Mal van las cosas en esta Europa - por Joaquín Rábago

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Mal van las cosas en esta Europa

Joaquín Rábago

Leo en “Le Monde Diplomatique”, el único “Le Monde” que merece la pena leer, un breve artículo que ilustra a la perfección el declive de las sociedades europeas.

Su autor y director actual del periódico mensual francés, Benoït Bréville, se vale del ejemplo de Portugal para explicar el fenómeno.

BENOÏT BRÉVILLE

En 2017, había en nuestro país vecino sólo 400.000 extranjeros y la extrema derecha era inexistente. 

Ocho años más tarde, viven allí cerca de 1.6 millones de individuos nacidos fuera  (el 15 por ciento de total), y la extrema derecha es ya la segunda fuerza del país.

Lo mismo cabría decir por cierto de Alemania, donde la población extranjera se calcula en 12,4 millones, lo que corresponde a un 14,9 por ciento de la población total, y donde la ultraderechista Alternativa para Alemania es la primera o segunda fuerza política.

La correlación entre el incremento de los flujos migratorios y el ascenso de las formaciones xenófobas como en el caso español,  Vox, es casi mecánica.

Pero hay mucho más que eso,  como explica Bréville volviendo al caso de Portugal: en 2008, antes esto del gran flujo inmigratorio, el país se encontraba por culpa de la crisis financiera al borde de la bancarrota.

Para ayudarlo a superar la crisis y atraer la inversión extranjera, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea le exigieron “modernizar” su economía, es decir privatizar todo tipo de servicios públicos y liberalizar de paso el mercado laboral.

El Gobierno de Lisboa creó el estatuto de “residente no habitual” para atraer a los trabajadores de “cuello blanco” y a los pensionistas extranjeros mediante una exoneración fiscal de diez años.

Ese programa tuvo, como era de esperar,  un éxito inmediato, y tres años más tarde, Portugal lanzó como muchos otros países  el llamado “visado de oro”, que permitía obtener la residencia a cambio de una importante inversión en el país. 

El resultado fue una auténtica lluvia de capitales en el sector inmobiliario. ¿Encontramos también un fuerte parecido con lo sucedido en España?

Los sucesivos gobiernos, escribe Bréville, recurrieron entonces al “maná turístico”: abrieron conexiones aéreas “low cost” y liberalizaron los alquileres de corta duración. Llegaron así millones de turistas con su dinero fresco.

La economía portuguesa volvió así a levantar cabeza. Su balanza por cuenta corriente arrojó un excedente y se redujo año tras año el déficit público.

Pero,  señala el director del mensual francés, esos indicadores tan positivos ocultaban otra realidad: desde la crisis financiera se produjo un importante éxodo de la población, en su mayoría de jóvenes diplomados o licenciados.

Sin oportunidades de  trabajo en la nueva economía de servicios poco cualificados, esos jóvenes eran incapaces de pagar el alquiler de una vivienda, que se había disparado mientras tanto en los centros urbanos.

Y hoy, explica Bréville, cerca de un tercio de los portugueses de entre quince y treinta y nueve años vive en el extranjero.

Esa emigración ha acelerado el envejecimiento de la población portuguesa, con dos personas mayores por cada joven y con uno de los más bajos índices de natalidad de Europa.

Y  como nadie puede esperar que sean los septuagenarios quienes trabajen en las cocinas o en las cocinas de los restaurantes, que hagan las camas en los hoteles o se dediquen a la cosecha, Portugal ha tenido que recurrir a la mano de obra barata extranjera.

Hay así estudios, escribe Bréville, que demuestran “una correlación, aún más estrecha que la mencionada antes, entre emigración (tanto interior como internacional) y auge de la extrema derecha”.

Lo cual se debe a que los movimientos migratorios privan a ciertos territorios de votantes jóvenes y diplomados, menos inclinados a votar a la ultraderecha, y a que modifican al mismo tiempo el comportamiento político de quienes no se han movido de las regiones más afectadas por la crisis.  Más claro, el agua.

 

JOAQUÍN RÁBAGO