Trump ha desarrollado un sistema de corrupción, complicidad e intimidación - por Joaquín Rábago
Trump ha desarrollado un sistema de corrupción, complicidad e intimidación
Por Joaquín Rábago
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha desarrollado un sistema de corrupción, complicidad e intimidación para controlar a los medios de su país.
Aprovecha además el republicano el hecho de que los medios están ya en pocas manos, que en su mayoría pertenecen a oligarcas, especie que no existe sólo en Rusia como nos cuentan.
Le basta por lo tanto a Trump traer a su órbita al propietario del medio que sea, con persuasión o con presiones.
Es lo ocurrido, por ejemplo, con The Washington Post durante la pasada campaña electoral, lo que no quiere en absoluto decir que antes de su control por Jeff Bezos, ese diario de la capital fuese mínimamente objetivo.
Al mismo tiempo, el autócrata de la Casa Blanca intenta restar poder a los medios que no pertenecen en principio a ningún magnate concreto como pueden ser las grandes agencias de noticias.
Incluso una emisora de propaganda gubernamental como La Voz de América se ha visto acusada por la asesora especial de la Agencia de Medios Globales de EEUU, Kari Lake, de ser “la voz de la Anti América”.
Lake llegó a proponer incluso su cierre porque, según ella, en la emisora tenía más influencia el Partido Comunista chino que los “valores tradicionales norteamericanos”. Tal es la locura de muchos partidarios de Trump.
No debe extrañar semejante comportamiento por parte de un partido como el actual republicano que ha mandado retirar de las bibliotecas de los colegios “1984”, la novela distópica de George Orwell, que predice mucho de lo que ocurre en la Norteamérica actual y, por cierto, no sólo allí.
Un ejemplo de libro de la que Orwell llamó “neolengua” es el decreto trumpiano para el “Restablecimiento de la Libertad de Expresión y el Fin de la Censura Federal”, que está obrando justo lo contrario de lo que anuncia.
Estados Unidos ha descendido mientras tanto al puesto 57 de un total de 180 países en el índice de libertad de prensa que elabora la organización Reporteros sin Fronteras, y está detrás, por ejemplo, de Ghana, Sierra Leona, Liberia o Rumanía.
Ese proceso tiene también que ver con el cambio estructural de los medios en todo Occidente, que se defienden como pueden de las nuevas plataformas tecnológicas, y que ofrece a los gobiernos nuevas posibilidades de propaganda y censura.
La exclusión por los medios tradicionales de los periodistas críticos con el poder y el favorecimiento por la Casa Blanca de centenares de de “influencers” a los que ha abierto de par en par sus puertas con el argumento de que hay que dar voz a las jóvenes generaciones son otras tantas manifestaciones de tan preocupante fenómeno.
El trumpismo puede beneficiarse de un auténtico ejército de “influencers” que no se guían por ningún código deontológico y sólo tratan de llamar la atención en busca de la máxima publicidad en la Red.
La ultraderecha estadounidense dispone así de una amplísima red de propagandistas más bien psicóticos que se dedican a sentar las bases de un movimiento nacionalista, supremacista y xenófobo.
Sus mensajes pueden ser de lo más absurdo y extravagante, pero generan una burbuja informativa, una realidad alternativa en la que cada vez encuentran acomodo más personas.
Al mismo tiempo, Trump ha encontrado en la lucha contra los medios una lucrativa fuente financiera, y así exige indemnizaciones multimillonarias con el mínimo pretexto. Como ocurre en las mafias, quien paga no tiene nada que teme.
Y aprovecha las conferencias de prensa para insultar en público a los periodistas que le son hostiles y a los medios a los que representan en lo que no cabe sino calificar de prácticas intimidatorias.
Muchos medios optan por no plantar batalla ya sea por temor a la venganza del Presidente o a no encontrar suficiente respaldo entre sus lectores, algo que se da sobre todo cuando se trata de medios locales.