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03:42h. Lunes, 16 de diciembre de 2019

Ilusiones y desencantos de dos universitarias - por Nicolás Guerra Aguiar

 
Que dos jóvenes universitarias con varios másteres en su haber –les costaron dinero, sacrificios; pero fueron ilusiones, esperanzas- sientan la impotencia en su vida profesional a pesar de sus pálpitos juveniles, impresiona, desgarra sentimientos y acelera pulsaciones contra un estado social que nosotros no hemos hecho: nos lo han impuesto sin tapujos ni subterfugios, incluso hasta legalmente, si me apuran.

Ilusiones y desencantos de dos universitarias - por Nicolás Guerra Aguiar



Que dos jóvenes universitarias con varios másteres en su haber –les costaron dinero, sacrificios; pero fueron ilusiones, esperanzas- sientan la impotencia en su vida profesional a pesar de sus pálpitos juveniles, impresiona, desgarra sentimientos y acelera pulsaciones contra un estado social que nosotros no hemos hecho: nos lo han impuesto sin tapujos ni subterfugios, incluso hasta legalmente, si me apuran.

    Ellas, mis interlocutoras en las palabras de desánimos, pesadumbres y casi frustraciones, no pueden creer que hayan estudiado tanto para esto, para lo que les espera, para lo que incluso una, Sara, ya sintió directamente en sus sensaciones pues, tras dos años y cinco meses de trabajo en una empresa nacional que vende noticias, seguía como no  asegurada, no cotizaron por ella: administrativamente es un vacío y una ausencia en las listas de Hacienda. Por eso Sara, licenciada en Periodismo, desboca su ira contenida y su desengaño: la estafaron, así, sencillamente.

    Su prima Rebeca quiso ser investigadora. Está tan definida y empapada en filología Inglesa que hasta la letra –cuando me escribe el correo- podría ser la de cualquier  joven británica en plena efervescencia por su edad. Y en eso coincide con Sara: trazos rectos, sin curvaturas, seguros y bien marcados, cual corresponde a dos mujeres quizás maduradas demasiado tempranamente a las cosas que decepcionan y desencantan. Pero ellas estudiaron bachilleres y facultades o escuelas porque son dos entre cientos de miles de jóvenes que quisieron definir sus vidas a partir de unos títulos obtenidos una vez en la Universidad los cuales, ironías, reforzaron con cursos, más cursos, más estudios después de la titulación, más exámenes, tantos, que ya perdieron el control.

    ¿Que hacía falta un máster para acompañar a la licenciatura? Pues se hace, y sus padres las apoyan económicamente porque ellas andan desvalidas en cosas de las finanzas, solo saben que han de pagar muchos miles de euros para lograr aquello que parece ser la exigencia última y definitiva. Y mientras, claro, sensaciones extrañas las llevaron a sospechar que si no estarían abusando de sus padres, a fin de cuentas ya habían cumplido con las carreras, que cinco años fuera de casa en colegios, pisos, comedores, billetes de avión y transportes varios cuestan mucho. Pero casi sin darse cuenta –o tal vez sin querer mirar a los laterales- también se les iban los años veinteañeros, aquellos de fantasías, felicidades absolutas con amigos, primeros amores que dan vida y permiten alcanzar la sublime culminación: ¡la vida es bella, ya verás! ¡La juventud es el tesoro del poeta que ellas tienen en sus manos, ritmos y afortunadas locuras juveniles!  (Cuando me daban sus palabras, pareció como si lo anterior hubiera sido algo del más allá, tan lejano en el tiempo como si ellas tuvieran cincuenta años; ambas, a poco de sus arribadas en la treintena.)

    Sara entra en la agencia que vende noticias  a la par que termina un máster. Por tanto, su contrato –habilidad legal, desajuste, desequilibrio- está vinculado a la Escuela donde lo acabó. Es, pues, becaria… pero solo a efectos externos, pues trabaja como si fuera de plantilla, contratada laboral, por ejemplo, pero sin contrato. Ha de cumplir como cualquier trabajador aunque, eso sí, no lo es legalmente. Pero cumple  cuarenta horas, hace guardias, su horario se alarga incluso hasta los fines de semana frente al ordenador, en la página web, monotonía, copias, reproducciones… La creación, la capacidad de hacer periodismo quedan para otros, los que cobran en otras secciones, quienes redactan, investigan… Hoy está en paro.

    Rebeca, la que había soñado con la investigación, llega a sentir incluso que el joven contratado -universitario o no- no puede quejarse por más que sabe de mangoneos, explotaciones. Sabe que debe aceptar las condiciones que le impongan, y ya sentimos cuáles son en esta sociedad: <<A veces tengo la idea de que nada se va a conseguir y eso, a nuestras edades, es muy duro>>. Domina en ambas la  desesperanza: <<No se va a llegar a ninguna parte. Incluso, iremos a peor>>. Y que dos jóvenes lleguen a tales conclusiones deja, casi sin notarlo al principio, un mal sabor de boca que poco a poco se convierte en hiel, amargura, aspereza, desabrimiento e impotencia porque ya uno mira la vida con muchísimo más conocimiento de ella, a fin de cuenta creímos en el cambio aquel con que nos engatusaron y domeñaron. Sí, a los veintitantos, a los treinta años de la todopoderosa juventud, decenios atrás, creímos en ingenuidades y bondades universales. Lo otro, explotaciones, esclavitudes, <<látigos duros del Capital>> que llamó don Ventura Doreste en 1947, ya eran páginas de la Historia, de aquel XX que estábamos cerrando y que clausuraba –ironías- las barbaries del XIX,  del XVIII…

    <<¿Y ahora, qué?>>, les pregunté. Ambas, otra vez, identificadas: <<Irnos. Salvo la familia, nada tenemos en esta tierra. Canarias no nos aporta nada. Inglaterra es nuestra meta>>. Y en ese instante volvieron a ser las dos jovencitas del principio. Sus caras se convirtieron en esperanzas, ilusiones, combatividad. Levantaron las miradas y recuperaron a las dos jóvenes universitarias que se habían enfrentado a muchas vicisitudes negativas, salvables por su empuje y temperamento. Pero inmediatamente bajaron a la realidad. Sara busca cualquier trabajo que le aporte dinero para marcharse. Y sonríe: <<Un compañero mío, de aquella agencia, universitario, lo consiguió en una estación: cambió el ordenador por una manguera>>.  (Aunque también le quitaron la manguera).

    No, no es justo que nuestra sociedad deje que se frustren vidas de tantos miles y miles de jóvenes,  aquellos de quienes se presumió como la generación mejor formada. Porque hasta han conseguido imponer la atonía –a veces parece indiferencia, apatía, abulia-, y se impone aquello de <<¡sálvese quien pueda!>>. Y hablamos de una sociedad, la nuestra, capaz de revolucionar pacíficamente a través de su acción y su empuje. Pero, ¿qué han hecho de nosotros? ¿Qué va a ser de la juventud? Acaso, quizás, tal vez… ha vuelto a ser estafada.


   

También en:

http://www.gomeraactualidad.com/opinion/libre-opinion/ilusiones-y-desencantos-de-dos-universitarias/20121006090542004693.html

http://www.infonortedigital.com/portada/component/content/article/17041