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07:47h. Martes, 21 de Agosto de 2018

Los terribles golpes de la vida… - por Nicolás Guerra Aguiar

 

NAZARIO DE LEÓN POEMA

FRASE AGUIAR

Los terribles golpes de la vida… - por Nicolás Guerra Aguiar *

Fue un día de este mes cuando llegó a mis manos el poema. La serena lectura, letra a letra, estrofa a estrofa, me sobrecogió: su autor y yo habíamos compartido habitación y fuentes de palabras durante tres cursos laguneros. Allí creamos imperecederas visiones. Mucho después conocí a su hijo Javier.

A fin de cuentas no era solo un texto con metáforas, símbolos, encabalgamientos y tiempos verbales hábilmente usados. Era algo más, mucho más que una composición poética: se trata del desgarramiento interior de un hombre a quien Ella le ha legado, hasta el fin de sus días, dolor atormentado. La vida deja de ser materia para convertirse en ansiadas esperanzas de renacimiento…

Había sucedido algo tempranamente experimentado: Ella, impasible y cruel, tendió su negro manto frente a ventanas azules y paredes blancas por donde empezaban a florecer las palabras sembradas entre un padre y un hijo. Al poco, toda ilusión anterior se tornó desasosiego y frustración. Por eso las voces de vida que son simiente, lluvia y florecimientos dejaron de ser para convertirse en “mástil amortajado, dolor atormentado, desaliento, agonía”, “guadaña / de metal envejecido”…  

volverás  a mi huertoPero como padre e hijo se habían identificado, quizás a Nazario le sobreviva la esperanza de Miguel Hernández tras la muerte de su amigo Ramón Sijé: “Volverás a mi huerto y a mi higuera”. Más: estoy seguro, pues el paisaje de Mala dio la vida a Javier. Ambos, por tanto, desde la propia Naturaleza seguirán plantando palabras. Palabras que son ideas, sentimientos, amores inconmensurables entre uno y otro…

mala

Esa es la vida, dicen. De ahí que cuando uno ha desandado ya muchos caminos entre existencias con pálpitos vitales, ilusiones, gozos de su propio ser y ensoñaciones de la continuidad recibe alguna vez silenciosos impactos, más terribles cuanto más injustos.

Y se vuelven revolucionariamente traumatizantes cuando sus efectos impactan sobre un hijo. Entonces el padre herido -como Nazario, mi noble amigo- poetiza voces por más que es consciente de las inmensísimas limitaciones de aquellas. Pero… ¿qué otra cosa puede hacer, estimado lector, cuando la voz del hijo deja “de sembrar / palabras sobre la hierba recién mojada por la lluvia / fina de enero”? Solo le queda, frente al galopante vibrar del corazón, extender la mano y rasgar en el natural infinito de la soledad…

Ella, la Dama de la Calavera, en su sempiterno deambular sin sentidos sentimientos forzó una vez más a la danza de la muerte -la misma que ya se escenificara desde la Edad Media- como si las distintas etapas de las edades no fueran por sí mismas actos de representación teatral, El Gran Teatro del Mundo, así llamado por Calderón de la Barca (siglo XVII).

Pero eso sí: tras la muerte de la vida real llegan la nada, el absoluto vacío y, por último, el olvido... Todo a pesar de nobles sentimientos del dramaturgo barroco para quien cada ser humano representa su papel y recibirá castigo o premio (la salvación cristiana) tras el balance final de su vida.

Se trata, como en Unamuno, de la oposición fe / razón: “Oye mi ruego Tú, Dios que no existes” (primer verso del poema “La oración del ateo”). Es decir, la necesidad de Dios (fe) frente a su negación (razón). Pero este planteamiento unamuniano arranca, acaso, del siglo XVIII, el de la Ilustración: la muerte ya no tendrá la trascendencia adjudicada por Calderón; dejará de ser portadora de premio (virtuosismo cristiano) o castigo eterno (el pecador no perdonado ni arrepentido).

oración del ateo

No, en absoluto: la muerte no es premio. Muy al contrario: más podría parecerse a un castigo aplicable a la humanidad y, por ende, a cada individuo. Por tal causa el Racionalismo dieciochesco toma conciencia –fundada sabiduría- de que la muerte es, en definitiva, el final de algo único: la vida como existencia más o menos feliz en la cual el hombre es capaz de organizarse a través del conocimiento y la razón.

Sin embargo, acaso existe la felicidad eterna para otros: a fin de cuentas nadie puede demostrar su inexistencia (ni su realidad). Incluso si así fuera, a pesar de tal irracionalidad, ¿debe ser necesariamente incompatible con la felicidad en vida? ¿Por qué vida como valle de lágrimas?  ¿Por qué la muerte tan prematura? Y sobre todo, ¿para qué en plena madurez juvenil como la de Javier?  

Nazario es poeta. Y los poetas son eternos dueños de las palabras, las poetizan: transforman los charcos en “cárceles de cristal” (Monzón); Garcilaso identifica la rosa roja con la pasión amorosa; Lorca la azulea (“la rosa azul de tu vientre”) ante la imposible maternidad; con Martí florece blanca (“para el amigo sincero”). Y Oliva, personaje de Alonso Quesada, recibe de “un matrimonio viejo” la rosa dorada (‘realización absoluta’).  

Por tal razón en el antepenúltimo verso Nazario parte de la misma raíz (am-); añade tres vocales distintas (-o-, -a-, -i-) y ubica tres palabras (amor, amante, amigo) florecidas “en las paredes blancas de la casa”, palabras plantadas entre el azul y el blanco por él y Javier y otrora “vocablos / que anidaban sobre lienzos de fuego”. Quizás el mismo fuego que en pleno dinamismo fecundó a la profundidad marina y de ella surgió la isla conejera. O, tal vez, el mismo elemento vital de la filosofía griega que con agua, aire y tierra forma parte del cuarteto para crear la realidad.

Dolor el suyo, en efecto. Y como intenso e infinito, no cabe en el verso tres: necesita el siguiente para mostrar la infinitud de su tormenta atormentada, de la tragedia ya sin alientos. Porque le falta el aire para ser; y en cuanto deja de ser, su hálito ya no es vida, impulso vital, vigor del ánimo, esfuerzo, valor... Pero, por suerte, le quedan las palabras. Y estas, en esencia, son pensamientos, sensaciones, estados de ánimo… frustraciones y desamparos.

Sí. Palabras para sentir y palpitar internas emociones. Hoy las únicas válidas para Nazario son las suyas. Las mías, amigo del siempre, solo son conjuntos hilvanados de letras…

NAZARIO DE LEÓN POEMA

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Nicolás Guerra Aguiar y acompaña a Nazario en su dolor

NICOLÁS GUERRA AGUIAR RESEÑA

 

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