El espejo roto de la izquierda: Clase, woke y la batalla por el pueblo - por Carlos Martínez
El espejo roto de la izquierda: Clase, woke y la batalla por el pueblo
Carlos Martínez
politólogo y miembro del comité de Soberanía y Trabajo
Asistimos a un fenómeno políticamente fascinante. Por primera vez en décadas, se está produciendo un debate abierto, aunque a menudo titubeante, sobre la orientación de las izquierdas y su deriva hacia el liberalismo. Este debate, que cuestiona el desclasamiento y la negación del marxismo como herramienta transformadora, es una señal esperanzadora. Indica que la razón y la ciencia, basadas en el análisis materialista de la realidad, pueden volver a iluminar a amplios sectores que hoy se preguntan, con perplejidad, por qué la clase obrera y las capas populares les dan la espalda, y por qué la rebeldía juvenil, ese motor histórico del cambio, encuentra cobijo en los brazos de la extrema derecha.
El hecho de que esta autocrítica emerja, aunque sea tímidamente y con miedo a ser cancelado, desde las propias filas del llamado "wokismo", es un síntoma de la profundidad de la crisis. Comienzan a preguntarse algunos -muy pocos- por qué los partidos populistas de izquierda o los gobiernos autoproclamados progresistas no se preocupan de lo que realmente angustia a la gente: la seguridad en los barrios, la situación de las mujeres — golpeadas y asesinadas en todos los segmentos de población, pero más evidentes en los entornos más humildes, son abandonadas a su suerte frente al maltratador—, la imposibilidad de la juventud para acceder a una vivienda o la destrucción de la sanidad y la educación públicas.
La respuesta fácil, el mantra repetido hasta la saciedad, es que la extrema derecha impone un discurso de odio. La respuesta valiente, la que señala la raíz del problema, es que la izquierda institucional y cultural, a menudo liderada por un populismo de clases medias ilustradas radicalizadas, ha terminado por despreciar a las clases trabajadoras y populares. Como bien señalan algunos autores, la izquierda posmoderna ha aprendido a odiar al pueblo. Lo odia porque, conociendo de sobra sus problemas, no hace nada por resolverlos. Ofrece sermones sobre identidad, pero no garantiza servicios públicos ni seguridad. Tiene un concepto estrecho y anticuado de lo que es la clase obrera, mientras las llaves del granero siguen en manos de los ricos y nadie hace nada por quitárselas.
Si la extrema derecha comenzó su andadura fuerte en Europa Central, la crisis del "woke" está siendo igualmente intensa y cuestionada desde la izquierda de clase y del trabajo en países como Gran Bretaña o Alemania. La debacle del Partido Laborista y la emergencia de formaciones como el Workers Party señalan un camino: la necesidad de volver a lo material, a lo concreto, a la clase trabajadora.
Porque esa es una de las características definitorias del "woke": al representar el deseo y el sentimiento por encima del materialismo y la razón, se convierte en un sucedáneo religioso. Como toda doctrina revelada, cancela es decir censura todo aquello que lo rebate. Reprime y legisla para imponer una voluntad abstracta por encima de la realidad tangible. Asistimos a la paradoja de sectores identitarios actuando violentamente contra feministas que, cargadas de argumentos, desmontan sus delirios y denuncian la usurpación del lugar de las mujeres. Desde la izquierda de clase, debemos ser solidarios con las feministas que defienden su ser biológico y social frente a una ideología que, en su huida hacia adelante, termina por borrar al sujeto político "mujer".
Es inevitable preguntarse por las raíces de este fenómeno. El wokismo, surgido en las universidades de élite de Estados Unidos, está lleno de zonas oscuras. Preguntarse quién lo financia, para qué y cuál es el papel, por ejemplo, de las fundaciones de George Soros en su expansión, no es teoría de la conspiración; es simplemente aplicar el materialismo histórico y preguntarse a qué intereses sirve una ideología que fragmenta a la clase trabajadora en compartimentos estancos que compiten entre sí por el reconocimiento del Estado.
Quienes defendemos los valores de la clase obrera y el socialismo (el socialismo real, no el socioliberalismo ni el populismo radical mesocrata) somos inmediatamente mirados con desprecio y, si pueden, cancelados. Ya se han producido casos de amenazas por parte de los cachorros del wokismo. La extrema derecha, por su parte, combate el "woke" con saña, pero solo porque lo identifica con toda la izquierda. En realidad, lo que ellos combaten es la lucha obrera y el socialismo, y utilizan todas las armas a su alcance, incluido el identitarismo, que les sirve para polarizar la sociedad en guerras culturales estériles mientras ellos avanzan en lo material.
Un caso de libro para navegantes es el Chile de Gabriel Boric. A Salvador Allende lo tuvieron que asesinar junto a miles de socialistas y comunistas para derrocarlo. A Boric, la derecha tradicional le ha ganado las elecciones por goleada en la segunda vuelta de las recientes elecciones presidenciales, y su proyecto constituyente, lastrado por maximalismos identitarios alejados de las urgencias de la población, ha naufragado. El castigo en las urnas ha sido severo. Es el triunfo del "orden" sobre un progresismo que prometió cambiar Chile y terminó enredado en disputas simbólicas mientras la delincuencia y la inseguridad atenazaban los barrios.
No obstante, quiero hacer una advertencia a los compañeros y compañeras de las diferentes escuelas socialistas que no se han dejado atrapar por esta dinámica liberal y posmoderna. Cuidado con el sectarismo anti-wokista. Para sectario ya está, por ejemplo, Podemos, que convirtió su particular visión de la política en un catecismo. Nosotros no podemos caer en esa trampa. Estamos en un debate ideológico profundo, y eso exige pedagogía, buena voluntad y, sobre todo, tranquilidad. No se puede simplificar diciendo que tal o cual partido obrero es "woke" por no alinearse con nuestros postulados y/o convenciones personales, del mismo modo que no se puede “entender” por ser "no woke" al movimiento MAGA, cuajado de líderes ultrarreligiosos del cinturón bíblico, o a VOX. No son woke, son de extrema derecha. VOX sionista, trabaja para potencias extranjeras, no porque no sea "woke", sino porque es una fuerza reaccionaria al servicio del capital. El problema no es la etiqueta, sino el análisis de clase.
Si la izquierda fuera realmente de clase y combativa, aplicaría otros métodos, los mismos que usaron nuestros abuelos hace décadas. El desafío es ubicar las reivindicaciones del socialismo de clase en el siglo XXI, analizar la realidad de la clase obrera actual y reconocer sus problemas de seguridad, vivienda, salario y dignidad. Lo tenemos, en cierto modo, fácil. El capitalismo de la globalización ha fracasado. Europa está en profunda decadencia. Las nuevas ideas de igualdad y liberación ya no llegan de la anglosfera ni de Alemania. El sur global nos ofrece lecciones.
Ibrahim Traoré, en Burkina Faso, nos señala cómo acabar con los cayucos y la nueva esclavitud llamada inmigración irregular: generando soberanía y desarrollo para que nadie tenga que abandonar su tierra. China, y lo digo yo que no soy maoísta, sino socialista, nos señala un camino de planificación y desarrollo sin capitalismo depredador, demostrando que es posible el crecimiento sin sometimiento a los dictados del mercado global. No se trata de imponer nada, sino de observar que el sur global debe apoyarnos, porque nosotros, con nuestro complejo de superioridad moral y nuestro desprecio por lo material, ya no estamos para dar lecciones a nadie. Somos nosotras y nosotros, pobrecitos, los que debemos volver a aprender qué significa ser de izquierdas. En el próximo artículo, profundizaremos precisamente en eso: en qué izquierda queremos ser y que es eso de la izquierda.