Ucrania: La importancia del relato - por Joaquín Rábago
Ucrania: La importancia del relato
Por Joaquín Rábago
Oí el otro día decir, a propósito de la guerra de Ucrania al presentador de un programa matutino de radio, que “a veces se nos olvida quién es el agresor y quién el agredido”.
Y pensé que cómo podía olvidársenos si no leemos ni escuchamos en los medios otra cosa todos los días desde que empezó, hace ahora cuatro años, ese conflicto.
Lo que no se escucha explicar nunca, por el contrario, es el contexto o los antecedentes que explican, aunque en opinión de muchos en ningún caso justifiquen la invasión por Rusia del país vecino.
Y es que, como ocurre con el gato de Schrödinger en el famoso experimento de física cuántica, que estaba simultáneamente vivo y muerto, los países de la OTAN estamos y no estamos en guerra con Rusia.
No lo estamos en el sentido de que no hemos mandado a nuestros soldados al país agredido, pero al mismo tiempo lo estamos porque le enviamos continuamente armas con el que defenderse y aplicamos todo tipo de sanciones económicas y comerciales al agresor.
Y lo estamos también, y esto es igualmente importante, porque la inmensa mayoría de los medios tradicionales ha asumido acríticamente el relato que Bruselas y Washington hacen tanto de las causas como del desarrollo del conflicto.
Y ese relato olvida deliberadamente las promesas de no ampliación de la OTAN hechas en su día al último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, al acabar aquella primera Guerra Fría.
Como se olvidan las advertencias de diplomáticos y expertos, muchos de ellos estadounidenses, como George Kennan, famoso defensor en su día de la política de contención de la URSS o el ex embajador en Moscú y luego director de la CIA William Burns.
Esos y otros muchos politólogos aconsejaron contra la expansión de la OTAN a los países que habían sido miembros del mientras tanto disuelto Pacto de Varsovia y de modo muy especial a las ex soviéticas Ucrania y Georgia porque sería visto en Moscú como una intolerable provocación.
Pero el presidente demócrata Bill Clinton hizo caso omiso de aquellas advertencias y decidió ya en 1999 la primera ampliación de la Alianza a Polonia, Hungría y la República Checa, a la que luego seguirían otras, hasta la última, de las antes neutrales Suecia y Finlandia.
Por supuesto ya nadie habla de aquellos consejos de gente muy experimentada en geopolítica y profunda conocedora de la realidad de Rusia y quien lo hace se ve inmediatamente acusado de putinófilo o putiniano.
Ponerse en la piel del adversario, en sus necesidades de seguridad, algo en lo que ha insistido una y otra vez Rusia desde el comienzo de esta guerra, es considerado casi una traición.
Y es que la guerra de Ucrania no es la que libran solo rusos y ucranianos, junto a los mercenarios de ambos lados, en el campo de batalla, sino que es al mismo tiempo, una guerra de información.
Los medios han construido un relato en el que faltan, por ejemplo, los ocho años de sangrienta guerra civil en el Donbás rusófono entre el golpe del Euromaidán contra un presidente democráticamente elegido y la invasión rusa.
Hay que ignorar todo eso para poder presentar al presidente ruso, Vladimir Putin, como un “nuevo Hitler”, un político hambriento de poder, dispuesto no solo a reconstruir la Unión Soviética, sino a avanzar sobre Europa si no se le para en Ucrania.
Da igual que, según explican al mismo tiempo los medios, las fuerzas rusas tengan dificultades para controlar militarmente incluso la totalidad del Donbás dada la fuerte resistencia ucraniana.
Hay que mantener la ficción de que, con la ayuda militar de Occidente y gracias a las sanciones contra Rusia, podrá Ucrania vencer finalmente a un país veintiocho veces mayor en superficie, con una población que cuadruplica a la ucraniana y que es además la mayor potencia nuclear del planeta.
Da igual porque al fin y al cabo no es nuestra gente, sino sólo ucranianos y rusos, es decir eslavos, quienes mueren en esa guerra. Y que todo ello vaya a tener inevitablemente repercusiones en el estado de bienestar europeo tampoco parece importar demasiado.