LIBROS: ¿La izquierda contra la ilustración? de Stephanie Roza, Laetoli - por Javier Doreste
LIBROS:
¿La izquierda contra la ilustración?
de Stephanie Roza
Laetoli
Javier Doreste
Después de que Adorno y Horkheimer publicaran su Dialéctica de la Ilustración, una corriente lleva expandiéndose por el mundo culpando a los ideales ilustrados de todos los males pasados y actuales. Los Ilustrados, dice, son responsables, por su exaltación del Progreso por ejemplo, de la Bomba Atómica y de Auschwitz. Y gran parte de los que se llaman de izquierda han entrado por ese camino, condenando la Razón y exaltando los sentimientos, acercándose peligrosamente a las estupideces pseudo filosóficas de la Nueva Era, entre otras cosas. Se mezclan la guillotina y Condorcet, con muy mal gusto, dado que el filósofo no fue guillotinado pues murió en su celda. Contra esas tendencias ha escrito ¿La izquierda contra la Ilustración? La filósofa e investigadora Stéphanie Roza, vindicando la importancia de los ideales ilustrados cuando se habla de proyectos emancipadores para la humanidad.
El mismo Condorcet nos sirve de ejemplo de los ideales de la Ilustración; es el primero en hablar de educación laica, con estricta separación iglesia estado y fue un ardiente defensor del derecho al voto femenino y que las mujeres deberían ser consideradas ciudadanas con todos y los mismos derechos que los hombres. Su rechazo a la pena de muerte hizo que votara en contra de la ejecución de Luis XVI, pues entendía que nadie, ni siquiera la sociedad, puede disponer así de la vida humana. Por eso mismo estaba en contra de la esclavitud. Su filosofía se puede resumir en lo siguiente: Su ley fundamental es el progreso del espíritu humano, lo que permite mejorar moral y materialmente al hombre. Este progreso viene dado a través de los conocimientos. Hay una lucha entre el afán de saber y la superstición de los que pretenden conservar sus privilegios. Por lo tanto es una lucha entre sacerdotes y filósofos. Así pues, se trata de una historia agonista. A la larga se impondrán los partidarios del progreso. Lo que dificulta el progreso son las desigualdades, tanto individuales como nacionales. Dice que si hay igualdad, habrá felicidad. Como ven no es un revolucionario sediento de sangre ni un elitista que desprecie al género humano. Es un intelectual preocupado por la situación de la sociedad y que decide intervenir en política (fue diputado) en defensa de sus ideas Sin embargo es atacado y condenado por los que denuncian la ilustración y el siglo XVIII como una época nefasta para la humanidad.
Estos ataques a la razón por gran parte de la intelectualidad son difíciles de entender. Cierto es que la Ilustración y el siglo XVIII no fueron un paraíso. Pero adjudicar todos los males a los ideales de la ilustración, tan bien explicado por Alicia Puleo en su Ideales Ilustrados solo lleva agua al molino de la reacción. No olvidemos que el nacionalismo, originado por el romanticismo como respuesta a la Ilustración, es el que termina en Auschwitz. Aquí tuvimos a los corifeos del carlismo y la eminencia de Menéndez y Pidal, prueba palpable de que el conocimiento y la erudición pueden ser de derechas y que decía: España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. Los que vivimos tiempos más oscuros aún recordamos el grito de: Siglo XVIII maldito seas, que vociferaba la clericalla junto con lo de: Por el imperio hacia Dios.
El relativismo, la pérdida de universalismo, la fragmentación del género humano en identidades culturales, de género o étnicas propiciadas por el Romanticismo, han sido un ariete contra las aspiraciones de la Ilustración que pretendía la emancipación de la humanidad con las luces de la razón, la ciencia, el humanismo. La “filosofía” de la Ilustración, nos cuenta Roza, no existe. Lo que se designa en general con esa expresión fue un movimiento plural, en absoluto homogéneo y univoco. Se debatían cuestiones tan dispares como la abolición de la esclavitud, los derechos de las mujeres, la llamada religión natural o la necesidad de controlar los precios de los alimentos de primera necesidad. La Ilustración como cuerpo de doctrinas no existe, pero si en su siglo se usó el término ilustrar (éclairer) fue en el preciso sentido de iluminar, aclarar, combatir las sombras, luchar contra los prejuicios, ejercer la crítica como forma de ejercicio intelectual y científico que ayudase a la emancipación de los hombres mediante el progreso y la ciencia. Entre los ilustrados habrá precursores de los actuales ecologistas como el mismo Voltaire, indignado con la destrucción de los bosques de su región por la codicia de los empresarios madereros, feministas y abolicionistas como el citado Condorcet… No son un grupo compacto salvo dos o tres que impulsan, para alumbrar la sociedad, la Enciclopedia (D’Alambert, Diderot, Jaucourt). Unos serán deístas, otros monárquicos por entender que un rey ilustrado es lo mejor para su pueblo. Pero todos confían en la Razón como instrumento y en la Compasión como medio para que la humanidad avance.
Roza nos recuerda que desde el siglo XVIII a la actualidad la humanidad ha hecho progresos en bienestar general. No niega, antes bien denuncia con firmeza, las desigualdades, la destrucción del medio, la opresión, la entrega al mercado de la vida y la salud. Pero la Ilustración como tal tiene poco que ver con eso. Es como si el capitalismo hubiese sido inventado por Voltaire y no por los banqueros florentinos o los empresarios hanseáticos. Pese a todos los males que el colonialismo, rechazado por muchos de los ilustrados, el capitalismo, y la liberación de los mercados han traído a los pueblos del mundo, hay un hecho innegable: la mortalidad infantil ha ido descendiendo en el mundo, la esperanza de vida en Occidente llega hasta los ochenta, decenas de enfermedades mortales infecciosas han desaparecido o reducido su influencia, y las mujeres han ido conquistando derechos impensables a principios del siglo XX. A esto se refieren los ilustrados cuando hablan de progreso, al avance en salud, bienestar y derechos, sociales y políticos, no al meramente técnico.
Es indudable que la labor de los ilustrados no ha terminado. Hoy, cuando se quiere relativizar lo fundamental, el derecho de todos a existir, sean de aquí o de allí, el derecho del otro a ser otro y viceversa, cuando se habla de hacer a un país grande a costa de expulsar a sus migrantes y ese lema se repite entre nosotros, cuando el expolio de los pueblos, la guerra y el genocidio se han convertido en espantosas realidades, es imprescindible que volvamos los ojos a los ideales ilustrados. No hacerlo, recuerda Roza, es caer en los peligros del relativismo crítico de los Foucault, tan alabados por la Central de Inteligencia Americana, en papeles recientemente desclasificados. Kant defendía estos ideales como “la salida de la humanidad de auto culpable inmadurez, su perezosa y cobarde sumisión a los dogmas y fórmulas de las autoridades religiosas y políticas. Y terminaba diciendo: ¡Atrévete a saber! Libros como el de Stéphanie Roza nos ayudan a saber y a pensar, a atrevernos.
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