ESTADOS UNIDOS AFGANISTÁN: Donald Trump pide la luna - por Joaquín Rábago
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ESTADOS UNIDOS AFGANISTÁN:
Donald Trump pide la luna
Joaquín Rábago
Como un niño pequeño que berrea porque le han quitado un juguete, el presidente Donald Trump exige a Afganistán la devolución de la base aérea de Bagram.
Su argumento es que Estados Unidos la construyó mientras ocupaba el país asiático y por tanto le pertenece. Aunque en realidad, las primeras instalaciones de la base fueron obra de la Unión Soviética durante su intervención en Afganistán en los años 80 del siglo pasado.
El republicano acusa a su predecesor, Joe Biden, de haber abandonado tan precipitada como ignominiosamente Afganistán, y ahora quiere resarcirse de algún modo de aquella derrota.
Si los talibanes no atienden sus deseos, “cosas muy malas van a ocurrirle” a ese país, amenaza el bravucón de la Casa Blanca, acostumbrado a conseguir lo que quiere.
¿Iban a aceptar los talibanes, que combatieron a EEUU durante casi dos décadas, la presencia de tropas norteamericanas en suelo afgano?
Como es natural, ya dijeron que de ninguna manera devolverían esa base militar a quienes la construyeron ilegalmente en su territorio.
La explicación que da Trump para justificar su nuevo y extraño capricho es que la base está a una hora de vuelo del lugar donde China fabrica sus bombas atómicas.
¿Puede haber justificación tan aberrante a la vez que peligrosa para la paz mundial por parte de un hombre que dice aspirar al Nobel de la paz?
La respuesta china no se hizo esperar: Pekín acusó fríamente a Washington de “crear enfrentamiento con exigencias contrarias a las aspiraciones del pueblo”.
La política internacional se está convirtiendo últimamente a ambos del Atlántico en una especie de teatro del absurdo cada vez más peligroso.
Veamos, por ejemplo, lo que dijo Alexander Stubb, presidente de Finlandia, país que abandonó una tranquila posición de neutralidad para ingresar en la OTAN sin preguntar antes a los ciudadanos y que ahora se dice amenazado por Rusia.
Refiriéndose a las supuestas incursiones de drones y aviones militares rusos en el espacio aéreo de la OTAN- Polonia, Rumania y Estonia- , algo que Moscú relativiza o niega, Stubb afirmó que “las garantías de seguridad exigen estar dispuestos a responder a Rusia”.
Y para que resulte “convincente”, agregó el político conservador finlandés, que de lo único que puede presumir es de haber jugado al golf con Trump, la respuesta de la Alianza “debe ser fuerte”.
Nada tiene que decir Moscú de las decisiones que pueda tomar en política exterior un país independiente y soberano como Ucrania, afirmó también Stubb en relación con la aspiración otaniana de Kiev, auténtica “línea roja” para Moscú. Olvida el finlandés que en la Primera Declaración de Independencia que dio origen a la creación del estado ucraniano y en los irrespetados Acuerdos de Minsk, se establecía expresamente el compromiso de la neutralidad de Ucrania y su no ingreso en OTAN. Lo que hace Moscú es exigir el cumplimiento de los acuerdos.
Para no ser menos que Stubb, su homólogo checo, Petr Pavel, afirmó el otro día que la OTAN tiene que poder “responder militarmente” a cualquier agresión rusa.
Pavel fue por cierto, antes de dedicarse a la política, presidente del comité militar de la OTAN y jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas checas.
“Tenemos que actuar con firmeza si se producen violaciones, dijo Pavel, y agregó: “Desgraciadamente es hacer equilibrios al borde mismo de un conflicto militar. Pero no podemos hacer la mínima concesión al mal”.
Concebir las relaciones internacionales en términos de lucha del bien contra el mal absoluto no puede ser más peligroso, algo que debería al menos saber un político, que no es o al menos no debería ser un moralista.
Uno no puede evitar la impresión de que de lo que se trata ante todo es de infundir miedo a los ciudadanos con el socorrido argumento de la “amenaza rusa” para que acepten sin rechistar la militarización de sus países.
Militarización o rearme, que las elites gobernantes ven como única solución a una crisis económica que dura ya demasiado y que puede servir de pretexto para erosionar poco a poco el estado de bienestar del largo período de posguerra. La respuesta a la pandemia ya sirvió de entrenamiento.