CUBA: Weyler no ha muerto - por Rosa Miriam Elizalde

Nota de Chema Tante: Que se sepa que en Canarias, en Santa Cruz de Tenerife, todavía una plaza importante ostenta el nombre del infame colonialista Weyler 

Foto Marco Peláez

CUBA:

Weyler no ha muerto

Rosa Miriam Elizalde

LA JORNADA

Los comentarios que circulan en redes formulan preguntas incómodas: ¿qué ocurriría si Estados Unidos viviera durante semanas un cerco petrolero semejante al que aplica contra Cuba? ¿Qué pasaría si sus hospitales dependieran de generadores con combustible limitado, si las cadenas de frío colapsaran, si las plantas de agua se detuvieran, si las torres celulares quedaran mudas, si una gran ciudad se quedara sin electricidad, sin comunicaciones, sin pagos digitales y sin servicios básicos? 

La pregunta no busca invertir mecánicamente la historia, sino desnudar la hipocresía. Lo que Washington presenta como “presión” contra Cuba sería reconocido de inmediato como castigo colectivo si lo padeciera su propia población. 

Cuba conoce muy bien esa lógica. A finales del siglo XIX, el poder colonial español aplicó una política de guerra que pasó a la historia como la Reconcentración de Weyler. El pretexto del capitán general Valeriano Weyler era militar. Decidió separar al ejército libertador cubano de la población campesina que podía ofrecerle alimentos, información, medicamentos o refugio. El método que utilizó fue vaciar los campos, obligar a miles de familias a concentrarse en pueblos ocupados por tropas españolas y arrasar las zonas despobladas para privar a los mambises (fuerzas anticoloniales) de recursos. 

La clave histórica es que cuando un poder colonial no logra derrotar a un pueblo por la vía política o militar, desplaza la guerra hacia la vida cotidiana. La comida, el agua, el combustible, los medicamentos, el transporte y la información dejan de ser necesidades humanas y pasan a ser instrumentos de coerción. En la Cuba de Weyler, más de 400 mil personas fueron internadas en 80 puntos de reconcentración, y la decisión se tomó contra poblaciones enteras, incluidos campesinos, mujeres, niños, ancianos, cubanos blancos y negros, peninsulares y extranjeros. 

 

WEYLER, ESCENAS DE LOS CAMPOS EN CUBA

El senador de Estados Unidos, Redfield Proctor, tras visitar la isla en 1898, observó con claridad: “no es paz, ni es guerra. Es desolación y angustia, miseria y hambre”. Describió ciudades rodeadas de fosas, alambradas y blocaos, donde la gente había sido empujada a la fuerza para sobrevivir como pudiera. Eran, dijo, “virtualmente patios de prisión”, donde se confundían cadáveres con muertos vivientes y cientos de ojos desorbitados, con sus retinas dilatadas que reflejaban una misma y espeluznante incredulidad. Auschwitz antes de Auschwitz. Las consecuencias fueron catastróficas. Se estima que murieron unas 170 mil personas, aproximadamente 10 por ciento de la población de la isla a finales del siglo XIX. 

La similitud no está en igualar mecánicamente épocas distintas, sino en reconocer una matriz: el sufrimiento como herramienta política. Weyler concentraba cuerpos; el bloqueo energético, que hoy cumple 126 días, pretende someter la vida de un país a una carencia planificada y prolongada. Ayer se cercaban pueblos con alambradas; hoy se cercan puertos, bancos, navieras, aseguradoras, suministros y combustible. Ayer se cortaba el vínculo entre el campesino y las fuerzas anticoloniales; hoy se intenta quebrar de la peor manera la voluntad de resistencia del pueblo cubano. 

La historiografía ha discutido si la reconcentración de Weyler fue el primer campo de concentración moderno. Mariano Nagy recuerda que el caso del genocida español suele ser mencionado como experiencia pionera, aunque existen antecedentes anteriores y paralelos en políticas coloniales contra poblaciones indígenas y en otras guerras imperiales. 

Pero incluso Weyler, quien murió en 1930 y no conoció a sus aventajados alumnos nazis, entendía que su método inauguraba una escuela. En sus memorias se jactó de que los ingleses lo copiaron en el Transvaal y los estadunidenses en Filipinas. 

WEYLER

La pregunta de las redes, entonces, golpea en el centro del problema moral. Si cuatro horas sin electricidad bastarían para vaciar supermercados, perder alimentos refrigerados y paralizar bombas de gasolina en Estados Unidos; si tres días serían suficientes para poner en riesgo hospitales, diálisis, quirófanos y respiradores en Nueva York; si una semana sin energía impediría potabilizar agua en grandes ciudades como Los Ángeles y Chicago, ¿cómo llamar a una política diseñada para prolongar ese daño sobre otro país? 

En Cuba, el poder colonial primero llamó “pacificación” a la reconcentración. Hoy, el poder imperial llama “sanciones” al cerco económico y energético. Pero las palabras no cambian la sustancia. Cuando se castiga deliberadamente la vida de millones de personas para doblegar su voluntad política, no estamos ante una medida administrativa más. Es un crimen de lesa humanidad y habría que llamarlo por su nombre.

AVILARTE CUBA

Gracias a Rosa Miriam Elizalde y LA JORNADA

ROSA MIRIAM ELIZALDE

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/06/04/opinion/weyler-no-ha-muerto

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