Lo del arancelazo - por Guillem Martínez
Lo del arancelazo
Guillem Martínez
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Es previsible que la subida de los precios suponga en EEUU, y en el mundo, una corriente de inflación, ese festival que devalúa los salarios. Y es previsible una crisis en la deuda norteamericana, en modo 2008
1- El arancelazo es el famoso cambio de época. Supone, por sí mismo, tachán-tachán, el fin de la globalización, la joya, el secreto del neoliberalismo que permitió la desindustrialización de Occidente y, con ella, la rápida cancelación de un sujeto histórico –en tan solo una década: los ochenta– denominado clase obrera. Se dice rápido.
2- Los lectores de esta prestigiosa firma saben, en todo caso, que no hay explicación al arancelazo. O, lo que viene a ser lo mismo, que hay la tira. En último término, es algo que se hace porque se puede. Es decir, es una manifestación de poder. Tal vez la última, como la última manifestación de poder europeo fue la I GM. Por lo mismo, los aranceles son una pulsión, ese catálogo de acciones incontrolables e inconfesables.
3- La prima hermana de la pulsión es la improvisación. Hay académicos próximos al funcionariado de la Casa Blanca que aseguran que, en todo este plan arancelario, no hay economistas con un lápiz en la oreja y una calculadora en la mano. Es decir, no hay cálculo ni sentido económico. Lo que sería un indicio de que el trumpismo son pulsiones en la Guarida del Lobo, improvisaciones, ese género. Empiezan a aparecer más indicios que dibujan la improvisación como una piedra angular del trumpismo. En los últimos días: a) Musk –una de las personas mejor informadas del mundo; según él– ha constatado que su salto a la política ha supuesto pérdidas importantes, inesperadas para Tesla. Es decir, que ni lo había evaluado. A su vez, b) parece ser que Musk abandonará el Gobierno en mayo, lo que indica que Musk es, por sí solo, una pulsión, una improvisación de Trump, hoy concluida. Empieza a trascender que c) el presidente se ha rodeado –en semanas, con suma rapidez– de figuras marginales no previstas, delirantes, que le asesoran de manera determinante. Y compulsiva. Como Laura Loomer, una friki, teórica ultraderechista de la conspiración non-stop. Un último indicio de improvisación absoluta, de sometimiento de la inteligencia a la pulsión, es más cercano geográficamente. Se trata de d) una conferencia realizada en un club financiero de Madrid, el pasado octubre, en la que un académico de la Ivy League, próximo a Trump, explicó a la derecha financiera española –aquella que, esta semana, se ha XXXXXX la pata-abajo en la bolsa– el programa real de Trump. Programa real, en aquel momento, era mucho lerele pero, debajo de él, poco larala: rebaja fiscal, desregulación como para una boda y fin de lo Ucrania y lo de Israel. Es decir, nadie, tal vez ni Trump, imaginaba la realidad de su programa real, una pulsión que ha ido creciendo, como la pulsión innegociable que ahora mismo me obliga a encender otro pito. Y otro. Y, oh, ah, otro.
Empiezan a aparecer más indicios que dibujan la improvisación como una piedra angular del trumpismo
4- En todo caso, y por definición, y he aquí la gravedad del asunto, el arancelazo es también, por todo lo explicado hasta aquí, algo viejo, si bien olvidado, por lo que resulta nuevo. Los aranceles son –aparten a los niños; no se lo pierdan, que uno no puede escribir esas cuatro palabras cada día– un acto de guerra.
5- No responden a una idea de economía, sino que son, sencillamente, un acto político, si bien –y esto es importante– fuera de la política. Que es como Carl von Clausewitz definía la guerra en el XIX. Trump ha hecho, vamos, un Comodoro Perry, aquel señor que, en 1853, se presentó en la Bahía de Tokio con cuatro fragatas armadas y obligó a Japón, vía amenaza artillera, a abrirse al comercio internacional. Ha hecho un Comodoro Perry, pero global y al revés: ordenando el cese del comercio internacional.
6- Sobre la inconsistencia intelectual del arancelazo, aquí van unos datos recopilados por Piergiorgio M. Sandri –no se pierdan esa firma en las páginas de economía de La Vanguardia; mola mucho, es decir, ahorra tiempo– que demuestran que el arancelazo no solo concluye la globalización, sino que asola varias casillas anteriores. Hasta esta semana, los aranceles EEUU eran los más altos desde 1969, con una media del 8%. El subidón mínimo del 10% desde esta semana supone volver a los aranceles propios tras el fin de la II GM. Pero el subidón-subidón del 42% –Vietnam, Camboya–, del 34% –China–, del 24% –Japón–, del 20% –UE– o del 50% –Lesoto, el récord de aranceles trumpistas, que ilustra el carácter illuminati y grotesco de toda esta movida– supone un retroceso de 100 años, volver a los aranceles de EEUU de cuando la Depresión, momento en el que se intentaba salvar la industria local que, dato importante, no estaba globalizada –EEUU, en aquel tiempo, importaba por un 3% de su PIB, snif–. The Financial Times calcula las pérdidas –mundiales– del arancelazo en 1,4 billones. Es decir, en más o menos el PIB español de un año. Una castaña, un antes y un después que presagia la recesión global, más bien guapa y rolliza. The New York Times calcula, en modo didáctico, que el arancelazo supondrá el aumento del precio de un coche en EEUU en unos 10.000 dólares, lo que es una bella metáfora. The Economist –es decir, el liberalismo clásico, esa cosa que no existe por aquí abajo y que en el XIX acabó con todo arancel en UK–, en su artículo de fondo sobre el asunto, califica lo que Trump ha denominado el Día de la Liberación –aquel en el que se anunciaron los nuevos aranceles– como el Día de la Ruina, trademark más ajustado a la realidad.
7- Las consecuencias inmediatas del arancelazo han sido descritas por la Reserva Federal en términos distintos y distantes a los empleados por Trump. Se trata de grandes bajadas en las bolsas en todo el planeta, en forma de pánico, ese acceso al miedo millonetis en 3D. En el momento en el que escribo estas líneas, la broma ha costado más de nueve billones de dólares tan solo en EEUU –la élite del votante trumpista está hablando con Trump en la bolsa; concretamente, le está gritando en arameo–. Es previsible que la subida de los precios –los aranceles es lo que tienen– suponga en EEUU –y en el mundo– una corriente de inflación, ese festival que devalúa los salarios. Y es previsible que el asunto acabe suponiendo una crisis en la deuda norteamericana, en modo 2008, más si pensamos que China posee una gran tajada de la deuda EEUU –en 2024, cuando aún tenía más, China poseía deuda estadounidense por valor de 768.300 millones de dólares, más de la mitad del PIB español–. Aun así, esta mañana a primera hora, el bajón espeleológico de las bolsas está animando a los inversores a adquirir deuda EEUU. Por lo que ha bajado de precio. Es decir, la financiación del Gobierno Trump es, esta mañana a primera hora, más barata. Parece que, para paliar el mal rollo que la Reserva Federal ve a corto plazo, se bajarán los tipos, con lo que el dólar bajará su precio, lo que facilitará, a su vez, la exportación de productos EEUU. Eso, más el dato de que el empleo ha crecido esta semana en EEUU, nos lleva a la pregunta, dos puntos, este fin desordenado y violento de la globalización, ¿puede salirle bien a Trump?
8- No puede salir bien a nadie, pues la manera de alcanzar objetivos es traumática y con unos costes inasumibles. Un desperdicio. Pero puede salir mal. Es decir, que esa forma ruinosa de emitir política y relaciones internacionales se imponga. Al cabo, la globalización también tuvo un inicio desordenado y violento, y mira. El mundo admitió, a finales de los setenta e inicios de los ochenta, las brutalidades sociales y económicas, necesarias para la globalización, de Thatcher y Reagan –objetivamente, y en términos económicos, ruinosas; en términos sociales, paso palabra–, lo que supone un precedente del caos y de la desmesura a tener en cuenta. Supongo, por otra parte, que la aportación de Trump a la política es incorporar al Estado la mentalidad no de una empresa, sino de una gran empresa durante el periodo neoliberal, ese tipo de empresa que no transcurre en el mercado, sino en la desregulación, esa regulación descomunal por parte del Estado, que asegura beneficios. Los Estados familiarizados con esa idea de empresa, de Estado, de mercado –todos, por otra parte– pueden avenirse a pactar con EEUU la reducción de aranceles a cambio de otras exigencias. Es el caso de Vietnam y Camboya, que ya han anunciado que negociarán con Trump como posesos a cambio de medidas –no económicas/un alejamiento de China, se supone–. Puede ser el caso de muchos otros casos, si bien, por ahora, la operación de Trump no ha sido un éxito: según la Casa Blanca, esa fuente dudosa, son 50 los Estados que han pedido negociar los aranceles. Poco, nada, nadie. Veremos en un futuro.
9- Lo que nos lleva a evaluar cómo ha reaccionado el mundo al arancelazo.
EEUU ha ofrecido cero aranceles a Rusia, en lo que es una lectura del mundo deseado
10- China lo ha hecho de manera contundente, ágil y rápida. Aranceles simétricos, del 34%, demanda y empure de EEUU en la Organización Mundial del Comercio –algo que, siendo anecdótico, no lo es: China, que no apostaba por el orden internacional, parece que lo está haciendo; vivir para ver– y la restricción de exportación de tierras raras a EEUU, lo que paralizaría la industria aeroespacial norteamericana/Musk, el hombre-mejor-informado-del-mundoZzzz. China lidera la oposición planetaria al asunto. Es decir, China –el único Estado del mundo, tal vez del universo, que trabaja con márgenes de planificación de 100 años; todo lo que sucede ha sucedido ya en los Simpsons, pero más aún en las planificaciones chinas–, en esta crisis, debe crear solidez y operatividad en torno al concepto BRICS –Estados miembro, ojo: Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Emiratos, Etiopía, Irán e Indonesia–, esa cosa que a ratos es una suerte de G7 del Sur Global, a ratos agrupa y da forma a las economías dominantes –Brasil, Rusia, India y China–, sí o sí, en 2050, a ratos es una mera órbita China, a ratos es una unidad incoherente y a ratos es –guau– la génesis de una nueva y futurible divisa para el comercio internacional –facilitada, por cierto, por las sanciones a Rusia y, tal vez, por el arancelazo–. El objetivo chino debería ser fortalecer el grupo y que no se desmadre y opte por la negociación bilateral con EEUU, como ya han hecho Camboya y Vietnam –Estado no miembro, pero sí asociado, junto a otros diez Estados, al pack BRICS–. EEUU ha ofrecido cero aranceles a Rusia, en lo que es una lectura del mundo deseado –Trump desea lo que ya no existe: dos potencias mundiales–, pero también un intento de división de los BRICS, de alejamiento de Rusia respecto de China. Es previsible que, con el transcurrir de las semanas, EEUU incremente su presión a India para que deje de adquirir energía BRICS/rusa –más barata y, además, pagada sin utilizar el dólar–. A China se le ha acumulado mucho curro.
11- La UE es un enigma. Estrena una época en la que Europa no es necesaria. Para nadie. No hay nada en ella. No hay materias primas, no hay industria. Hay servicios, la comida favorita del neoliberalismo. Para China/BRICS, además, la UE no es un proveedor. Si en África, Asia o Sudamérica alguien quiere comprar una moto eléctrica, la compra china. No solo tiene forma de moto y se comporta como una moto, sino que es más barata. Y existe, está en la tienda. No es el caso de una moto europea. Europa perdió la carrera frente a China, por KO, hace tiempo. En la crisis de 2008, cuando no apostó por la inversión sino por la austeridad –guiada por los líderes de selección negativa, mal formados e informados, que apostaron por Hayek, un economista tan básico que no es necesario leerlo; es la cuenta de la vieja; de una vieja malvada, sin capacidad para prever el futuro–. Esta nueva crisis, además, pilla a la UE agotada intelectualmente después de haberlo dado todo, todo, en la elaboración de la normativa que rige la obligatoriedad del tapón de plástico adherido a la argolla del cuello de la botella de plástico. O, dicho de otra manera, lo del punto 12.
12- La UE, aquella que salió de la competitividad por decisión de sus líderes –esas viejas-Hayek– en la crisis de 2008, es sumamente operativa para legislar sobre tapones. Pero no, pongamos, y visto lo visto, sobre pandemias. Es, además, un sistema democrático no rotundo, por lo que no se sabe si está a medio construir o, glups, a medio demoler. La sensación –y el peligro– es que, por ello mismo, es una estructura sumamente vertical, a la espera de ser copada por la extrema derecha. Que ya dispone de dos comisarios como dos soles en la actual Comisión, tan ricamente. Su toma de decisiones es, además, sumamente vertical –algo dramático; para entendernos: la toma de decisiones vertical es lo que hizo perder la guerra 1939-45 a los malos–. No puede ser de otra manera, pues nuestro bando también es neoliberal, esa verticalidad, esa gramática, esa selección negativa de líderes. Pues bien, ese sistema de toma de decisiones, que aún está meditando no solo las respuestas al arancelazo –se supone que optará por aranceles simétricos del 20% y por la penalización no solo de mercancías USA, sino también de servicios, esa cosa que no acomete, absurdamente, el arancelazo–, sino el tono y el léxico para comunicarlo, ha dilucidado en tiempo récord un cambio de modelo económico histórico. El rearme, la industria armamentística como fórmula para la reindustrialización. Una apuesta trascendental, evaluada de forma apresurada y, muy posiblemente, no por los más despiertos e informados. La economista Clara E. Mattei –no se pierdan su El orden del capital, Capitán Swing– es una de las autoridades intelectuales más sexis e inteligentes de la izquierda global. Ha estudiado la austeridad en los años veinte y treinta del XX –la austeridad, señala, no es una economía, es una política, con objetivos políticos, represivos; en la Italia de los años veinte y treinta condujo, zas, al fascismo–, y ha llamado a la alarma por el giro armamentístico europeo. En su opinión supone la supresión del gasto social, de lo que queda de Bienestar. Y la austeridad. À gogó. Y lo que siguió a la austeridad tras los años veinte y treinta del XX, aplicado a la UE, esa institución, lo dicho, vertical, de democracia endeble, esperando a los verdaderos especialistas en lo vertical y en la democracia endeble.
La UE es una estructura sumamente vertical, a la espera de ser copada por la extrema derecha
13- Sobre la trascendencia del arancelazo: ha cambiado, incluso, el tapiz de la política española, ese animal muerto, disecado y apolillado desde hace años.
14- Ha dado vida, sentido, al PSOE-Moncloa, que está en modo elaboración de plan nacional de emergencia –la fantasía húmeda de cualquier partido desde el Plan de Estabilidad, ese plan nacional de etc. que prefiguraba la Transición, ese plan nacional de etc.– y de prospección de mercados, investigando –para el Estado, pero también para la UE– acercamientos a China. Es decir, a los BRICS. Es decir –y te pongas como te pongas–, a Rusia. El PP, inmerso en dinámicas de Guerra Cultural desde 1990 –se dice rápido–, por primera vez sale del trademark ‘fue-titadyne’ para participar en una acción de Gobierno del PSOE. Algo con consecuencias impredecibles: se sabe cuándo un partido de Guerra Cultural entra a la realidad, pero no cómo se sale. Vox se ha quedado solo en la defensa tácita de los aranceles, exponiéndose a la gran contradicción de las nuevas –y viejas– extremas derechas: pertenecer a diversos nacionalismos, siempre en futurible colisión, como es el caso. La nueva derecha europea, con este Trump agresivo y siempre a punto del Ausschluss, está en serio peligro de encogimiento, en el caso de que la nueva derecha dependa de lo que pase en la realidad. Que vete a saber. Sumar prosigue en la búsqueda de lo que es: algo, con cualquier otro nombre y líder, que pueda invertir, una/otra última vez, la debacle electoral de Podemos desde 2015, y parar a la extrema derecha. No hay más. Ni menos, ojo. Podemos sigue obsesionado con el pasado, del que ya forma parte. Este partido de Guerra Cultural tiene garantizado el fracaso, pero a la vez el éxito: el sustento apañado para tres familias. Y eso es su dilema. Como dilema, en efecto, no es muy épico. En Catalunya, tanto Junts como Aliança Catalana pugnan, a su vez, por ser los beneficiarios de la época. Lo que da igual, pues Catalunya ya da igual. Perdió el pie. Tal vez por años, tal vez para siempre. Da igual lo que pase, lo que se vote, lo que no se vote. Es la anécdota, lo que hay, lo que queda, el paisaje tras una Guerra Cultural intensa, tras una lectura endeble de la época. Tomen nota.
*Gracias a Guillem Martínez y CTXT y a la colaboración de Antonio Aguado