Hannah Arendt y un mundo de refugiados - por Joaquín Rábago

Hannah Arendt y un mundo de refugiados

Joaquín Rábago

Nunca ha estado el pensamiento de la gran filósofa judía Hannah Arendt de tanta actualidad como ahora que se  cumple el medio siglo de su muerte de un ataque cardíaco en Nueva York.

HANNAH ARENDT

Olvidémonos por un momento de su íntima amistad con Martin Heidegger, otro gran pensador alemán, por desgracia simpatizante durante algún tiempo del régimen nazi, que fue su mentor.

Y pensemos que estuvo casada con Günther Anders, judío como ella, que analizó la incapacidad del ser humano para prever algunas de las  consecuencias de la tecnología por él desarrollada, sobre todo la nuclear (1). 

GÜNTER ANDRES CON HANNAH ARENDT, 1929

Olvidemos también su incomprensión del fenómeno racista en EEUU al defender en un texto el derecho de los padres blancos a enviar a sus hijos a una escuela solo de blancos.

Esto es algo que le criticaría con dureza el gran novelista  afroamericano Ralph Ellison y `por lo que Arendt terminaría disculpándose, reconociendo que no había comprendido la complejidad de la situación de la gente de color en su nueva patria.

Citemos algunas frases que dejó escritas y que nos iluminan: “Nadie tiene el derecho de obedecer”, “El problema no era lo que pensaban nuestros enemigos, sino lo que hacían nuestros amigos”.  “El revolucionario más radical se volverá conservador al día siguiente de la revolución”. “El objetivo de la educación totalitaria no es inculcar convicciones sino destruir la capacidad de formarse alguna”.”No hay pensamientos peligrosos; pensar es ya peligroso”.

Y sobre todo ésta: “Que existe algo así como un derecho que es el de tener derechos- lo cual equivale a vivir en un sistema de relaciones donde se nos juzga por nuestras acciones y nuestros pensamientos es algo que sabemos desde que hay millones de seres humanos que han perdido ese derecho y que, debido a la nueva organización del mundo, no pueden recuperarlo”.

Dicho de modo más sencillo: existe un derecho que hay que anteponer a todos los demás. Y es el derecho a tener derechos”.

Recordemos lo que Arendt escribió sobre esa situación que conocía muy bien, la de los refugiados, término que nunca le gustó y al que prefería el de “apátridas” como escribió en un  ensayo publicado en 1943 en una pequeña revista judía de Nueva York, The Menorah Journal”.

El apátrida, aquél a quien se le despoja de pronto de lo que constituye lo más íntimo de su ser: “Hemos perdido nuestra lengua  y con ella la naturalidad de nuestros gestos, la expresión no forzada de nuestros sentimientos”, escribía Arendt sólo dos años después de llegar como refugiada a EEUU.

Y  añadía: “Nuestra identidad muta con tanta  frecuencia que les resulta difícil a los otros saber quiénes  somosen realidad (…) Nuestro mundo privado se desmorona”.

¿Qué diría hoy la pensadora judía de los más de cuarenta millones de refugiados que hay en el mundo, a los que hay que sumar más de 120 millones de desplazados dentro de sus propios países?

¿Qué diría sobre todo de la negativa de Israel a permitir el regreso a sus hogares de los descendientes de los más de 700.000 palestinos brutalmente expulsados por los judíos en el momento mismo de la fundación su nuevo Estado?

¿Qué diría Arendt del actual  genocidio de Gaza, del  criminal supremacismo del que hacen continuamente gala no sólo los ministros de ese Gobierno sino tantos ciudadanos judíos de todo el mundo y que en nada se distingue de aquel otro del que fueron víctimas en Europa seis millones de hebreos?

¿Qué diría también del más absoluto desprecio de Israel por el derecho internacional, de sus continuas agresiones militares a los países vecinos, de sus crímenes de lesa humanidad que nadie, sin embargo, castiga?  ´

¿Y qué diría finalmente de  la ayuda militar que a su Gobierno genocida le prestan no sólo Estados Unidos sino también algunos países europeos, sobre todo Alemania – ¡precisamente Alemania!-  y el Reino Unido?

  1. En su libro capital: “La obsolescencia del hombre”. Ed.PRE-TEXTOS

 

JOAQUÍN RÁBAGO