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22:04h. sábado, 25 de septiembre de 2021

seguir sobreviviendo de una industria zafia que destroza el medio ambiente,

Turismo de calidad - por Lidia Falcón

 

FRASE LIDIA

Turismo de calidad - por Lidia Falcón, Presidenta del Partido Feminista de España *

El Mar Menor de Muria es el Mar Muerto. Después de veinte años de protestas y de quejas de un pequeño grupo de ecologistas y vecinos sobre el desastre que se cernía sobre él, las consecuencias más visibles se han materializado en las 4,5 toneladas de peces muertos que flotan en sus aguas. Y han servido para que los medios de comunicación lo publiquen en portada. Inmediatamente se ha derrumbado un edificio de tres plantas en Peñíscola con la fatal consecuencia de dos muertos y un herido grave.

Un breve tour por la costa valenciana y murciana me ha servido este verano para constatar in situ lo que es –o debería ser- conocido por toda la sociedad y especialmente por los dirigentes institucionales: la catástrofe que se ha cernido sobre nuestro país en las zonas turísticas, sobre todo en la costa. Todo el litoral está materialmente cubierto de las construcciones más horrorosas, mal diseñadas y peor realizadas. Las casas de una planta se mezclan con las de dos o tres o diez, en un revuelto que da náuseas estéticas. Es evidente que ni los alcaldes ni los habitantes aman a sus pueblos. Lo único que importa es el beneficio inmediato.

En las orillas del Mar Menor, que contemplé desolada, se ha construido hasta el borde del agua y allí van a parar los colectores de las aguas fecales de los edificios. Se habla de los fertilizantes pero no de los excrementos que flotan en las olas libremente. Las orillas de ese gran lago de agua salada, un paraíso hace cincuenta años, están negras de unas algas oleosas que se pegan a los pies y que oscurecen las mansas olas hasta más de medio kilómetro. El olor lo delata.

En Los Alcázares, pueblo donde se embarca para pasear por el Mar Menor, los vecinos han colgado unos carteles donde reclaman que se solucione el problema que los tiene desesperados: la construcción en los cauces de las riadas ocasiona inundaciones constantes. En el último año, tres en cinco meses, cuando el agua entra en los sótanos de las casas, en las tiendas, en los patios, destrozando todo lo que encuentra a su paso. Hacen llamamientos urgentes a sus alcaldes, al gobierno de la Comunidad y al Estado, para que se canalice el agua. Sin obtener ningún resultado. Muchos vecinos se han ido pero tienen que vender su casa por la tercera parte de lo que les costó.

La tragedia de Peñíscola corresponde a la infame construcción de este último siglo. Se ha edificado frenética y desordenadamente sin guardar las medidas de seguridad más elementales. Ni los cimientos ni las paredes maestras ni los puntos de sujeción corresponden a las necesidades de los edificios. Y nadie lo ha inspeccionado ni sancionado ni impedido.

En los edificios más antiguos, de uno o dos pisos, las fachadas muestran la lepra que carcome el yeso podrido, sin que se restaure a la espera de la venta de todo el solar que les dé sustanciosos ingresos con la construcción de varias plantas, aunque muchas llevan años esperando, paralizada la operación por la sobreabundancia de oferta y la crisis económica que se prolonga ya más de diez años. Al lado de las vetustas edificaciones se levanta un horrible rascacielos de cemento y PVC, otras de tres o cuatro alturas, producto del desarrollismo franquista que ya muestra su inminente deterioro. Y lo más inaceptable es que la mitad de los apartamentos están vacíos. Al no existir planificación alguna, que el libre mercado prohíbe, se construye sin freno, hasta que la demanda es insuficiente. Si a eso agregamos la interminable crisis económica, los balcones exhiben los carteles de “se alquila” o “se vende” en dos de cada tres edificios. Así, el panorama urbanístico de estas poblaciones es desolador.

Calles interminables asoladas por el sol de agosto sin un árbol, pueblos sin cine ni teatro ni librerías ni centros culturales pero con decenas de bares, en las que los clientes, insensibles, se cuecen bajo una escuálida sombrilla en las terrazas donde disfrutan de múltiples cervezas, a la par que se embarcan en insulsas discusiones a gritos.

En la playa los chiringuitos de bebidas y hamburguesas se empujan unos a otros para el disfrute de los mismos placeres a manadas de sedientos clientes. La arena está sucia, los servicios higiénicos son inexistentes y el agua del mar contaminada por una selva de algas negras que se arremolinan en los pies de los bañistas, que no parecen percibirlas. Muchas playas están plagadas de piedras, pequeñas o grandes, para destrozo de pies urbanos, que nunca se retiran ni limpian. Aparcar al aire libre en espacios abrasados por el sol canicular es una tortura, porque como además son escasos obliga a los conductores a esperar interminable tiempo a que se desaloje alguno.

El servicio es infame. Los restaurantes y bares tienen poco personal para atender a la multitud que se concentra en dos meses al año, los propietarios ahorran explotando a camareros exhaustos y jóvenes inexpertos, en consecuencia se hace inaguantable la espera para poder degustar la comida. Los espacios al aire libre, bajo una sombrilla, son las calderas del infierno, y en los interiores, sombríos, puedes agarrar un catarro cuando hay aire acondicionado.

Los servicios higiénicos tienen toda clase de deficiencias. Les falta papel o agua o toallas o todo a la vez. Las puertas no cierran bien y si lo hacen después no puedes abrirlas. Mientras los papeles sucios se amontonan en contenedores desbordados, porque no se vacían en todo el día, el rollo de papel higiénico no existe. Hay el que no tiene espejo pero sí una gran mesa para cambiar a los bebés. Las paredes están sin pintar, las puertas desconchadas y los suelos llenos de líquidos varios, que las clientas pisan indiferentes. Ninguna inspección sanitaria se realiza. Las mesas cojean, las sillas de diversas procedencias son increíblemente duras, los muebles están desconchados. Las emisiones de las televisiones encendidas permanentemente sin que nadie las atienda compiten en ruido con los gritos y risas de los clientes. Y las terrazas que consisten en estrechas aceras de las calles, tienen mesas cojeantes y sillas estropeadas al lado de la calzada, por la que pasan atronando y echando chorros de óxido de carbono, coches, camiones y motocicletas.

La venta de alcohol y drogas es tan libre en España que incluso en algunas poblaciones se han hecho famosas las ofertas de packs de viaje y bebida ininterrumpida durante los fines de semana. Y los puti clubs se suceden cada medio kilómetro en todas las carreteras.

Algunos hosteleros muestran su cansancio con el tono hostil y la expresión del fastidio que les acomete, maltratan a los camareros e incluso abroncan a los clientes cuando dudan en escoger una mesa. Y los precios suben a la par que desciende la calidad de los alimentos y del servicio.

En los establecimientos de media categoría –en los modestos más vale no entrar por no ver a las cucarachas compartiendo tu plato- la restauración es mayoritariamente detestable. Las cartas ofertan platos que no tienen, tardan de manera incomprensible en servirte una ensaladilla rusa que acaban de sacar de la nevera, el olor del aceite mil veces refrito de la freidora provoca náuseas. Algunos platos regionales están cocinados únicamente para sus habitantes locales porque los foráneos acabamos con diarrea.

En Cullera me pusieron una multa por no haber exhibido el papelito del pago. Como se reducía a la mitad si la abonaba pronto intenté hacerlo inmediatamente en la misma máquina de la tarifa normal, pero no estaba permitido. Fui al Ayuntamiento al día siguiente y después de hacer una larga cola en la calle, al sol, para evitar el virus, una funcionaria impaciente y malhumorada me dijo que allí no podía pagarla porque el servicio lo prestaba una empresa privada, y me envió a un parking subterráneo al otro extremo del pueblo. Que ya recibiría una carta, y que si no estaba contenta que escribiera al Ayuntamiento. Al día siguiente seguí el peregrinaje hasta el parking pero no pude entrar a pie porque debía hacerlo en el coche. Al cuarto intento me enfrenté a otra empleada hostil y gritona que me aseguró que allí no se cobraba nada y que fuera al Ayuntamiento. Y que ya me escribirían.

Como la rebaja por pronto pago duraba quince días y todavía no he recibido la carta cuando llegue se habrá pasado el plazo.

Resulta una broma esperpéntica que se califique a España de país turístico y que nuestros gobernantes “apuesten” por un turismo de calidad, mientras el estado de las playas y las condiciones de alojamiento y restauración son peores que en los años sesenta del siglo pasado. En aquel momento, cuando se inició el boom, las playas y el mar estaban limpias y desérticas, los hosteleros y camareros eran amables y los precios muy baratos. Hoy las playas y el mar son estercoleros donde se amontonan multitudes, los que atienden los establecimientos son antipáticos y los precios escandalosos.

Pero hemos de vivir de eso, porque no tenemos alternativa. El gobierno socialista pactó la entrada de España en el Mercado Común en 1986 bajo la condición de que se calificara de país turístico y liquidara los sectores siderometalúrgico, minero, astilleros, trenes de laminado, para no hacer la competencia a Alemania, Bélgica y Países Bajos. También hubo que eliminar la ganadería de altura y se contingentó la producción de cereales y piensos para no quitarle mercado a Francia. A mayor abundamiento, la UE pacta con Marruecos la importación de fruta y verdura en cantidades que compiten con las españolas, y que además Marruecos no cumple sin que reciba ninguna queja de la Comisión Europea que tiene que defendernos, y ni siquiera del propio gobierno español, hundiendo a los agricultores en la ruina.

Nos queda la venta de souvenirs, fabricados en China, que se amontonan como basura en los bazares de los pueblos de playa, vacíos de clientes, que ya no compran las mismas porquerías de todos los años, y cuyo destino son los contenedores en que se almacenan para tirarlos a los barrancos.

Ni inspección de hostelería y restauración ni atención al ciudadano en los Ayuntamientos ni se han construido parkings en la cantidad necesaria para la avalancha de usuarios que ha atraído nuestra promoción turística ni se limpian las playas ni se controlan los ruidos ni los precios corresponden a la calidad de los servicios que se prestan.

Si no fuese porque el Medio Oriente está en llamas, España se quedaría a la cola de la atracción de visitantes. Debemos entonces agradecer las guerras que han desatado en todo el norte de África y Asia Menor, para seguir sobreviviendo de una industria zafia que destroza el medio ambiente, promociona los más vulgares placeres en peores condiciones que el siglo pasado, y que alimenta el alcoholismo, la drogadicción y la prostitución

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Lidia Falcón

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