Rusia, la OTAN y el síndrome de la rana - por Joaquín Rábago

Rusia, la OTAN y el síndrome de la rana

Joaquín Rábago

Con la ayuda indispensable de la OTAN, Ucrania intentó someter a Rusia a lo que los psicólogos llaman “el síndrome de la rana hervida”: la inmersión del batracio en una olla en la que el agua se va calentando poco a poco para que ése termine acostumbrándose y no salte.

Pero al final, la rana, en este caso el oso, saltó: el presidente Vladimir Putin, que había desoído hasta entonces a quienes le reprochaban su excesiva tolerancia con las reiteradas provocaciones de Kiev y sus amigos de Occidente, dio el zarpazo que muchos en su país llevaban tiempo esperando.

ORESHNIK SOBRE KIEV

Zarpazo en forma de un ataque masivo con centenares de drones y sus más modernos misiles hipersónicos, incluido el más temible de todos, el Oreshnik contra varios centros de mando y control así como instalaciones militares tanto en la capital como en otras ciudades de Ucrania.

El ataque de las fuerzas de Volodímir Zelenski a un dormitorio escolar en la región ocupada del Donetsk con la muerte de varios jóvenes no podía quedar impune. El agua hirviendo amenazaba con reventar la olla, y Putin no podía ya permitírselo. Sus advertencias a Ucrania y a la OTAN no podían caer una vez más en saco roto.

ASESINATO DE ESTUDIANTES POR UCRANIA EN STAROBELSK

Rusia había intentado ya demostrar su poderío militar con el lanzamiento desde Siberia de su misil intercontinental más poderoso, el Sarmat, capaz de transportar hasta quince cabezas nucleares, y  con las maniobras de su flota del mar del Norte, claro aviso a quienes hablan de lo fácil que sería para la OTAN tomar el exclave ruso de Kaliningrado, situado entre Polonia y Lituania.

SARMAT

Todo ello no sólo servía para dar seguridades a la propia población rusa, cada vez más preocupada por la hostilidad de Occidente, sino de advertencia a Occidente: sobre todo con el masivo ataque a Ucrania de la pasada semana, Putin ha querido demostrar a Kiev, a Washington y a Bruselas que su país no es ese “tigre de papel” del que hablan despectivamente muchos y la paciencia del oso ruso  tiene un límite.

Rusia sabe perfectamente que su supervivencia militar frente al enorme poderío conjunto de Occidente depende de su arsenal nuclear, lo que tal vez explique el hecho de que en el último ataque a Ucrania, emplease misiles que pueden ir armados con ojivas tanto convencionales como nucleares. Y que son además hipersónicos como el Oreshnik y el Zircón, lo que hace prácticamente imposible interceptarlos.

Rusia ha desarrollado últimamente una versión del Zircón que puede dispararse desde tierra y es mucho más móvil y difícil de detectar que el misil original, diseñado para su lanzamiento desde alta mar.

El umbral para el recurso por Rusia a su arsenal nuclear es además cada vez más bajo, y algunos militares y responsables políticos de ese país lo sitúan en algo que ensaya ya la OTAN como es un eventual bloqueo de los puertos rusos del Báltico, entre ellos los de Ust-Luka, Primorsk y Kaliningrado, así como los del Ártico, en especial, Murmansk y Arcángel.

Aunque Estados Unidos está distraído de momento con el conflicto del Golfo Pérsico, otros países de la OTAN como el Reino Unido y Noruega buscan “coaliciones de voluntarios” para  ese tipo de maniobras mientras que Francia y Polonia pretenden también llevar a cabo ejercicios militares conjuntos con la “force de frappe” nuclear francesa.

Se trata sólo, según aseguran, de maniobras de disuasión, pero ¿quién nos dice que Rusia no vaya a tomarlas como una provocación y decida actuar preventivamente? 

JOAQUÍN RÁBAGO