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07:25h. Lunes, 21 de octubre de 2019

Exalumnos. Cuarenta y cinco años después… - por Nicolás Guerra Aguiar

 

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Exalumnos. Cuarenta y cinco años después… - por Nicolás Guerra Aguiar *

Pollillos pollillos -como aquí conocemos “a quienes están en el principio de la mocedad” (Academia Canaria de la Lengua)- la verdad es que no son, para qué engañarnos (coincidimos Blas, Sebastián y yo, exprofesores). Pero tampoco ejercen como personas mayores o vetustas estructuras físicas, ni de coña: semejan al Teneguía en plena efervescencia cargados de ímpetus, pálpitos vitales y nobles anhelos de vida. Por eso sienten la amistad como sintió Miguel Hernández el precipitado silencio de Ramón Sijé (“a / con quien tanto quería”).

   Yo los incluiría en la cariñosa fórmula de semipuretillas pero, eso sí, carajotes muy bien mantenidos (ahí están José Pascual, Cándido Cardeñosa, Juanma Guillén, Tano Jiménez…). Nada de crisis existenciales, nostalgias de tiempos pasados o identificaciones con el verso quevediano “soy un fue, y un será, y un es cansado”. Muy al contrario, todos agradecen a la vida lo que tanto les ha dado: perduran amores y amistades, huyen desengaños y desencantos… Los primeros, para la carrera de los años; los segundos caminan hacia el olvido.

   El pasado sábado me reencontré con veintitantos exalumnos del colegio Salesiano (los más) y el instituto Pérez Galdós (los menos), más cercanos a las seis décadas que al simbólico medio siglo. Cuarenta y cinco años nos separan de cuando compartimos aula durante casi un curso y me despedí de la inmensa mayoría el martes 13 de mayo  (1975). 

   Me lo recuerdan muchos nada más saludarnos,  pues lo tienen presente como fuerte impacto desde sus trece añitos, angelicales criaturas: aquella tarde llegué con uniforme de la mili (sin estrellas, solo  galones de cabo). No era el “de bonito” sino el otro, el de zona de combate: nos mandaban al Sájara, a Smara, pues el Frente Polisario reclamaba la independencia, proceso descolonizador  iniciado a lo largo y ancho de geografías africanas (Marruecos, Argelia, Congo…) desde los años cincuenta: negros y blancos reclamaban la libertad usurpada durante siglos por la civilizada Europa, la esclavista.

   Fui enviado al colegio para llevarle documentos a un oficial, profesor de Matemáticas. Aproveché la oportunidad para disculparme ante el improvisado grupo de alumnos. Dos poderosas fuerzas me obligaban: una, iba a dejarlos en el aire casi a final de curso; la otra, el pánico a la hipotética guerra en suelo sajaragüi. (Juanjo Morales Ayalita me recordó detalles olvidados.) A los veintitantos años de mi juventud el desasosiego se imponía. 

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   ¿Defensa de las tierras españolas? ¡Ni de coña!: gente del Régimen era accionista de Fosbucrá -Fosfatos de Bucrá, S.A.-, compañía privada explotadora de las mayores reservas mundiales de fosfato y cuya delegación se encontraba en la calle Góngora, esquina a Leopardi, Las Palmas. Vidas de jóvenes canarios -entre ellos la mía- a cambio de protección a miserables intereses económicos. (Nos quedaba pendiente esta clase de Historia.)

FOSFATOS FOSBUCRAA

   Cuatro décadas y media habían pasado desde que vi a muchos de ellos por última vez. Con otros pocos he coincidido por la calle, casualmente. Fueron encuentros rápidos, a fin de cuentas no todos disfrutan de la iubilatio -ōnis, ‘júbilo, alegría’- (“Significado en desuso”, apunta fríamente el Diccionario)... Uno de los primeros fue Óscar Jiménez, el gran valedor, entrañable. Su satisfacción personal es “promocionar la amistad como una maravillosa forma de vida”. Lo pone todo desde lo emotivo: alma, corazón y vida, tal cantan Los Panchos. Óscar añade también “El Waca”, amplísimo club gastronómico. 

   Es feliz con sus compañeros del alma, pero a estos se les nota en la cara que no se encuentran a gusto, están como obligados: beben el agua de Teror traída por Gilberto Pérez, comen algo, cumplen y se despiden... ¡acaso a las seis de los primeros amaneceres! Como son buena gente, educaditos y sacrificados tampoco fallarán en mayo, no quieren hacer sufrir a Óscar. (Pero fuertes abrazos y emociones de reencuentros me despistan… ¿Se burlan de mí, ¡de su profesor!? ¡¿Habrase visto tal falta de respeto!?)

   Al casipaisano Eugenio Gil lo encontré en la Rúa un gélido atardecer salmantino (estómago y papilas gustativas me conducían hacia El Patio Chico, taberna con exquisitas costillas a la brasa...). Ángel Montesdeoca, por su mayoría de edad, dejó el gimnasio donde nos veíamos: los cuerpos necesitan más mimo y menos bíceps… 

   El ayer tímidísimo Gustavo Machín ya refleja la abuelidad, ¡angelito! Por edades no maneja bien el móvil y olvida -¡cuánta alegría!- cómo buscar las trescientas veintiséis fotos de los nietos, tormento inquisitorial del que me libro... Pedro Domínguez Montenegro prepara para sus descendientas la colección completa de Astérix, recién reeditada (no recordó el nombre de Edadepiédrix, algo normal, ¡ya no tiene cuarenta años!). 

   Luis López y Juanjo Isern filosofan sobre el tinto: ¿tendría razón un tabernero lagunero cuando dijo que el vino es malo para quien lo está consumiendo si los pelos del brazo se le ponen de punta? Mientras, Félix González continúa interesado en las luchas medievales de Occidente y Oriente, sustitutas ya de pentatlones juveniles; Nakoura Mousi evoca las viejas marcas Sanyo, Toshiba, Sharp y las relaciona con La Naval, Santa Catalina…, cuando todo era made in Japan (eso tienen las edades almacenadas: transportan al ayer sin complejos ni maledicencias. Lo intuí en Carlos Sosa, Braulio Arencibia, Juan A. Alonso... tras contarle a Marco Aurelio un secretísimo ppersonal).  

   Me costó algo reconocerlos a todos: ¡habían pasado cuarenta y cinco años!  Además, cincuenta nombres y cien apellidos eran muchos para un solo grupo de los varios que tenía; incluso algunos pretendían pasar desapercibidos... ensimismados con las “filminas” de pinturas renacentistas por cuyas proyecciones fui reo subrepticio: rondaba el pecado. Por suerte me apoyó don Manuel Porlán, director (especialista en arte), pues las diapositivas llevaban impresa una leyenda: “Comunidad salesiana San Juan Bosco”, o algo así.   

   Terminé pletórico, inmensamente satisfecho de amistad. Descubrí gratitud, reconocimiento a mi trabajo, aprecio, cercanía: yo tendía la mano para saludar y ellos me abrazaban…  (Por cierto: Luis Florido, José Monteiro, Luis Juan Rijo, Alfredo Naranjo, Pedro García y el saltaperico de Calderín -Pedro González- renunciaron a la discoteca: pronunciados contrastes con la nocturna inmensidad. Hoy los recogen al calor del hogar.) 

   Pero la inmensa diferencia temporal entre ellos y yo en 1975 (trece, catorce años) se redujo al mínimo: hoy sus planteamientos vitales son muy parecidos a los míos, nos preocupan e interesan cuestiones comunes… A fin de cuentas pertenecemos a la misma generación según la maquinaria generacional de Pétersen (discutible, pero ahí está). No obstante, todo fue posible gracias a su calidad humana. Gracias, pollillos.

 

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

 

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