La destrucción del Partido Laborista y su izquierda a manos de Starmer y sus secuaces. Dossier - por Paul Holden, Steve Howell, Aaron Bastani
La destrucción del Partido Laborista y su izquierda a manos de Starmer y sus secuaces. Dossier
Paul Holden, Steve Howell, Aaron Bastani
JACOBIN
UNHERD
SIN PERMISO
«La humillación como método político»: en la trastienda de la derecha laborista
Entrevista con Paul Holden
Una conversación con el periodista Paul Holden sobre su nuevo libro The Fraud.
El lunes, la editorial OR Books publicó el nuevo libro del periodista de investigación Paul Holden, titulado The Fraud. A lo largo de casi 600 páginas, Holden detalla los orígenes, funcionamiento e irregularidades del laboratorio de ideas Labour Together y de las personas relacionadas con dicha entidad. Sobre todo, se centra en su antiguo director, Morgan McSweeney, que también dirigió la campaña de Keir Starmer para liderar el Partido Laborista y es hoy su jefe de gabinete en Downing Street.
Antes de su publicación, el libro se convirtió en noticia por revelar los sórdidos y misóginos mensajes enviados por varios de los colaboradores más cercanos del primer ministro, lo que provocó la dimisión del director de estrategia política, Paul Ovenden, y de la jefa de comunicaciones, Steph Driver. Se le ha pedido asimismo a la Comisión Electoral que reabra su investigación sobre este grupo de expertos por no haber declarado ilegalmente 740.000 libras esterlinas en donaciones bajo la dirección de McSweeney, algo que ha desestimado el fundador de Labour Together y actual secretario de Vivienda, Steve Reed.
A principios de esta semana, Eli Machover, de la revista digital Vashti, habló con Holden sobre la fraudulenta política de la derecha laborista, acerca de las controversias que rodean las revelaciones de su libro y por qué podrían significar el fin del espectáculo para Keir Starmer.
Esta entrevista se ha editado por razones de extensión y claridad.
Ha salido a la venta esta semana su nuevo libro. ¿Quién o qué es el «fraude» del título?
En realidad, se trata de múltiples fraudes. A Keir Starmer lo denomino fraude en el sentido coloquial, en el sentido de que es un hombre que se presenta a sí mismo de forma engañosa. Creo que eso ha sido el núcleo de su metodología política desde al menos principios de 2020; se presenta constantemente con maneras que son totalmente falsas.
Pero luego hay un fraude más profundo, que comenzó en 2017 y terminará en las elecciones de 2024, lo que yo llamo el «proyecto Labour Together», del que Morgan McSweeney y Steve Reed son los principales impulsores. Presentaban el centro de reflexión de Labour Together como un organismo interfraccional que quería sanar las divisiones del partido. Ese fraude era una tapadera para un proyecto mucho más obscuro y problemático, que consistía en destruir desde dentro el Partido Laborista de Jeremy Corbyn y luego gobernar sobre sus cenizas. Parte de ello consistía en precipitar el derrumbe del apoyo al Partido Laborista tanto como pudieran y luego prepararse para imponer al partido un líder que pudieran utilizar para hacerse con él y rehacerlo luego por completo.
Este fraude se repite de nuevo. Así es como termino el libro, argumentando que una de las razones por las que el Partido Laborista se ha vuelto tan impopular desde la elección de Starmer como primer ministro es porque han repetido esa metodología política.
¿Cree que esta política fraudulenta le está allanando el camino a la extrema derecha?
Mire, el Partido Laborista llegó al gobierno limitado por su propia metodología para alcanzar el poder: vaciar la socialdemocracia de toda substancia y mentirle luego a la gente sobre lo que iba a pasar. Como resultado, son extremadamente vulnerables, porque la gente realmente los odia, y los odia porque sienten que se ha traicionado su confianza. Nada va a hacer que la gente se sienta más enfadada, más molesta y más enajenada con un proyecto político que cuando sienten que les han mentido sistemáticamente.
Ya existía una desconfianza extrema hacia los políticos, con razón, tras catorce años de gobierno conservador. La confianza de la ciudadanía en el proceso político es extremadamente baja. En ese contexto, el proyecto de Starmer ha hecho lo que siempre ha hecho, que es decidir quién es su futuro oponente —en este caso, Nigel Farage— y copiar a esa persona. Al igual que copiaron a Rebecca Long-Bailey [diputada laborista] en la contienda por el liderazgo de 2020 [al que también optaba Long-Bailey], copiaron luego a Rishi Sunak [primer ministro conservador enre 2022 y 2024] y ahora están copiando a Nigel Farage. Están siguiendo su agenda diciendo que todas sus preocupaciones son legítimas, pero que el Partido Laborista tiene soluciones más prácticas.
¿Por qué decidió publicar el material en forma de libro en este momento?
Quería publicar esto en forma de libro antes de las últimas elecciones como advertencia a la gente, pero en ese momento nadie quería prestar oidos. En mi casa bromeamos diciendo que éramos críticos de Keir Starmer antes de que esto se pusiera de moda. Antes era algo propio de hipsters, pero ahora todo el mundo lo critica.
El libro está teniendo un impacto significativo en Westminster, y no solo por la revelación de que Labour Together no declaró 740.000 libras esterlinas en donaciones. En las últimas semanas hemos asistido a una fuga de altos cargos del equipo central de Starmer en Downing Street, en parte gracias a las pruebas presentadas en The Fraud de que varios de estos empleados incurrieron en conductas abusivas y misóginas mientras trabajaban en la sede del Partido Laborista en lo que duró el liderazgo de Jeremy Corbyn.
Algunos de sus comportamientos sólo se han hecho públicos por primera vez en The Fraud, pero los periodistas conocían esta información desde hacía años. ¿Por qué cree que sólo ahora, con la publicación de su libro, han salido estas pruebas a la luz pública?
Lo que sé, o al menos lo que me han contado otras personas, es que algunos de esos mensajes internos del Partido Laborista se llevaron a la BBC durante las elecciones generales de 2024, y no se informó al respecto. Más tarde llevé los archivos autentificados a la BBC, y tampoco publicaron la noticia. Durante mucho tiempo me dijeron que era necesario mantener debates editoriales muy detallados. Me pareció que había un bloqueo institucional en la BBC y, al final, perdí la paciencia. Entonces acudí a [la cadena televisiva] ITV y la respuesta fue muy diferente. Estaban muy excitados y querían publicar la noticia. Una vez que lo verificaron, de manera forense, fue muy rápido [los mensajes se filtraron al Daily Mail antes de que ITV publicara la noticia].
Has tenido a tus espaldas una «empresa de gestión de reputación» debido a lo que has revelado.
Sí, contratada por Labour Together. Esta organización tiene una reputación que gestionar y están asustados. Hay auténtica porquería, suciedad de veras. Esas 740.000 libras no van a desaparecer. La Comisión Electoral ha dicho que no va a investigar este asunto. Lo digo muy claramente: o la Comisión Electoral hace su trabajo, o yo lo haré por ella.
¿Podría esto acabar de veras con la administración Starmer?
Sí, creo que sí. Realmente creo que es suficiente.
Además de detallar la conducta inquietante e ilegal de los altos cargos del Gobierno, el libro también analiza la crueldad esencial de su política y su modus operandi. En concreto, examina las tácticas empleadas por el equipo de Starmer contra los medios de comunicación de izquierda y la izquierda del partido —incluidos los activistas antisionistas, muchos de los cuales eran judíos— durante el periodo de oposición en el que él era líder, y Corbyn antes que él. Usted muestra cómo esto ya presagiaba el trato que el Gobierno de Starmer daría a las personas más vulnerables de la sociedad británica, y el apoyo que han ofrecido a un Estado étnico de apartheid que perpetra el genocidio de los palestinos.
Por supuesto. En el centro de su proyecto hay un grado de crueldad y venganza: la humillación como método político.
De hecho, tenía otra idea para un libro. En los archivos del Partido Laborista hay docenas de cartas de judíos de izquierdas acusados de antisemitismo en las que escriben al partido preguntando: «¿Qué estáis haciendo? ¿En qué estáis pensando? ¿Qué hay en vuestros corazones para que hagáis esto?». La carta escrita por Jonathan Rosenhead, un activista antiapartheid de toda la vida, es una de las más impactantes, está escrita de forma preciosa. Es una historia de cuatro páginas sobre su vida y la de su familia, en la que explica que parte de su familia fue asesinada en el Holocausto. Termina diciendo: «Acusarme de antisemitismo me hace pensar que no entienden el antisemitismo como concepto o como práctica».
La persona que presentó la denuncia contra Rosenhead fue el diputado Steve Reed. Reed no es judío. Creo que es muy simbólico: había estado trabajando con McSweeney en el proyecto Labour Together, y uno de sus vectores de ataque era la idea de que el partido bajo el liderazgo de Corbyn estaba invadido por el antisemitismo y fuera de control. En 2020, un mes después de que Reed ocupara el poderoso cargo en el gabinete en la sombra como secretario de comunidades y gobierno local en la nueva administración de Starmer, envió un correo electrónico exigiendo que se suspendiera e investigara a diez personas por antisemitismo. Cuatro de ellas eran judías. En todos esos casos, el Partido Laborista realizó una investigación. La burocracia se vio sometida a mucha presión para encontrar razones para expulsar a estas personas, y no pudieron encontrar nada. La única persona a la que enviaron una notificación de investigación fue a Rosenhead, por una razón absurda, y él se sintió tan profundamente ofendido por la idea de que el Partido Laborista fuera a investigarlo que se dio de baja.
Evidentemente, los años de Corbyn no fueron ni mucho menos perfectos, pero creo que el corbynismo tenía una rica vena de humanidad, o al menos un intento de reconocer que la humanidad y la dignidad pueden tener algún papel en nuestra política. Y eso ya no existe. Ahora solo hay crueldad y represión. La Fundación Joseph Rowntree ha dicho básicamente que, al final de esta legislatura, la vida de la gente será peor. Si el Gobierno no puede ofrecer beneficios materiales a la vida de la gente, ¿qué le puede ofrecer? Lo único que puede ofrecer es el poder del Estado.
Esto es realmente todo lo que tiene la derecha laborista: la capacidad de hacerse con una burocracia y utilizarla luego para defender su poder, recurriendo normalmente a modos terribles. Las repercusiones de esto en el Partido Laborista han sido tan profundas —es profundamente negativo que la mitad de los afiliados se haya marchado— que no es una organización funcional. Se puede decir lo que se quiera sobre el Partido Laborista de los últimos cien años, pero en general ha sido un lugar de controversia política viva, real y dinámica, que genera ideas y movimientos.
En el libro mencionas Red Shift: Labour's Path to Power, [Giro rojo: La vía laborista al poder], un folleto publicado por Labour Together en abril de 2023 que, en esencia, detalla la estrategia política de la organización. Llama la atención la ausencia de cualquier mención a las elecciones generales de 2017, en las que el Partido Laborista obtuvo su mayor porcentaje de votos en 16 años; tal como señala usted, los autores «simplemente, lo borran del historial». ¿Por qué pasa esto?
Para estas personas, no existe. Casi parece que sea una ofensa para su cosmología y no pueden admitir que exista.
Red Shift discurre la mayor parte del tiempo afirmando que la única lección que aprendimos de 2019 es que nadie quería a Jeremy Corbyn de primer ministro. A mí me parece que la única lección que aprendimos de 2019 es que a las personas que votaron a favor del Brexit no les gustaba la idea de un segundo referéndum. En 52 de las circunscripciones de los 54 escaños que perdió el Partido Laborista en Inglaterra y Gales se había votado a favor del Brexit. No es difícil entender el mensaje. Tampoco es difícil entender de dónde surgió la política del segundo referéndum, que básicamente es de Keir Starmer. Así que tienen que borrar 2017 y reescribir 2019. Esta facción siempre esgrimirá las elecciones de 2024 como prueba de que su metodología funciona.
¿Qué lecciones puede extraer la izquierda de todo esto?
La prueba para la izquierda será la siguiente: las personas que se sienten apartadas por el Partido Laborista de Starmer perderán la fe y la confianza en el proceso político, por lo que la cuestión no será solo hacerse con el espacio político, sino convencer a la gente de que se interese por él. Se tratará de convencer a las personas que se sienten apartadas de que apoyar un proyecto de izquierda tiene algún valor. Pero ese es un espacio muy frágil desde el punto de vista emocional y político, porque las personas están constantemente al borde de la desafección y la desilusión. Por lo tanto, si se quiere atraer a la gente a un movimiento, hay que tratarla con respeto y hay que ser muy preciso en todo lo que se hace. Esa es la lección. Si pierdes esa confianza, estás acabado.
Esperemos que aún no se haya perdido.
Sí, me preocupa que haya sucedido eso, y creo que esa es la razón por la que hay tantos se han pasado ahora al Partido Verde, porque existe la sensación de que tal vez sea el Partido Verde una máquina que dé apariencia profesional. La gente se pregunta sobre el nuevo partido de izquierda: «¿Se disipará nuestra confianza si los apoyamos?».
Ahí es donde la izquierda va a tener dificultades, sobre todo después de que, a lo largo de los años, los líderes laboristas hayan agarrado al ala izquierda de su propio partido y a su propio electorado principal, les hayan metido la cabeza en el retrete y hayan tirado de la cadena, diciendo: «¡Sois unos mierdas! ¡Sois unos mierdas!». Y ahora dice esta gente: «Que les den, me voy al Partido Verde o a cualquier otro sitio donde no me metan la cabeza en el retrete».
Cómo derribó a Jeremy Corbyn la derecha laborista
Steve Howell
Reseña de The Fraud: Keir Starmer, Morgan McSweeney, and the Crisis of British Democracy (El fraude: Keir Starmer, Morgan McSweeney y la crisis de la democracia británica), de Paul Holden (OR Books, 2025).
Un nuevo libro del periodista Paul Holden expone hasta dónde llegaron los reaccionarios del Partido Laborista, muchos de los cuales forman hoy parte del actual Gobierno, con el fin de sabotear las perspectivas electorales de Jeremy Corbyn.
Era jueves, 8 de junio de 2017, y a apenas un kilómetro y medio de distancia, el Big Ben daba las diez en punto. Todos los reunidos en la sede de la campaña del Partido Laborista británico en Westminster miraban una gran pantalla, esperando a que la BBC anunciara los resultados de las encuestas a pie de urna de las elecciones generales. Cuando el presentador de noticias afirmó «No hay mayoría absoluta», se produjo un grito ahogado colectivo seguido de vítores y entrechocar de manos. En las horas siguientes, los resultados reales confirmaron la veracidad de las encuestas: el Partido Laborista, liderado por Jeremy Corbyn, había desafiado las predicciones de una victoria aplastante de los conservadores y los había reducido a sólo 317 de los 650 escaños.
La primera ministra en funciones, Theresa May, tardaría casi un mes en cerrar un acuerdo poco satisfactorio con el Partido Unionista Democrático (DUP) de Irlanda del Norte que le permitiera aferrarse al poder. Si el Partido Laborista hubiera sumado siete escaños más a su ganancia neta de treinta, los diez diputados del DUP no habrían podido salvar a May, y Corbyn, como líder del segundo partido más grande con 262 escaños, habría tenido derecho, según los precedentes, a intentar formar gobierno.
Esa perspectiva era anatema no sólo para los enemigos políticos habituales del Partido Laborista, sino también para los oponentes de Corbyn dentro del partido, muchos de los cuales aún controlaban su burocracia y sus cuentas bancarias. El equipo que dirigía la campaña electoral, y yo mismo entre ellos, era muy consciente de ello; la derecha laborista había estado intentando socavar a Corbyn desde que fuera elegido líder por primera vez en 2015. Incluso durante la propia campaña, nos enfrentamos continuamente a obstáculos internos, así como a filtraciones y difamaciones que solo podían provenir de personas de dentro.
Con ello se creó un ambiente de sospecha. No sabíamos qué más se nos escapaba. Aunque algunos de los sabotajes eran evidentes, no sabíamos, por ejemplo, que en Ergon House, un edificio no muy lejano, la burocracia laborista había estado llevando a cabo una campaña secreta y paralela para apoyar a candidatos hostiles a Corbyn, partiendo de la premisa de que el Partido Laborista sufriría una dura derrota, Corbyn se vería obligado a dimitir y los políticos elegidos por ellos se convertirían en los nuevos dirigentes.
Un trabajo desde dentro
Gracias al meticuloso periodismo de Paul Holden, hoy sabemos más sobre el mal uso de fondos durante la campaña de 2017, así como sobre las conspiraciones posteriores de miembros del Partido Laborista para derrocar a Corbyn. The Fraud: Keir Starmer, Morgan McSweeney, and the Crisis of British Democracy es un voluminoso libro de 544 páginas, respaldado por una página digital con casi ochocientas notas y documentos adicionales. Cuenta la historia de esta lamentable saga desde aquellas elecciones generales hasta la actualidad. Algunas de sus conclusiones se suman a lo que ya se ha sabido a través de filtraciones, casos judiciales y una investigación interna presidida por un destacado abogado, Martin Forde, que se negó a participar en un encubrimiento. Gran parte de ello resulta completamente nuevo y tan estremecedor que el principal artífice del subterfugio posterior a 2017, el jefe de gabinete de Starmer, Morgan McSweeney, se ve ahora presionado para que dimita.
La investigación de Forde confirmó las pruebas filtradas de que existía la campaña paralela de Ergon House, pero su condena se limitó a comentar que era «un incumplimiento del deber implícito de buena fe». Esto, por decirlo suavemente, teniendo en cuenta que el dinero desviado en secreto era fruto de donaciones que respondían a llamamientos firmados personalmente por Corbyn, y que la constitución del partido establece claramente que «todas las campañas electorales del partido deben informar al líder».
Holden ha descubierto ahora que los fondos del partido se utilizaron clandestinamente a una escala mucho mayor de lo que había establecido Forde. Además del personal y los gastos de Ergon House, afirma que «a un selecto grupo de diecisiete diputados se les asignaron fondos adicionales para un envío postal... y para gastar en Promote, el sistema del partido para comprar publicidad en redes sociales», y que este grupo privilegiado incluía a Sir Keir Starmer.
Mientras tanto, la campaña oficial se veía privada de fondos. Tal como señala Holden, “al final de la campaña me dijeron que sólo se disponía de 50.000 libras para la publicidad de Get Out the Vote en los escaños conservadores que considerábamos ganables. Esto me limitó a centrarme sólo en doce. Si parte del dinero malversado se hubiera destinado a financiar la publicidad de más escaños objetivo, habría marcado la diferencia y posiblemente hasta nos habría permitido conseguir los suficientes como para detener el acuerdo de May con el DUP, dado que la diferencia media en los siete siguientes más conseguibles era sólo de 451 votos”.
Aunque sea discutible el impacto de este subterfugio en el curso de la historia, hay cuestiones sobre su legalidad que podrían responderse mediante una investigación adecuada. Según las normas electorales del Reino Unido, se distingue entre el gasto de campaña nacional y el local, estando este último sujeto a reducidos límites que, en 2017, oscilaban entre 12.000 y 16.000 libras esterlinas por circunscripción. El material de campaña para la promoción de un candidato concreto está sujeto al límite local.
Holden afirma que ha podido identificar seis de los distritos electorales que «sin duda recibieron dinero de Ergon House» y que esto se declaró como gasto nacional. Si este dinero se gastó en publicidad en la que se nombraba al candidato, debería haberse puesto de manifiesto en la declaración local. Holden ha comprobado que la empresa Ergon House, que se encargó de imprimir los folletos para estas circunscripciones, todavía conserva las pruebas de impresión, pero el Partido Laborista, que posee los derechos, no ha respondido a las reiteradas solicitudes para que las haga públicas.
Esta falta de transparencia ridiculiza la promesa de Starmer, formulada al ser elegido primer ministro, de restaurar la confianza en la política. Ya es bastante grave que el dinero donado por los partidarios de la campaña oficial liderada por Corbyn se haya utilizado indebidamente en secreto, pero el hecho de que el partido no haya sido transparente sobre cómo se gastó exactamente y se declaró a la Comisión Electoral, demuestra un desprecio total por la rectitud financiera.
Partido Laborista aparte…
El relativo éxito de Corbyn en 2017 dejó a los saboteadores en estado de confusión y le permitió un breve respiro de la abierta oposición interna. Sin embargo, entre bastidores, McSweeney andaba tramando un nuevo complot. Aunque apenas conocido fuera de los círculos laboristas londinenses en 2017, McSweeney era, en palabras de Holden, «un antiguo protegido de Peter Mandelson», ya que había trabajado para el hoy desacreditado exembajador británico en Washington en la campaña electoral laborista de 2001.
McSweeney advirtió inmediatamente en los resultados de 2017 lo que percibió como amenaza: la posibilidad de que el Partido Laborista, liderado por Corbyn, ganara unas elecciones generales que podrían celebrarse en cualquier momento, dada la inestabilidad inherente a un Parlamento sin mayoría. Actuando con rapidez, unió fuerzas con Steve Reed, un diputado con el que había trabajado anteriormente, para transformar un pequeño grupo aparentemente benigno llamado Labour Together en un vehículo para derrocar a Corbyn.
Públicamente, Labour Together seguiría presentándose como una fuerza para el diálogo entre las facciones del partido. McSweeney le hizo incluso una presentación a Corbyn en ese sentido. Entre bastidores, tras recaudar fondos de un puñado de donantes acaudalados, Labour Together contrató a McSweeney y a dos empleados y se propuso garantizar que el Partido Laborista no ganara las siguientes elecciones con Corbyn y prepararse para una contienda por el liderazgo cuando este se viera obligado a dimitir.
La principal táctica de Labour Together para socavar a Corbyn consistió en explotar la cuestión del antisemitismo. Holden afirma que participó directamente en la creación de dos organizaciones —el Centro para la Lucha contra el Odio Digital (CCDH) y Alto a la Financiación de Noticias Falsas (Stop Funding Fake News)— que difundieron en los medios de comunicación acusaciones de antisemitismo contra los partidarios de Corbyn. Además de ser secretario de la empresa Labour Together desde el 10 de julio de 2017 hasta el 4 de abril de 2020, McSweeney fue director del CCDH desde el 19 de octubre de 2018 hasta el 6 de abril de 2020. Dimitió de ambos cargos inmediatamente después de que Starmer fuera elegido líder laborista y se convirtiera él en su jefe de gabinete.
Aunque esta actividad encubierta sea repugnante, no es ilegal. Sin embargo, McSweeney tiene que dar algunas explicaciones sobre cómo se financió todo y si ocultó o no la información de los donantes a la Comisión Electoral, a sabiendas de que debía comunicarla. Las normas al respecto son claras, ya que Labour Together se define como una «asociación de afiliados» dentro del Partido Laborista y, por lo tanto, está obligada a comunicar en un plazo de treinta días las donaciones que recibe o realiza por encima de 7.500 libras.
Holden ha demostrado, mediante una solicitud de libertad de información (FOI), que un funcionario de la Comisión Electoral se lo comunicó a McSweeney durante una conversación telefónica el 6 de diciembre de 2017. Sin embargo, no informó de las donaciones realizadas entre junio de 2017 y septiembre de 2020 por valor de 739.492 libras esterlinas, y fue su sucesora, Hannah O'Rourke, quien tuvo que declararlas, lo que llevó a la Comisión Electoral a multar a Labour Together con 14.250 libras esterlinas.
Por lo tanto, no hay duda de que el jefe de gabinete de Starmer infringió la ley electoral, pero ¿por qué? Una explicación, posiblemente la más probable, es que se sabía que los ricos donantes que aportaban los fondos pertenecían a la derecha del partido y que revelar sus nombres habría echado por tierra la historia encubierta de Labour Together de que no era anti-Corbyn. Esto, a su vez, habría mancillado a Starmer, en cuanto se le asociara con McSweeney.
Según Holden, el vínculo entre Labour Together y Starmer se forjó en el verano de 2019, cuando McSweeney se unió a las conversaciones privadas sobre su posible candidatura a la dirección del partido tras la salida de Corbyn. Para entonces, la base de apoyo de Corbyn se había dividido entre seguir la política de 2017 de aceptar el resultado del referéndum sobre el Brexit o intentar revertirlo mediante una segunda votación. Cuando el Partido Laborista optó por lo segundo, Boris Johnson, que había substituido a Theresa May como primer ministro, convocó astutamente unas elecciones generales, sabiendo que aproximadamente un tercio de los votantes laboristas estaban a favor de abandonar la Unión Europea.
Era inevitable una derrota aplastante. Cuando llegó, el 12 de diciembre de 2019, Corbyn dimitió y Starmer fue el primero en declarar su candidatura para tomar el relevo, teniendo a McSweeney como director de su campaña. La estrategia era sencilla: Starmer se presentó falsamente como candidato de la continuidad y amigo leal de Corbyn. Sus promesas políticas eran casi idénticas a las de Rebecca Long-Bailey, la candidata corbynista. Estaba engañando a los miembros del Partido Laborista, pero pudo salirse con la suya sólo porque se había convertido en diputado en 2015 y no tenía el lastre de un largo historial de votaciones ni de haber formado parte del Gobierno en la era Blair.
Hoy en día nadie se hace ilusiones. Durante los años transcurridos desde que fue elegido líder del Partido Laborista, y en particular durante sus quince meses como primer ministro, Starmer ha demostrado ser más del estilo de Tony Blair que de Corbyn. Pero el Partido Laborista está pagando su engaño político con un derrumbe en sus apoyos. McSweeney, por su parte, se enfrenta a preguntas sobre su propia integridad y aptitud para ocupar un cargo tan poderoso en Downing Street.
Para cualquiera que esperase en los años posteriores a 2015 que un partido socialista pudiera tomar el poder en Gran Bretaña y revertir décadas de neoliberalismo, The Fraud supone una dolorosa lectura. El problema del proyecto Starmer-McSweeney es que, tras haber logrado su objetivo inicial, ahora se ha revelado como un recipiente vacío sin nada que ofrecer —por usar el lema de la campaña de Corbyn de 2017— a la mayoría, no a la minoría. Las cuestiones e ideas que dieron lugar al «corbynismo» no han desaparecido. Aquellos de nosotros que queremos ver un cambio radical, aunque algo dispersos en cuanto al destino de nuestra energía política, tampoco hemos desaparecido. El libro de Holden nos será muy útil con el tiempo, ya que nos ayudará a comprender mejor hasta dónde están dispuestos a llegar nuestros enemigos para frustrar el cambio, así como las tácticas a las que están dispuestos a recurrir.
Cómo perdió a la izquierda el Partido Laborista
Aaron Bastani
En febrero de 2023, la Comisión para la Igualdad y los Derechos Humanos confirmó que estaba satisfecha con la erradicación del antisemitismo por parte del Partido Laborista. La purga de los corbynistas había concluido. Al anunciar desde el estrado que el Partido Laborista, bajo su liderazgo, había cambiado para siempre, Starmer dirigió su mirada directamente a la cámara. «Si no les gustan los cambios que hemos hecho», les comunicó a los miembros descontentos del partido, «les digo: la puerta está abierta y pueden marcharse».
Starmer no era el único miembro en primera fila del Partido Laborista que aplaudía la disminución del número de afiliados. En una entrevista seis meses antes, Rachel Reeves acogió con satisfacción la pérdida de ciertos simpatizantes. «El número de afiliados en mi circunscripción está disminuyendo y eso es algo bueno», declaró la diputada de Leeds al Financial Times. Los que abandonaban el partido, dijo Reeves, «nunca han compartido nuestros valores».
Hoy, menos de 18 meses después del triunfo del Partido Laborista en las elecciones generales, esas declaraciones parecen ya reliquias de una época pasada. El Partido Laborista no está logrando equilibrar sus cuentas este año y está luchando por conseguir los recursos necesarios para las elecciones municipales del próximo mes de mayo. El martes, UnHerd preguntó al partido si Reform disponía ahora de más afiliados. La oficina de prensa del partido se remitió a la cifra de 333.235 publicada a finales de 2024. En febrero se informó de que esa cifra había descendido a 309.000. A estas alturas, es muy probable que el número de afiliados de Reform, que según sus propias declaraciones ronda los 265.000, haya superado al del Partido Laborista o lo haga en breve.
A medida que disminuyen los afiliados y la financiación del Partido Laborista, también lo hace su apoyo general, en mayor medida de lo que reconocen públicamente los políticos de alto rango. Las elecciones de la semana pasada al Senedd [Parlamento de Gales] de la semana pasada en Caerphilly, una circunscripción que lleva eligiendo a un diputado laborista en todas las citas electorales desde 1918, las ganó Plaid Cymru [nacionalistas galeses]. El candidato laborista, derrotado por Reform, ni siquiera quedó en segundo lugar. Wes Streeting, ministro de Sanidad, comparó esa derrota con las elecciones parciales de Hartlepool en 2021, donde los conservadores arrebataron lo que durante generaciones había sido un bastión laborista, y la calificó como «tocar fondo». Pero esa comparación es totalmente inadecuada. Al fin y al cabo, en 2019 el Partido Laborista conservó Hartlepool sólo porque el voto a favor del Brexit se dividió entre el Partido del Brexit y los conservadores. El sur de Gales es otra historia.
Es más, recuperarse de lo que acaba de ocurrir en los Valles [galeses] es infinitamente más difícil. En la derrota de Hartlepool, el Partido Laborista quedó en segundo lugar. La semana pasada, por el contrario, sólo obtuvo el 11 % de los votos. Hay muchos indicios de que el destino del Partido Laborista galés en las próximas elecciones generales podría parecerse al de su partido hermano escocés en 2015. Una derrota aplastante.
A los periodistas políticos siempre les resulta fácil emocionarse con acontecimientos como estos. La economía de la atención exige constantemente nuevos giros y vueltas en la vida pública: una agitación perpetua de nuevas figuras y opiniones. Pero para subrayar lo extraña que se ha vuelto la política británica, consideremos lo siguiente. No solo es posible que Reform tenga más miembros que el Partido Laborista, y no solo están ganando los nacionalistas galeses en lugares que el Partido Laborista ha ocupado desde que existe el sufragio universal masculino, sino que ahora hay encuestas nacionales que sitúan al Partido Verde con un porcentaje de votos superior al del gobierno laborista, el cual cuenta con una mayoría más amplia de la que jamás gozara Margaret Thatcher.
Por ahora, solo una empresa de encuestas, FindOutNow, sitúa al partido de Zack Polanski en tercer lugar. Pero eso refleja un cambio más amplio en la ejecutoria del partido en las siete semanas transcurridas desde que fue elegido líder. El lunes, una encuesta de Lord Ashcroft situaba a los Verdes en un 17 %, un solo punto por detrás tanto del Partido Laborista como de los Conservadores. YouGov, a menudo considerada la referencia en las encuestas británicas, sitúa ahora al partido en un 16%, con un 17 % para los laboristas, su peor resultado histórico. Según esa misma encuesta, los Verdes superan ahora a los laboristas y a Reform entre los menores de 50 años. Entre los jóvenes, concretamente los de entre 18 y 24 años, los Verdes tienen ahora casi el doble de votos que los laboristas. El voto a los 16 años [medida propuesta por el actual gobierno laborista] puede, en última instancia, perjudicar más que ayudar a los esfuerzos de Starmer por ser reelegido.
Estas cifras no son propias de un partido en el gobierno. Pero la visión del poder de Keir Starmer ha sido durante mucho tiempo que en la política británica sólo uno de los dos partidos importa. Mientras los conservadores estuvieran neutralizados, pensaba, él permanecería en el número 10 [de Downing Street]. Pero en menos de dos años, esa lógica se ha hecho añicos. Los laboristas se ven amenazados no solo por la derecha, con el partido Reform, especialmente en cuestiones como la inmigración y ley y orden, sino también por la izquierda. Desde que Polanski alcanzó el liderazgo, se ha duplicado el número de afiliados al Partido Verde: hoy supera los 150.000 y ha superado incluso a los conservadores. Existe una posibilidad nada desdeñable de que, antes de las elecciones locales del próximo mes de mayo, los dos partidos más grandes de Gran Bretaña sean Reform y los Verdes. A pesar de todas las críticas de los expertos de Londres, que a menudo defienden una correlación inversa entre el éxito electoral y el número de afiliados, el aumento del número de afiliados es importante. Más afiliados no solo significa más activistas, sino también más ingresos directos. El dinero es fundamental si se quiere competir seriamente en la política de Westminster.
Además de los afiliados y el dinero, Reform y los Verdes también están liderados por dos de los políticos más eficaces de Inglaterra. Tanto Farage como Polanski destacan en el entorno mediático moderno, donde los programas de entrevistas son tan importantes como las entrevistas políticas, y los vídeos sociales verticales atraen más atención que cualquier aparición en Newsnight. Uno de los videos de Polanski, titulado «Let's Make Hope Normal Again» (Normalicemos de nuevo la esperanza), se ha visto casi 12 millones de veces en X.
Puede que estos dos hombres estén de acuerdo en muy poco en materia de política, pero son semejantes en un aspecto clave. Según el politólogo Paolo Gerbaudo, ambos son «hiperlíderes», más parecidos al presidente Trump y a Alexandria Ocasio-Cortez que a Kemi Badenoch o Keir Starmer. Los hiperlíderes gozan de un gran reconocimiento personal, que podría decirse que supera al de sus partidos. Aprovechan las relaciones digitales sin intermediarios y se dirigen directamente a su público: Farage tiene [el canal televisivo] GB News y Polanski, un podcast. Ambos se presentan como auténticos outsiders de la clase política. Y, a pesar de la superficialidad de los medios digitales, ambos tienen substancia real en cuestiones de política. Sabemos lo que piensa Farage sobre la inmigración o Polanski sobre los impuestos a los súperricos. Pero, ¿cuáles son las opiniones de Badenoch o Starmer? Por encima de todo, el hiperliderazgo de Farage y Polanski sirve para hacer que los líderes de los dos grandes partidos parezcan casi insinceros. Tanto los laboristas como los conservadores se parecen cada vez más a versiones light de todo lo que dicen ser. El verdadero problema para Starmer es que Polanski está diciendo muchas de las cosas que él mismo afirmaba cuando estaba en la oposición, ya sea sobre las virtudes de la acción sindical o los argumentos a favor de la propiedad pública. La diferencia es que Polanski parece hablar en serio.
A pesar de todo lo que se ha hablado sobre un sombrío presupuesto en noviembre, el próximo mes de mayo será el momento decisivo para la presidencia de Starmer. Además de una probable derrota tanto en Gales como en Escocia, los 32 distritos de Londres elegirán a sus concejales. Cada vez es más plausible que el partido de Polanski no sólo se haga con distritos en la capital, algo que ahora es casi seguro, sino que se convierta en el mayor partido en uno o más ayuntamientos. Será en aquellas municipalidades donde los Verdes obtengan mejores resultados —probablemente Hackney, Lambeth y Southwark— donde posteriormente seleccionen sus principales objetivos para las próximas elecciones generales.
Pero, aunque mayo supusiera un punto más bajo sin precedentes, para Starmer podría ser sólo el comienzo de los problemas del partido, ya que el creciente éxito de sus rivales electorales, tanto de izquierda como de derecha, provocará una ola de deserciones a nivel local. La alineación ideológica es parte de ello, sin duda, pero en muchos casos tendrán sencillmente más posibilidades de ser reelegidos si abandonan el barco. Hay otros que podrían enfrentarse a la elección de desertar a los Verdes o verse bloqueados en su reelección si son demasiado críticos con el liderazgo de Starmer (esto viene ocurriendo todos los años, bajo diversos pretextos). Esto también se extiende hacia arriba: ¿preferirían Clive Lewis [diputado de la izquierda laborista, aspirante al liderazgo en 2020 y miembro del Socialist Campaign Group], Olivia Blake [diputada laborista] por Sheffield Hallam] o John McDonnell [diputado y segundo de Corbyn durante su etapa como líder] unirse a los Verdes o que se les impidiera volver a presentarse? Para un político postideológico como Starmer, lo que mantiene el espectáculo en marcha es el adhesivo del poder. Si se lo quitas, se desprenden las ruedas.
Ante el pesimismo electoral, los partidarios del Partido Laborista argumentan ahora que la derrota en Caerphilly fue resultado de un voto táctico diseñado para dejar fuera a Reform. Hasta cierto punto, eso es cierto: los votantes verdes y liberales demócratas se decantaron por Lindsay Whittle, del Partido Nacional Galés, la semana pasada, y ambos partidos perdieron su depósito [cantidad de 500 libras esterlinas que debe entregar cada candidato al Parlamento para poder presentarse a las elecciones]. Es más, eso es precisamente lo que ocurrió en las elecciones a la Asamblea Nacional francesa del año pasado. A pesar de quedar en primer lugar en la votación popular en la primera vuelta, Reagrupamiento Nacional [el partido de Le Pen] terminó finalmente en tercer lugar. Los altos cargos de Reform son lo suficientemente inteligentes como para saber que les puede esperar algo semejante. Hasta Tom Watson, antiguo líder adjunto del Partido Laborista, declaró recientemente que el país se encamina hacia unas elecciones para «detener a Farage». Detener a Corbyn, detener el Brexit... y ahora detener a Reform. Esto plantea una pregunta: ¿qué defiende realmente la derecha laborista, de la que Watson es abanderado?
Sin embargo, lo más importante para el partido es que inclinarse hacia una alianza progresista y enarbolar una bandera que proclame «paremos a Farage» bien podría acelerar la desaparición del Partido Laborista. Esa descripción podría funcionar en caso de ser la fuerza progresista líder. Sin embargo, para el Partido Laborista en Gales y Escocia, ese ya no parece ser el caso. Londres y otras partes de Inglaterra podrían no andar muy lejos, especialmente después del próximo mes de mayo. Es un juego peligroso para el partido de Starmer, que se juega con márgenes muy estrechos. Si se hace bien, se mantiene el poder. Si se hace mal, se acaba con la idea de que el Partido Laborista es la opción por defecto para los votantes progresistas. La disposición del Partido Laborista a deshacerse de sus miembros podría parecer pronto una ingenuidad.
Puede que sea un tópico entre los círculos laboristas, pero no por ello deja de ser cierto: el Partido Laborista gana solamente como coalición amplia. Así ocurrió con Clement Attlee, Harold Wilson y Tony Blair, un hombre que llegó incluso a un acuerdo con Ken Livingstone como alcalde de Londres. Starmer, que, como líder único, quería un partido más pequeño, parece incapaz de tal sagacidad. En Gran Bretaña, las tendencias generales a escala mundial, con la fragmentación y la incapacidad de adaptación de los partidos de centroizquierda, han convergido ahora con lo particular: un hombre de estrechas miras incapaz de construir alianzas.
Gracias a Paul Holden, Steve Howell, Aaron Bastani JACOBIN SIN PERMISO y a la colaboración de Federico Aguilera Klink
Paul Holden
Aclamado periodista sudafricano de investigación, es miembro del Centro Safra de Ética de la Universidad de Harvard, y colaborador de medios como Al Yazira, Korrectiv, Die Weld, The Guardian, The Independent, Sunday Times o Novara Media. Es autor de libros sobre el comercio de armas como “Shadow World: Inside the Global Arms Trade” o “Indefensible: Seven Myths that Sustain the Global Arms Trade” y, con Martin Platt, “Who Rules South Africa?”.
Steve Howell
Fue subdirector de estrategia y comunicación del Partido Laborista en 2017 y es autor de “Game Changer: Eight Weeks That Transformed British Politics”. De próxima publicación es su libro “Cold War Puerto Rico: Anti-Communism in Washington’s Caribbean Colony”.
Aaron Bastani
Conocido periodista y comentarista político británico, fundó en 2011, junto a James Butler, Novara Media, exitoso medio de información alternativo. Es autor de “Fully Automated Luxury Communism: A Manifesto” (Verso Books, 2019), en el que popularizó el término de “comunismo de lujo plenamente automatizado”, describiendo una sociedad con un control popular descentralizado de las tecnologías que reducen el trabajo humano, gracias a medidas como la renta básica universal.