Trump amenazó a Irán en su más absoluta ignorancia de la historia de ese país - por Joaquín Rábago
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Trump amenazó a Irán en su más absoluta ignorancia de la historia de ese país
Joaquín Rábago
Cada vez más desesperado y demente, el presidente de EEUU, Donald Trump, ha amenazado a Irán con la total destrucción si no acata su ultimátum de reabrir totalmente a la navegación el estrecho de Ormuz.
Una amenaza que ha perdido vigencia, toda vez que in extremis se ha acordado un alto el fuego de dos semanas en el conflicto. Pero ello no le resta gravedad a la intimidación ilegal del presidente estadounidense.
“Una civilización entera morirá esta noche sin que pueda volver a levantarse. No quiero que ocurra, pero tal vez suceda”, escribió Trump, como si fuera el propio Jehová, en su particular red social.
Y mintiendo descaradamente como es su costumbre, añadió: “Ahora que tenemos un cambio total de régimen, y en él prevalecen mentes distintas, más inteligentes y menos radicalizadas, podría ocurrir algo revolucionario”.
“Lo sabremos esta noche, que será uno de los momentos más importantes de la larga y compleja historia del mundo. Cuarenta y siete años de extorsiones, corrupción y muerte habrán acabado por fin. ¡Que Dios bendiga al pueblo de Irán!!
¿Sabrá acaso el más ignorante y criminal de los políticos que han ocupado la Casa Blanca lo ocurrido hace más de dos mil quinientos años con un ambicioso monarca que atacó al imperio persa y selló así su destino?
Me refiero a Creso, el último rey de Lidia, que antes de enfrentarse a Ciro el Grande, fundador del imperio aqueménida, consultó al oráculo de Delfos.
Y el oráculo le pronosticó que si decidía plantar batalla, un gran imperio sería destruido. Y es exactamente lo que sucedió, sólo que la destruida fue Lidia, y no el imperio persa como él se había imaginado.
¿No es lo que está ocurriendo en esta guerra demencial de Estados Unidos e Israel contra Irán en la falsa ilusión de ambos agresores de que sería solo un paseo militar porque el pueblo iraní se levantaría contra su régimen opresor y recibiría con los brazos abiertos a sus liberadores?
Pero sobre todo, ¿es posible que un jefe de Estado pronuncie palabras dignas del propio Adolf Hitler sin que nadie en el Congreso de Washington reclame su inmediata destitución por criminal o demente?
Y ¿si le ocurriese finalmente dar esa orden -algo que esperemos no ocurra, que todo no pase de una nueva e irresponsable bravata- no estarían obligados todos los políticos y militares de aquel país, desde la cúpula hasta el último soldado, a desobedecerla inmediatamente?
Después de ese último mensaje, Donald Trump no debería continuar ni un minuto más en la Casa Blanca si es que al Gobierno y al Congreso de aquel país les quedase algo de decencia, de sentido moral.
Su puesto no debería estar ya en Washington, sino en el banquillo de un nuevo tribunal de Nuremberg, como el que juzgó a los jerarcas nazis, junto al jefe del Pentágono, Pete Hegseth, y ese otro criminal de guerra llamado Benjamín Netanyahu.