CANARIAS: El país de las maravillas (rotas) (Reportaje humanista sobre la desigualdad en Canarias) - por Antonella Aliotti
Recientes de Antonella en La casa de mi tía:
CANARIAS:
El país de las maravillas (rotas)
(Reportaje humanista sobre la desigualdad en Canarias)
Antonella Aliotti
Feminista Radical Antirracista
Defensora de la Casa Común
Activista de DDHH y Sociales
Estudiando el último Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en Canarias, lo que revela no es un documento técnico: es un espejo moral. Cuando leemos las cifras, lo que vemos no son números: son vidas. Jóvenes que crecen en la fractura, en la discriminación, en la trampa de vivir en el llamado “paraíso”.
Porque desde fuera, todo parece perfecto. Los turistas dicen que esto es precioso, fantástico, luminoso. Pero si miras de cerca, si entras en los barrios del sur de Tenerife, verás otra cosa: familias viviendo en infraviviendas, en chabolas, en tiendas improvisadas, en casas abandonadas. Niños que estudian con una linterna. Madres que llegan reventadas después de doce horas limpiando habitaciones que jamás podrán pagar.
La fractura que FOESSA llama “cronificación alarmante” en el Informe elaborado por Cáritas y la Fundación FOESSA, no usa metáforas. Habla de la desigualdad y de un modelo económico que ya no integra, sino que expulsa. Según sus datos, el 29,1 % de la población canaria —más de 630.000 personas— vive en una situación de desventaja importante, y más de 300.000 se encuentran en exclusión severa.
El turismo bate récords, pero uno de cada tres jóvenes entre 19 y 29 años está en riesgo de exclusión. Canarias encabeza además los indicadores de empleo precario, con un 25 % de contratos temporales y sueldos que no garantizan salir de la pobreza. No es casualidad que FOESSA hable de un “modelo de desigualdad estructural” que afecta de forma especial a las mujeres, los jóvenes y los hogares encabezados por mujeres solas.
La vivienda, dice el informe, es “uno de los principales factores de exclusión”: los gastos excesivos de vivienda y los precios imposibles del alquiler asfixian a miles de familias. Y lo que antes era una preocupación, hoy es una emergencia.
En el sur de Tenerife —donde el turismo se vende como un sueño de lujo— hay menores que crecen en infraviviendas, casas abandonadas o contenedores adaptados, invisibles para las estadísticas. Juventud sin horizonte, con perspectiva de abandono y desesperanza.
El sistema educativo también refleja la fractura. El abandono escolar temprano en Canarias ronda el 18 %, uno de los más altos de España (media estatal: 13,9 %). Muchos adolescentes se ven obligados a trabajar pronto, o simplemente pierden la fe en que estudiar sirva para algo. “¿Para qué seguir si no hay nada?”, preguntan los educadores sociales que trabajan en zonas turísticas saturadas.
El informe FOESSA señala que la falta de oportunidades y la inestabilidad laboral rompen los proyectos vitales. El resultado no se mide solo en datos económicos, sino en salud mental. El riesgo de sufrir un trastorno o enfermedad mental en Canarias alcanza ya al 19 % de la población, el doble que antes de la pandemia. Entre la juventud, los pensamientos suicidas crecen: según el Observatorio de Salud Mental, los intentos de suicidio juvenil se han duplicado en cinco años. Los psicólogos de atención primaria alertan de un aumento sin precedentes de ansiedad, autolesiones y consumo de ansiolíticos en menores de edad.
A esto se suma la pérdida de sentido colectivo. Los jóvenes que crecen rodeados de hoteles y centros comerciales aprenden una verdad brutal: el lujo está al alcance de su vista, pero fuera de su vida. Caminan por calles llenas de lujo, de hoteles de cinco estrellas, de escaparates donde todo brilla.
Y esos niños y esas niñas —nuestros hijos e hijas— crecen en medio del país de las maravillas, sin poder tocarlo.
Ven a los hijos de los turistas con móviles de dos mil euros, ropa de marca, tiempo libre y sonrisas de otro mundo. Y ellos, que también quisieran pertenecer, sienten que no pueden.
El turismo les ha robado casi todo.
Les ha quitado a sus madres, que trabajan sin descanso para sobrevivir.
Le ha quitado la vista al mar, porque donde antes había playa ahora hay cemento.
Les ha quitado amigos, porque muchos se han marchado buscando una vida menos dura.
Y les ha robado, sobre todo, la esperanza.
Y eso genera una disforia social: un dolor profundo de clase, una rabia que se transforma en resignación
Madres solas: sostener el mundo sin red.
Entre las personas más golpeadas por esta desigualdad están las mujeres monomarentales. En Canarias, el 40 % de los hogares encabezados por una mujer sola se encuentran en exclusión severa. Son mujeres que limpian hoteles, sirven mesas o cuidan mayores por sueldos mínimos y horarios imposibles. Sostienen el mundo con las manos, sin apoyo ni descanso.
Algunas, empujadas por la precariedad, terminan en situaciones extremas. Los servicios sociales del archipiélago advierten de un aumento de la prostitución de supervivencia, especialmente entre madres jóvenes. No hablamos de trata organizada, sino de mujeres que venden su cuerpo para alimentar a sus hijos, ocultas bajo el silencio del “paraíso”. Una herida que atraviesa el feminismo y la justicia social, y que FOESSA describe como “el fracaso del sistema de protección pública”.
Lujo en todo lado, hambre en casa. Este es el turismo que ha convertido a las islas en una postal, pero también en un espejo roto. Cada récord de visitantes esconde otro récord de pobreza. Cada hotel de cinco estrellas contrasta con una familia desalojada. El modelo turístico actual no reparte riqueza: reparte agotamiento, exclusión y desarraigo.
Canarias no puede seguir siendo el país de las maravillas para unos pocos y el infierno silencioso para quienes la habitan. No hay resiliencia que lo tape. Hace falta justicia social, vivienda digna, empleo con derechos y una nueva mirada sobre el territorio. Un modelo que no convierta el mar en un muro, ni la pobreza en paisaje.
Porque los hijos que crecen en este sistema aprenden una verdad devastadora: que el paraíso no es para ellos. Y eso, simplemente, no se puede permitir.