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domingo, 11 de junio de 2023 00:01h.

Entre la vida sexual y el cáncer de próstata - por Nicolás Guerra Aguiar

 

nicolás guerra aguiarDos impactantes impresiones guardadas de mi primera infancia en Gáldar fueron la visita a un tío de mi madre (estaba “malito”) y la frecuente visión de un pescador sardinero, siempre a la espera de la inyección de morfina (supongo). 

Entre la vida sexual y el cáncer de próstata - por Nicolás Guerra Aguiar *

Dos impactantes impresiones guardadas de mi primera infancia en Gáldar fueron la visita a un tío de mi madre (estaba “malito”) y la frecuente visión de un pescador sardinero, siempre a la espera de la inyección de morfina (supongo). Andaba yo entre los ocho y doce inocentes añitos, pero tengo absolutamente presentes intensas toses, esputos, pañuelos inmaculadamente enrojecidos y rostros casi cadavéricos del pariente y del padre de mi amigo en pulpiadas y lapas de fondo. Entre los mayores hablaban de una enfermedad desconocida pero muy traidora, para la cual no había tratamiento médico: “Que sea lo que Dios quiera” consolaba la frase repetida por unos y otros, a fin de cuentas “No somos nadie y hemos venido al mundo para sufrir”.

  Cuando al paso de los años se empezó a conocer científicamente en nuestra todavía subdesarrollada sociedad canaria, su nombre impactaba y era capaz de desestructurar la esencia misma de quienes la padecían y, por supuesto, de los más próximos familiares: cáncer. Por tal razón era sustituido por una perífrasis muy elemental acaso pero, desde la perspectiva actual, quizás bastante práctica: “Es una enfermedad muy traicionera que va comiendo poco a poco”.  

  Tan destructiva resulta que la propia lengua usa la voz cáncer con valores simbólicos. Así, por ejemplo, el Diccionario de la lengua española define el término como ‘Proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos’. Y pone un ejemplo: “La droga es el cáncer de nuestra sociedad”.

  Como leemos en la definición, está relacionado con situaciones altamente aniquiladoras. Pero también puede circunscribirse a personas concretas siempre con significado demoledor: “Los tres son el cáncer de este grupo”. A veces se utiliza entre los jóvenes: “¡Eres un cáncer!”, le dicen, si el coleguilla es algo torpón o incapaz de hacer una a derechas. Y ya que estamos en el léxico, junto a la voz cáncer aparece otra palabra maldita, metástasis: esto es, propagación del foco canceroso el cual, lentamente pero con paso indestructible, va alcanzado a otros órganos ajenos al inicial en que se manifestó.

  La Ciencia oncológica ha adelantado sobremanera en su estudio y tratamiento, muchas veces victoriosa contra la enfermedad… Pero hay casos imposibles, trágicos. Se van descubriendo o confirmando distintas variantes siempre relacionadas con el mamífero animal más significado e inteligente: el ser humano. Así, por ejemplo, dos tipos muy nombrados en los hogares: cáncer de mama y de próstata.

  La próstata es una glándula pequeña característica de los machos mamíferos situada junto a la vejiga de la orina y a la uretra. Aporta el líquido blanquecino en el cual se desplazan los espermatozoides. Por tanto, podría sospecharse la dependiente correspondencia entre eyaculación y próstata: si no hay emulsión del líquido (acaso seminal, no manejo rigor científico alguno) el placer sexual resultará, cuando menos, imposible. Pero siempre hay excepciones en las cuales, obviamente, no entro.

Según estudié (Ciencias Naturales de Preu), cuando se rebasan los 50 años tiende a aumentar de volumen. Debe convertirse, pues, en inolvidable presencia y rigurosa atención médica: su descuido puede terminar en tumor (benigno o cáncer). En el peor de los casos cabe la posibilidad de medicamentos, láser o cirugía. Sospecho que por tales razones las defunciones debidas al cáncer de próstata contrastan –por suerte- con la elevada aparición del mismo.

  Lo dice la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) en su estudio “Las Cifras del Cáncer en España 2017”: “El cáncer de próstata es uno de los cinco tumores más frecuentemente diagnosticados en varones españoles en el año 2015 (33 370 casos)”. Fue superior, incluso, al de “colorrecto” (24 764) y al pulmonar (22 430). Sin embargo, las defunciones (5855) en 2014 fueron inferiores a las del cáncer de pulmón (27 773) y de colon (6951). Cierra la estadística el de laringe (3426).

  Pues bien. No siempre es imprescindible la eyaculación para el orgasmo pero, eso sí, la buena salud de la próstata puede depender de las eyecciones. Acabo de leerlo en un periódico nada sensacionalista: remite a la revista científica European Urology (Asociación Europea de Urología) cuyo mayor o menor rigor científico desconozco. Sin entrar en detalles por mi parte, me refiero a un estudio (durante 18 años; 32 000 varones con pareja o en solitario) de la Escuela de Salud Pública de Boston. Afirma que existe relación directa entre la frecuente emisión de semen y la reducción de riesgo cancerígeno en la próstata.

  Con sensatez y prudencia sobre la opinión vertida en la revista (urólogos hay para emitir científicas opiniones), me vienen también a la memoria (almacén que se amplía con el paso de los años –e incluso décadas-) los comentarios realizados por algunos sacerdotes jesuitas: a lo largo del Bachillerato en Gáldar como alumnos libres nos sometían a intensos bombardeos con los llamados “Ejercicios espirituales”… de forzado cumplimiento, claro.  

  Y como andábamos ya en edades púberes muy entradas en curiosidades sexuales, sus reiterados peregrinajes morales se dirigían a eso, precisamente, al mundo sexual... ¡pecaminoso! Pero, eso, sí, con especial hincapié en las masturbaciones, desajustes manuales que podrían llevarnos incluso a la histeria o, en el peor de los casos, al infarto. Por medio, la posibilidad de ronchas en las manos y la aparición de granos (en Gáldar, barros) por la cara. Lo cual, por otra parte, tampoco era nada anormal, muy al contrario: nos encontrábamos en pleno desarrollo de todo el organismo, incluidas las interioridades: era la revolución hormonal. Y como en casi todos era manifiesta la exteriorización física del cambio, al llegar a casa buscábamos desesperadamente alcohol para matar tal impertinente muestra de nuestra debilidad humana.

  Lo cual, claro, me lleva a replantear la misma pregunta arrastrada desde tiempos inmemoriales: si es la Naturaleza la productora y hacedora (recordemos la involuntaria polución nocturna) de las tales emulsiones, ¿por qué la enfermiza obsesión de convertirnos en los únicos delincuentes morales?

  * En La casa de mi tía por gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

NICOLÁS GUERRA AGUIAR RESEÑA