¿Por qué no se evitó la guerra de Ucrania? - por Joaquín Rábago

¿Por qué no se evitó la guerra de Ucrania?

Joaquín Rábago

La guerra de Ucrania ha resultado todo un desastre para ese país europeo, que ha perdido cientos de miles de hombres en el campo de batalla  mientras varios millones optaron por ponerse a salvo en el extranjero.

UCRANIA EN GUERRA - BBC

También para Rusia, que ha sufrido a su vez importantísimas pérdidas humanas, se ha visto sometida a interminables sanciones económicas y no puede quitarse el sambenito de haber emprendido una guerra ilegal al no estar sancionada por la ONU.

La guerra de Ucrania pudo haberse evitado si las Naciones Unidas no hubiesen fallado a su vez estrepitosamente en uno de sus cometidos, que no es otro que impedir el estallido de conflictos y tratar de solucionarlos diplomáticamente una vez que por desgracia han estallado.

Pero sobre todo esa guerra pudo y debió haberse evitado si al final de la Guerra Fria, cuando se disolvió pacíficamente el Pacto de Varsovia, Estados Unidos hubiese aceptado que no tenía sentido mantener en pie una alianza militar creada expresamente como muro de contención frente al comunismo soviético.

OTAN PACTO DE VARSOVIA

La Unión Soviética feneció oficialmente en diciembre de 1991; el muro de Berlín había caído un año antes y el comunismo, dejado de representar una amenaza para el sistema capitalista occidental.

Pero daba igual: Estados Unidos y los atlantistas que gobernaban en Europa decidieron que había que conservar la OTAN y para ello tenía que haber un enemigo, que en aquel momento -China parecía todavía muy lejana- no podía ser otro que el sucesor de la URSS.

En vano los dirigentes rusos,  desde el último presidente de la URSS, Mijail Gorbachov hasta el propio Vladimir Putin llamaron a la puerta de la OTAN para que se incluyera a su país en el sistema de seguridad europeo.

Como dijo en su día el hoy deliberadamente olvidado por muchos Gorbachov y repitió luego el propio Vladimir Putin,  era el momento de construir el hogar común europeo, que debía llegar desde Lisboa hasta Vladivostok.

Pero Estados Unidos tenía otros planes, otra estrategia: la división de la gran masa euroasiática como había propuesto el consejero de Seguridad del presidente Jimmy Carter,  Zbigniew Brzezinski en su ensayo “El gran tablero mundial”.

ZBIGNIEW BRZEZINSKI

Se trataba para Washington de evitar la complementariedad entre la gran capacidad industrial y tecnológica de Europa occidental y la abundancia de energía y otras materias primas de la enorme Rusia, de la que aquélla estaba tan necesitada.

Al mismo tiempo, como explica el británico Richard Sakwa, profesor emérito de política rusa y europea de la Universidad de Kent, Estados Unidos, decidido a mantener su hegemonía global, ponía en cuestión la universalidad del sistema de la ONU para suplantarlo por su propio orden político, al que daba también carácter universal.

Es lo que algunos llaman el Occidente colectivo, pero Sakwa prefiere denominar “el Occidente político”, es decir el tan cacareado orden internacional basado en reglas, que no son otras que las que quiere Washington y que ignora cada vez que le conviene como hizo George W. Bush en Irak, otros presidentes en Afganistán y hace hoy Trump con absoluto descaro en todo el mundo.

En ese “Occidente político”, el único país que tiene plena autonomía es el que lo ideó, es decir Estados Unidos, mientras que el resto, sus aliados, ya sean europeos o asiáticos, no son en el fondo más que súbditos aunque se rebelen cuando las pretensiones de Washington afectan a uno de ellos como ocurrió con el territorio danés de Groenlandia. 

En el mantenimiento  de ese sistema ha tenido un papel fundamental la propia Unión Europea, que nació como un proyecto de paz y desarrollo para convertirse cada vez más, obsesionados como están sus dirigentes por la ideología atlantista, en una alianza militar paralela a la OTAN.

Como dice el propio Sakwa,  parafraseando al teórico prusiano Carl von Metternich, el proyecto ideológico que está en la base del “Occidente político” quiere ser una “continuación de la Alianza Atlántica por otros medios”.

Un proyecto fuertemente teñido además de una rusofobia que el politólogo británico no duda en calificar de “patológica”, importada sobre todo de los países de la Europa del Este, que pertenecieron durante décadas al bloque soviético y no parecen haberlo aún superado.

Lo más sorprendente de la Unión Europea es que, a diferencia de lo que sucedió en sus primeros años de existencia, se caracterice ahora por, como dice Sakwa, su “total incapacidad de innovación tanto conceptual como institucional”.

Los dirigentes europeos han terminado internalizando el lenguaje de la Guerra Fría y parecen incapaces de aceptar, por ejemplo, una solución del conflicto ucraniano que no pase por la derrota militar o económica de Rusia.

Para Sakwa,  el ucraniano Volodímir Zelenski, es un ”terrible gobernante”  pues prometió a sus compatriotas que llevaría  la paz al país y lo reconciliaría con Rusia, pero,  una vez llegado el poder y obsesionado solo por meterlo en la OTAN, lo ha llevado a la catástrofe.

La sociedad ucraniana nunca ha estado tan polarizada, y el odio entre las dos principales comunidades étnicas y lingüísticas – la ucraniana y la rusa- tardará décadas en desaparecer si es que alguna vez eso ocurre.

Pero también tiene gran parte de culpa los dirigentes  europeos, que, obsesionados con acabar con Putin, en ningún momento pensaron en ayudar a resolver ese conflicto como se hizo tras las guerras mundiales con otros que parecían insolubles como los del Sarre, entre Francia y Alemania, o el Tirol del Sur, entre Austria e Italia .

JOAQUÍN RÁBAGO