta? Sí, sin duda: Ángela Figuera y David Pulido siguen la misma línea del trato directo con Dios desde la primera palabra del poema,  de interrogaciones no contestadas y desánimos ante la aparente desidia (¿acaso prudencia?) del “Padre” (así llamado por el cristianismo) de todo ser  humano por Él creado según la religión. Para la poetisa, Dios fue acaparador de todos los cantos celestiales. Para David es la voz con cuyo silencio él, ser humano, se hunde simbólicamente (pero no habla a solas, no: lo hace también en nombre de millones de seres humanos que lo buscaron y aquel siempre se alejaba para no responder, quizás infinita ausencia).

  Estoy ya en el poema arriba reproducido, el segundo, localizado en la página 9 de Ni un leve trazo (es el impacto emocional, tal vez la desazón o angustia, acaso la tragedia romántica de la vida, quizás el sentido unamuniano de la misma: solo, el hombre está solo en su propia hecatombe vital, en el Infierno sartriano. Pero ya no solo está solo: además, como a Tomás Morales, “una mano en la noche” le “arrebató el timón”. Y vaga, pues, sin rumbo. Pero siempre encontrará el camino con serenidad, inteligencia y desapasionamientos. (Escribo “camino” con minúscula, claro, pues no se trata del libro Camino escrito por el fundador del Opus Dei, organización radicalmente enfrentada al actual papa.)

  Me detuve, sí, en este bellísimo soneto por sorprendente y, sospecho, reflejo de un consagrado vate impulsado e ilusionado por razones y sentimientos pues, como Antonio Machado, soñó algún día con la simbólica pero diáfana visión de Dios, “y que a Dios hablaba”. Más: incluso fantaseó que Dios lo oía para, al final, descubrir su verdad: “Después soñé que soñaba”, concluye el poeta del 98. 

DAVID PULIDO

  ¿Originalidad temática? No, en absoluto: la poesía ya ha agotado todos los temas (los novísimos, incluso, ensalzaron al gintónic (gin–tonic en desfasado rigor académico). Así pues, las invocaciones a Dios no están ausentes en nuestra lírica, la ajena a composiciones ascéticas o místicas, la llamada poesía religiosa. Dos ejemplos más: Miguel de Unamuno reclama su atención en “La oración del ateo”. Escribe (primera parte del primer verso) “Oye mi ruego Tú,” (necesidad de Dios, la fe) para completarlo con la segunda, su negación: “Tú que no existes” (la razón). Es decir, la absoluta imposibilidad de un diálogo entre ambos en cuanto que está ausente uno de ellos.

UNAMUNO BLAS DE OTERO
UNAMUNO BLAS DE OTERO

  El otro se refiere a Blas de Otero. Este, en Ancia (poema “Encuesta”, 1958) busca la causa del sufrimiento humano (“Me pregunto quién goza con que suframos los hombres”). Planteamiento ya apuntado con la simbólica herida (“Me haces daño, Señor. Quita tu mano / de encima. Déjame con mi vacío”) en Redoble de conciencia,  1951). 

BLAS DE OTERO
BLAS DE OTERO

  Pues bien. El poema de David Pulido (insisto en mi consideración de extraordinaria composición) es riguroso en la forma sonetil y bellísimo en el plano del contenido... a pesar del desgarramiento traducido en soledad y padecimientos (“¡barro inmundo / es lo que soy!”). Observemos algo muy curioso: el sujeto poético, David, solo usa dos veces el plural gramatical “nosotros” (“cojamos”, “nos llevamos”). Pero  en él incluye a todos los seres humanos de iguales sensaciones, de pálpitos ante la realidad de las cosas. El “yo” (“llamo; me hundo; soy; no quiero...”) abraza a los demás y también en su nombre eleva -quizás a la nada- reproches, denuncias, lamentos ante un Dios definido como “Tu voz es el silencio” en el cual “me hundo”.

  Ni un leve trazo, estimado lector, puede parecer en momentos un libro de angustias. Pero no es así: es la definitiva maduración, la entrada ganada a pulso en la Poética. Se trata de una obra de corazonadas emocionales y ansiosa -pero razonada-  búsqueda de las verdades, mas no a través de “augurios ni señales / o designios celestiales / que nos marquen el camino”. / Cada cual forja su sino / con materia de sus sueños [...]”. Con las cartas boca arriba y, sobre todo, apoyado en el amplísimo conocimiento de la tradición literaria, la razón y el saber hacer, David muestra capacidad para discurrir frente a eternas interrogaciones. El poeta, más adelante, ya estará conformado en su condición humana… ante el silencio de Dios como única respuesta.    

DAVID PULIDO SUÁREZ

 El libro puede comprarse en línea aquí

* Gracias a Nicolás Guerra Aguiar

+ Gracias a NICOLÁS GUERRA AGUIAR
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