¿Se cree todavía Occidente dueño de los mares? - por Joaquín Rábago
¿Se cree todavía Occidente dueño de los mares?
Joaquín Rábago
¿Se cree todavía Occidente dueño de los mares y que el resto del mundo tiene que pedirle permiso para comerciar con otros?
¿Cree la OTAN que puede cerrar las salidas al mar del Norte desde el mar e impedir que los barcos de la llamada “flota en la sombra” transporten su petróleo a quien quiera comprárselo?
El Gobierno de Dinamarca, fiel aliado de la OTAN, quiere arrogarse el derecho de inspeccionar los buques con distintas banderas de conveniencia de los que sospecha que se dedican al comercio de hidrocarburos rusos.
¿Qué ocurriría si una fragata de la Armada rusa que los escoltase a uno de esos cargueros decidiese impedir una inspección de ese tipo?
¿Valen unos barriles el posible estallido de una guerra con el país con el mayor arsenal nuclear del planeta, superior incluso al de EEUU?
Argumentan los aliados que se trata de barcos ya viejos que representan un peligro para el medio ambiente.
¿Por qué no dijeron nada, sino que incluso aplaudieron, cuando alguien -¿por encargo de Ucrania o de EEUU?- dinamitó los gasoductos NordStream del Báltico, por los que llegaba energía barata de Alemania y otros países?
En aquel atentado ecológico se calcula que se liberaron cerca de 500.000 toneladas de metano. Y todos se callaron. La hipocresía de Occidente no tiene parangón.
Y si hoy existe esa flota tan sospechosa para Occidente es sólo por culpa de las sanciones que EEUUU y sus aliados decidieron aplicar a Rusia en un intento, claramente frustrado, de parar la que llaman su “maquinaria de guerra”.
¿Se ha convertido ya en papel mojado la convención firmada en 1857, precisamente en Copenhague, que estableció la libre navegación comercial permanente a través de los estrechos daneses, esos que ahora se quieren cerrar al tráfico comercial de Rusia?
Y esa convención es solo uno de los varios instrumentos existentes sobre libertad de los mares: está también la Declaración de París, del año anterior, y mucho más tarde, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, de 1982, que codifica el principio de que la alta mar está abierta a todos los Estados.
¿Por qué insisten EEUU y sus aliados en la aplicación de ese principio cuando se trata, por ejemplo, del estrecho de Taiwán o del mar de la China meridional, pero no en el caso de las vías marítimas entre el Báltico y el mar del Norte?
El Báltico es un mar militarizado y cualquier intento de bloquear el paso de buques comerciales rusos en un intento de asfixiar su economía puede considerarse un “acto de guerra”, como explica, entre otros, el conocido teórico de relaciones internacionales y profesor de la Universidad de Chicago John Mearsheimer.
Para Mearsheimer, Estados Unidos y Occidente en general, desesperados por la marcha negativa para ellos de la guerra de Ucrania, en la que han puesto tanto dinero y tanto empeño, pretenden volver a la “política de las cañoneras” del siglo XIX.
“La arrogancia de Occidente al pensar que pueden cerrar el mar Báltico” para impedir la salida de buques fletados por Rusia es un “acto de simple desesperación”, que ignora que los cambios que se han producido mientras tanto en el equilibrio mundial”.
Sigue creyendo Occidente, critica Mearsheimer, que “las infraestructuras de la economía mundial” le pertenecen y que basta dar a un interruptor en Washington o Londres para asfixiar económica y financieramente a un país inmenso y pleno de recursos naturales.
Washington ha fracasado en su intento de imponer un precio tope de 60 dólares al barril de petróleo ruso porque precisamente gracias a esa que llaman “flota fantasma” Rusia ha podido seguir vendiendo a sus grandes clientes como India o China, y su petróleo incluso se revende a Europa una vez refinado allí o incluso en un país de la OTAN como Turquía.
Las sanciones impuestas a Rusia debían ser una jaula para ese país, pero se ha demostrado que es “una jaula sin barrotes” gracias a sus apoyos en el Sur Global, afirma el politólogo estadounidense. Y hay que darle la razón.