La izquierda que aprendió a hablar en neoliberal y le regaló su rabia a la ultraderecha - por Alex Giménez

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La izquierda que aprendió a hablar en neoliberal y le regaló su rabia a la ultraderecha

Alex Giménez

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Hace poco tuve la oportunidad de escuchar una conversación que me dejó con mucho en qué pensar. Una mesa donde se reunieron voces de distinto calibre para hablar de algo que me lleva tiempo rondando la cabeza: qué fue el llamado ciclo progresista en América Latina, qué le hizo bien al continente, qué le hizo mal, y sobre todo, por qué hoy estamos donde estamos.

Recuerdo bien aquel momento de los años noventa cuando Fukuyama proclamaba con absoluta solemnidad que la historia había llegado a su fin. Que el capitalismo liberal era el horizonte definitivo de la humanidad. Y apenas unos años después, Hugo Chávez ganaba en Venezuela y el subcontinente empezaba a moverse. Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, Nicaragua. Parecía que América Latina le estaba respondiendo con hechos a toda esa teoría de que no había alternativa.

 

Pero aquella ola vino acompañada de su contracorriente. El golpe contra Zelaya en Honduras fue la señal de que el Imperio no iba a quedarse cruzado de brazos. A partir de ahí, los mecanismos de desestabilización —judiciales, mediáticos, económicos— fueron cosechar resultados uno a uno. Luego llegó el golpe parlamentario contra Dilma en Brasil, la derrota kirchnerista en Argentina, el golpe contra Evo en Bolivia. El ciclo se replegó, aunque no murió del todo.

Lo que me parece más honesto reconocer, y en esa conversación quedó muy claro, es que la mayoría de esos gobiernos no llegaron al poder para superar el capitalismo. Llegaron para administrarlo de forma más decente. Redistribuyeron renta, ampliaron derechos, mejoraron indicadores sociales. Pero no tocaron las bases estructurales del modelo. No pusieron en jaque la propiedad. No construyeron desde abajo. Y cuando la bonanza de las materias primas empezó a enfriarse, ya no tenían mucho más que ofrecer.

Hay algo que me resulta especialmente incómodo de aceptar, pero es necesario hacerlo: una parte importante del ascenso de la ultraderecha en América Latina no es culpa exclusiva de la ultraderecha. Es consecuencia directa de que la izquierda dejó de hacer su trabajo. Se fue institucionalizando. Perdió el contacto con la base. Se olvidó de las juntas de vecinos, de los sindicatos, de las organizaciones comunitarias. Y toda esa frustración popular, toda esa rabia acumulada, quedó suelta en el mercado político. Y la extrema derecha fue a recogerla.

Lo más doloroso de esa radiografía es que no es una tragedia abstracta. Es concreta. Mientras la izquierda aprendía a hablar en los términos del Banco Mundial, en la jerga de la gobernanza y la responsabilidad fiscal, la ultraderecha aprendía a hablar como la gente que está harta. Y ahí está el resultado.

Uno de los elementos que más me llamó la atención en ese debate tiene que ver con el lenguaje. Hay una colonización profunda del pensamiento de izquierda. Cuando adoptamos las categorías del adversario para explicar la realidad, terminamos también aceptando su jerarquía de valores. Nadie habla ya de clase trabajadora. Todos hablamos de ciudadanos, de consumidores, de personas vulnerables. Nadie habla de explotación. Hablamos de pobreza, como si elevar una línea estadística resolviera algo estructural.

El Estado no es neutral. Esto tampoco es nuevo, pero conviene repetirlo porque parece que hay que volver a explicarlo en cada generación. El lawfare que hemos visto contra líderes como Cristina Fernández de Kirchner, Daniel Jadue o Lula no es una anomalía del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado para funcionar: proteger a quienes le son útiles y perseguir a quienes lo incomodan.

Hay un ejemplo que me parece muy ilustrativo en todo este debate. El municipio de Recoleta, en Chile, fue gobernado durante años por el Partido Comunista con una propuesta diferente. No empezaron queriendo ganar el gobierno central. Empezaron construyendo desde abajo, con objetivos a diez años vista, disputando el sentido común en el territorio más cercano. Y funcionó. Del dos por ciento pasaron a controlar dos tercios del consejo municipal. Eso no es magia. Es trabajo de base sostenido en el tiempo.

El contexto global en el que todo esto ocurre tampoco puede ignorarse. Vivimos en una transición geopolítica real. El dominio unipolar occidental está en retroceso, y precisamente esa decadencia lo hace más peligroso, más agresivo. Estados Unidos ya no disimula. Lo que antes se cubría con cierta hipocresía diplomática ahora se proclama sin tapujos. Y América Latina, considerada durante siglos el patio trasero del Imperio, es el primer territorio que tiene que “limpiar” antes de volcarse contra sus rivales estratégicos en Asia.

Por eso Venezuela, Cuba y Nicaragua llevan décadas soportando una presión que ningún país europeo toleraría ni un mes. No es porque sean perfectos. Es porque son los que más consecuentemente desafían al poder imperial. Y eso tiene un precio.

¿Qué queda entonces por hacer? Me parece que hay algunas ideas que vale la pena retener. Primero, recuperar el horizonte estratégico. Una izquierda sin proyecto transformador no tiene nada que ofrecer a largo plazo. Segundo, salir del fetichismo electoral. Hay elecciones que importan tanto o más que las presidenciales y se llaman asamblea de vecinos, junta directiva de sindicato, consejo estudiantil. Tercero, volver al trabajo en la base sin vergüenza ni distancia. Cuarto, recuperar la unidad sin borrar las diferencias sino aprendiendo a gestionarlas. Y quinto, construir un internacionalismo que no sea solo retórica de congreso, sino articulación real entre pueblos que enfrentan al mismo adversario.

Lo que está pasando en Palestina no es una excepción geográfica. Es un aviso de lo que el capitalismo en su fase de descomposición está dispuesto a hacer en cualquier lugar del planeta donde alguien se levante. Normalizarlo, mirarlo como si fuera una estadística más de los noticiarios, es quizás el signo más aterrador del tiempo que nos ha tocado vivir.

El fin de la historia no llegó. Pero si la izquierda no vuelve a ser de izquierda, corre el riesgo de que otros escriban el final.

 

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ALEX GIMÉNEZ