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martes, 31 de enero de 2023 12:11h.

Instituciones y valores - por Luis Arencibia

 

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Instituciones y valores - por Luis Arencibia *

¿A qué obedece que en Lanzarote nos comamos mandatos enteros sin progresar en ningún tema digno de la mínima mención? ¡No será por falta de cosas por solucionar! Hay lugares en el planeta que dieron el salto al primer mundo avanzado en 30 años. Nosotros en esas tres décadas no hemos sido capaces ni de dotarnos de un nuevo PIOL. Y hasta donde alcanza la vista las cosas parece que no van a cambiar.

Según los profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson, las razones por las que unos lugares en el planeta avanzan y otros se enfangan en la mediocridad no tienen que ver -como pudiera pensarse- con sus recursos naturales, de los cuales un cutre perpetuo como Argentina tiene para dar y regalar, y de los que un triunfador a priori improbable como Islandia carece en gran medida.

En su conocido libro "Por qué fracasan los países", ambos autores desarrollan la convincente teoría de que la diferencia entre unos sitios y otros radicaría en la calidad de sus instituciones, que no dejan de ser las herramientas con las que grandes grupos de personas pueden organizarse para desarrollar proyectos complejos de superación colectiva.

Con ello no solo se refieren a lo que todos entendemos por instituciones -juzgado, cabildo, ayuntamiento...-, organismos que, se supone, establecen y hacen cumplir las normas que regirán las relaciones entre los ciudadanos. Sino también a las denominadas instituciones informales, es decir, al conjunto de valores y creencias predominantes en una sociedad, que hacen que el juego limpio y las relaciones de beneficio mutuo entre ciudadanos sean posibles. Cosas como la autolimitación individual, el interés por lo público, el sentimiento de comunidad, etc.

Como bien nos gusta repetir viendo las noticias, la democracia liberal avanzada no puede imponerse a lugares básicamente habitados por analfabetos, sectarios y tramposos. Instituciones formales e informales no dejan de ser las dos caras de lo mismo: el progreso -o la degeneración- social.

No existen sociedades perfectas, pero en aquellas más prósperas, las instituciones -protegidas por valores positivos- favorecen que el talento y el esfuerzo individual se traduzcan en frutos, a la vez que promueven que este progreso se distribuya justamente en la colectividad.

Por el contrario, en los lugares mediocres, las instituciones no generan normas claras, justas, ni universales, que se vayan adaptando a los distintos retos de forma ecuánime y en función del interés general. Todo lo que tiene que ver con lo común es farragoso, o está a medias, o desfasado. Y para medrar socialmente tiene tanto o más que ver la cercanía o pleitesía al poder -que permite la trampa y otorga privilegios-, que el propio mérito.

Estos desafortunados sitios suelen permanecer décadas estancados en un círculo vicioso en el que el mal funcionamiento de las instituciones es el resultado y consecuencia de valores antisociales como la justificación del abuso o el miedo a disentir en público. Y en los que la posibilidad de hacer proyectos importantes con la implicación de la colectividad queda permanentemente impedida porque simplemente no hay un terreno común donde estos se puedan desarrollar.

¿Les suena?

* Gracias a Luis Arencibia y a DIARIO DE LANZAROTE. En La casa de mi tía con autorización

https://www.diariodelanzarote.com/opinion/instituciones-y-valores

LUIS ARENCIBIA
LUIS ARENCIBIA

 

DIARIO DE LANZAROTE

 

 

MANCHETA AGOSTO 22