Las guerras de Trump. Poder, distracción y sombras del caso Epstein - por Jacinto Ortega del Rosario
Las guerras de Trump. Poder, distracción y sombras del caso Epstein
Jacinto Ortega del Rosario
Secretario General del Sindicato de Gremios Unificados
En la política contemporánea, pocas herramientas han sido tan eficaces como la distracción. Cuando el foco público amenaza con iluminar zonas incómodas del poder, la agenda se llena de conflictos, amenazas externas o crisis internacionales. En ese contexto, resulta difícil ignorar cómo las tensiones militares impulsadas durante la presidencia de Donald Trump coincidieron repetidamente con momentos políticamente delicados para su administración.
Trump construyó gran parte de su discurso sobre la promesa de terminar con las “guerras interminables” de Estados Unidos. Sin embargo, durante su mandato el mundo vive episodios de elevada tensión: bombardeos en Somalia, Siria y Yemen, apoyo incondicional a Israel y su genocidio contra Palestina, la escalada con Irán tras el asesinato del general Qasem Soleimani, el incremento de operaciones militares en distintos escenarios como en Venezuela o la amenaza a la soberanía de Groenlandia. Aunque estas decisiones ha intentado justificar como acciones estratégicas o de seguridad nacional, también funcionaron —voluntaria o involuntariamente— como poderosos generadores de narrativa mediática. Las guerras, o la amenaza de ellas, capturan la atención pública de forma inmediata.
Este fenómeno resulta especialmente relevante cuando se examina el contexto de otras controversias que rodeaban al expresidente. Entre ellas destaca la relación social que mantuvo durante años con el financiero Jeffrey Epstein, figura central de una de las mayores tramas de abuso sexual y tráfico de menores destapadas en Estados Unidos. Aunque Trump ha afirmado posteriormente haberse distanciado de Epstein y no haber tenido conocimiento de sus crímenes, fotografías, testimonios y registros sociales demostraron que ambos se conocían y compartieron círculos durante los años noventa.
El problema político no es solo la relación personal —algo que Trump niega que tuviera relevancia— sino el patrón de opacidad que rodeó a muchas figuras poderosas vinculadas a Epstein. La investigación del caso reveló una red de relaciones entre millonarios, celebridades y dirigentes políticos que alimentó sospechas sobre la profundidad real de las responsabilidades. En ese contexto, cualquier crisis internacional que monopolice titulares contribuye indirectamente a diluir la presión mediática sobre esas preguntas incómodas.
La historia política está llena de ejemplos donde la política exterior se convierte en herramienta de supervivencia interna. No significa necesariamente que cada acción militar sea una conspiración deliberada para ocultar escándalos. Pero sí demuestra que el poder comprende perfectamente el valor de controlar la agenda pública. Cuando la conversación global gira en torno a misiles, amenazas nucleares o conflictos internacionales, las investigaciones judiciales o los vínculos comprometedores pasan a un segundo plano.
En el caso de Trump, la combinación de un estilo comunicativo agresivo, decisiones de alto impacto internacional y una constante batalla con los medios creó un entorno perfecto para esa dinámica. Cada nueva crisis desplaza la atención. Cada polémica exterior genera una nueva tormenta informativa que sepulta la anterior.
La cuestión de fondo no es únicamente Trump. El verdadero problema es estructural: la facilidad con la que el espectáculo geopolítico puede eclipsar debates fundamentales sobre transparencia, responsabilidad y abuso de poder. Cuando la política se convierte en un flujo continuo de crisis, la ciudadanía pierde la capacidad de seguir todas las historias hasta el final.
Y precisamente ahí reside la mayor victoria de cualquier estrategia de distracción. Porque en un sistema saturado de conflictos, lo que no desaparece se olvida. Y lo que se olvida deja de exigir respuestas.