CANARIAS GAZA: Bianca, trazos de tiza sobre el agua. De la calle de Triana en Gran Canaria hasta Gaza Javier Marrero
CANARIAS GAZA:
Bianca, trazos de tiza sobre el agua. De la calle de Triana en Gran Canaria hasta Gaza
Javier Marrero
Cuando en una operación de piratería el ejército sionista abordó su pequeña embarcación, esa que apenas se sostenía sobre las olas, cargada solo de medicinas y alimentos, comprendieron que el mar podía ser tan inmenso como frágil, tan libre como testigo de la violencia. En un acto desesperado de seguridad, lanzaron sus móviles al agua. En ellos iban sus voces, sus pruebas, sus vínculos con tierra firme. Solo les quedaron los números de teléfono escritos en los brazos y en los muslos, como una última red de esperanza, los nombres de los abogados que les esperaban al otro lado.
No sirvió de nada. Sin móviles ni conexión, no eran más que cuerpos temblando entre uniformes armados. Les desnudaron, les cachearon, les redujeron a carne y miedo. Les llevaron después a unas celdas que compartían con otras, donde la oscuridad era tan espesa que parecía una marea inmóvil.
El cansancio, la ansiedad, el miedo, el desconcierto… todo se mezclaba como una tormenta interior. Apenas sabían qué hora era ni qué sentido tenía todo aquello. Les dieron papeles en hebreo, palabras que no entendían , órdenes que no comprendían. Se negaron a firmar. Entonces vino el castigo disfrazado de justicia: un “juicio” sin traducción, sin defensa, sin voz, que les condenó por “atentar contra Israel”.
Mientras les empujaban y gritaban, escuchaban las acusaciones lanzadas como piedras: “Terroristas, no tenéis en cuenta las vidas de los niños israelíes.” Y ellas, que solo llevaban medicinas y comida para las niñas y niños palestinos, tragaron el dolor y el absurdo.
En la celda, con el cuerpo encogido y los ojos abiertos en la oscuridad, el sueño les venció sin permiso. Y cuando el sueño por fin les alcanzó, los golpes en la puerta les devolvieron a la realidad: “¡Arriba! ¡Vayan al fondo! ¡Pónganse contra la pared!”
Así amanecieron, con el mar todavía en la piel y la certeza de que lo habían visto todo: la violencia, el miedo… y también la dignidad de no rendirse.
Pasaron treinta horas sin que les dieran nada de comer. En la primera comida lo único que les ofrecieron fue pan con un pimiento verde, ajado y sucio.
Luego llegaron las deportaciones, arrastrándose con la lentitud cruel de la burocracia, como si el dolor pudiera archivarse en formularios y sellos. A Bianca la enviaron a Jordania, un lugar de paso donde el tiempo se detuvo entre despedidas. Desde allí debía volar al Reino Unido, porque aunque su vida está en Gran Canaria, su pasaporte dice otra cosa.
Nada más frío que un documento decidiendo donde perteneces.
Sus compañeras salieron antes rumbo a España.
Embarcarse en esta flotilla fue, para ellas, mucho más que zarpar hacia un destino incierto: fue elegir de qué lado de la historia estar. Del lado correcto, del lado de la dignidad y de la defensa de los derechos humanos. Cada ola que enfrentaron llevó consigo la fuerza de un pueblo que resiste, y aunque el camino fue duro, regresan con el corazón más firme, más combativo, más vivo que nunca. Ya se prepara una nueva flotilla, porque la esperanza no se rinde, porque la lucha continúa… hasta que se detenga el genocidio.
Javier Marrero