​Capitalismo verde y zonas de sacrificio: una lectura ecofeminista de la transición baja en carbono  - por Antonella Aliotti

Capitalismo verde y zonas de sacrificio: una lectura ecofeminista de la transición baja en carbono 

Antonella Aliotti 

Feminista Radical Antirracista 

Defensora de la Casa Común 

Activista de DDHH y Sociales 

 

Una lectura ecofeminista del intercambio ecológicamente desigual en la geopolítica contemporánea

La transición hacia tecnologías bajas en carbono se ha convertido en el eje central de las políticas climáticas globales. Se presenta como inevitable, urgente y moralmente incuestionable. Sin embargo, cuando se analiza desde la economía ecológica, la justicia ambiental y el ecofeminismo, emerge una realidad menos cómoda: la transición verde actual reproduce —y en algunos casos intensifica— las lógicas históricas de extracción, desigualdad y dominación geopolítica.

No estamos ante una ruptura con el modelo fósil, sino ante su reconfiguración material. El carbono se reduce en un punto de la cadena, mientras aumentan de forma exponencial los flujos de minerales críticos. Y esos flujos no son neutrales.

Las tecnologías bajas en carbono —vehículos eléctricos, redes inteligentes, energías renovables, almacenamiento energético— requieren grandes volúmenes de minerales específicos: litio, cobalto, níquel, cobre, grafito y tierras raras, entre otros.

Estos materiales no solo son escasos desde el punto de vista geológico. Son social y ecológicamente costosos.

La minería de transición se concentra mayoritariamente en países periféricos, donde:

  • Los estándares ambientales son más laxos o fácilmente vulnerables;

  • La dependencia económica facilita la aceptación de proyectos extractivos;

  • Las comunidades locales tienen menor capacidad de resistencia institucional.

Desde una mirada ecofeminista, es clave subrayar que estos impactos no se distribuyen de forma homogénea. Las mujeres y las niñas soportan una carga desproporcionada: aumento del trabajo de cuidados en contextos de contaminación, pérdida de acceso al agua y a economías de subsistencia, mayor exposición a violencia en territorios militarizados y deterioro de la salud reproductiva y comunitaria.

La transición baja en carbono se apoya así en una economía política del sacrificio, donde determinados territorios —y cuerpos— son considerados prescindibles para sostener la sostenibilidad de otros.

La teoría del intercambio ecológicamente desigual permite comprender que el comercio internacional no intercambia equivalentes. Intercambia materia y energía por valor monetario, desplazando sistemáticamente los costes ambientales hacia la periferia.

En el contexto de los minerales críticos, este patrón se intensifica: los países mineros exportan grandes cantidades de recursos sin procesar o con bajo valor agregado y s cambio, reciben ingresos volátiles, dependencia estructural y degradación ambiental.

Los países centrales importan esos materiales para transformarlos en tecnologías de alto valor, reforzando su poder económico y tecnológico.

Este mecanismo no es accidental. Es estructural y funcional al capitalismo verde.

Desde las gafas violetas, esta lógica se asemeja profundamente a la división sexual del trabajo:

  • Los territorios extractivos funcionan como espacios de reproducción invisibilizada, donde se absorbe el daño necesario para que el centro mantenga su estabilidad.

  • La transición energética global se construye, así, sobre una transferencia neta de trabajo ecológico no remunerado, tanto humano como no humano.

La creciente centralidad de los minerales críticos ha convertido la transición baja en carbono en un asunto de seguridad nacional y rivalidad geopolítica.

Dos actores destacan de manera especial: 

  • China ocupa una posición estratégica como semiperiferia avanzada. No solo extrae, sino que domina gran parte del refinado y la manufactura de tecnologías clave. Ha aceptado elevados costes ambientales internos a cambio de capturar poder industrial y geoeconómico.

  • Estados Unidos representa un núcleo hegemónico en tensión. Dependiente de importaciones minerales, busca reconfigurar cadenas de suministro, relocalizar industrias y asegurar acceso preferente a recursos estratégicos.

La competencia entre ambos no cuestiona el modelo extractivo global.

Lo redistribuye, presionando a los países mineros para alinearse con uno u otro bloque, mediante acuerdos bilaterales asimétricos, condicionalidades financieras y nuevas formas de diplomacia de recursos.

La transición verde se convierte así en una nueva arena de disputa imperial, donde el lenguaje climático encubre intereses de poder.

Lejos de una cooperación climática global, el escenario actual se caracteriza por:

  • Fragmentación de mercados.

  • Políticas industriales verdes nacionalistas.

  • Cadenas de suministro “seguras” para unos pocos.

Este contexto no reduce el intercambio ecológicamente desigual. Lo intensifica, al acelerar la extracción y reducir los márgenes de negociación de los países periféricos.

Las comunidades mineras —y especialmente las mujeres— quedan atrapadas entre: promesas de desarrollo verde, pérdida de soberanía territorial, criminalización de la protesta, colapso de economías locales sostenibles.

El resultado es una transición que descarboniza sin descolonizar.

Desde una perspectiva ecofeminista y de economía ecológica crítica, la conclusión es clara:

  1. No existe transición ecológica justa basada en territorios de sacrificio.

  2. No existe sostenibilidad si los costes se externalizan sistemáticamente a la periferia.

  3. No existe solución climática sin reducción real del consumo material y energético en los países ricos.

La transición baja en carbono no puede limitarse a sustituir tecnologías manteniendo intactas las jerarquías globales.

Debe cuestionar quién produce, quién consume, quién decide y quién paga.

De lo contrario, la llamada transición verde será solo una nueva fase del mismo orden desigual: menos carbono para unos, más extractivismo para otros.

ANTONELLA ALIOTTI