La Gran Muralla China China como muro ante la locura occidental - por Carlos X. Blanco

La Gran Muralla China

China como muro ante la locura occidental

Carlos X. Blanco

CHINA

China es una nación-civilización. Las naciones de grandes dimensiones son Imperios y estos estados imperiales son de la misma escala que una civilización. Los griegos de la época clásica formaron una civilización, y sólo en el experimento de Alejandro el Grande lo helénico pudo haber llegado a ser un Imperio. La unificación política alejandrina se hizo a costa de un mestizaje obligatorio y su disolución en Asia anticipó muchos de los males que hoy aquejan al concepto de lo “europeo”. Una unidad artificial y unilateral se pierde en la nada, da pie a la centrifugación, al helenismo “cultural”, ciertamente, pero no al Imperio civilizador.

Roma y España crearon imperios civilizadores. En absoluto quiero pintar la Historia de ellos con tonos rosáceos. Donde hay Imperio hay voluntades que se le resisten. Esto implica muerte y ruina de las culturas perdedoras. Roma hizo de Hispania un manantial de esclavos, un río de muerte y depredación. Roma hizo de los pueblos arruinados, romanos. La luz y la sombra están juntas. 

La Monarquía Hispánica arruinó civilizaciones, cierto, pero civilizaciones de caníbales y esclavistas. Y cuantos sobrevivieron y se mezclaron, se convirtieron en españoles. El paralelismo con Roma es grande. En la historia de los hombres, los grandes imperios son civilizatorios y al serlo, nunca viene descartada la fase agonística. Los aztecas no pudieron llegar a España a “civilizarnos” y, por ende, a comernos ¡menos mal! Resulta trivial decir esto, pero hay que decirlo en contra del revisionismo utópico, en contra de quienes quieren “ajustar cuentas con la historia”. Franco ganó la guerra, por eso no hay una República Española ni continuidad alguna con aquella disfuncional y en gran medida aberrante II República. No se puede cambiar la Historia, aunque se controle el BOE y se intoxique la enseñanza en las escuelas.

Fíjense en que allí donde hay imperios expansivos, ya depredadores ya “generadores” (por evocar aquí, una vez más, a Gustavo Bueno), hay también civilizaciones: todo un mundo en el sentido espiritual, toda una concepción del mundo, un sistema propio y totalizador a la hora de llevar la vida. Roma, Hispanidad, Europa, el mundo anglosajón, Rusia, el Islam, la India, China, Persia…

¿Dónde no hay civilizaciones? Allí donde la dispersión étnica y la debilidad estatal impidió una avanzada fusión de elementos similares. No hay y no hubo un Imperio de la Negritud. El “aire de familia” de las culturas africanas, a pesar de los intentos de Frobenius, no permite ni siquiera pensar en la hipótesis de una Atlántida negra, de una matriz de culturas negras desde cuyo recuerdo se pudieran reagrupar todas. Por el contrario, un Imperio religioso como lo fue el Islam pudo unir lo diferente: la similitud entre un magrebí y un paquistaní sería mínima, meramente zoológica, de no haber formado parte, ambos individuos, de una misma civilización (cultura expandida máximamente) que en tiempos medievales fue el Califato.

¿Y qué decir de China? Quizá más de cincuenta etnias la forman, siendo la Han la dominante, que es el prototipo de “chino” que por número y extensión predomina. Pero su existencia milenaria como Imperio, poliétnico como es todo imperio, es la que dota a esta nación de la entidad propia de una civilización. Caídas la romanidad, la hispanidad, el califato, tenemos hoy ante la vista una morfología existencial de civilizaciones supervivientes. Algunas están en trance de transfiguración, otras en cambio se revitalizan. China y Rusia se han reinventado a sí mismas. La “anglosajonía”, por su parte, se hace pasar por “Occidente”, y éste mismo trata de arrogarse el papel de agente globalizador. Entre tanto, Europa sigue dormida y moribunda.

MAPA DE LENGUAS DE CHINA

La globalización ha sido, hasta la fecha, sinónimo de occidentalización. Pero el proceso está tropezando con muy serios obstáculos. En tanto que Europa no se rehaga a sí misma como civilización-nación, el llamado Occidente representa en realidad la “anglosajonía”, el imperio del capitalismo neoliberal comandado por los U.S.A. 

Rusia ha renacido. Posee carencias demográficas y posee muchos elementos culturales intrínsecamente europeos. Europa pagará muy cara su rusofobia, que le impedirá revitalizarse. Rusia es, por territorio y potencial, un verdadero Imperio, una visión del mundo a la que una Europa decadente, anglosajonizada e islamizada, no puede hacer sombra. El refugio de la europeidad se hallará en el extremo oeste y en el extremo este: en las Américas, con la Hispanidad (una vertiente de raíz europea muy vieja), y en Rusia, incluida la Rusia asiática o siberiana al oriente. Cuando España, Francia, Italia, etc. sean, de aquí a treinta años vista, una prolongación del Magreb, la europeidad tendrá que sobrevivir en sus vertientes americano-hispánicas y rusas. Algo así como la supervivencia de lo griego en romanos tardíos y bizantinos, algo similar a la supervivencia de lo romano-godo en asturianos y mozárabes: entiéndase como la llama viva que resiste sin apagar en mitad de una masa de aguas aculturizadoras.

China es Imperio-nación-civilización imposible de absorber. Reúne estos tres conceptos, y ellos se refuerzan mutuamente. China estuvo de rodillas ante la “anglosajonía” hace más de un siglo, pero nunca fue conquistada. Nunca podrá ser asimilada. Es, además, civilización matriz del Japón, del Vietnam, Corea, y muchas otras naciones que, culturalmente, son hijas y modulaciones de China. Es “grande” en varios sentidos de la palabra. Es una “entidad” histórico-cultural que siempre será y que, salvando tiempos prehistóricos muy oscuros, siempre ha estado allí. 

“Siempre” ha sido, es y será. La entidad de China toma los visos de una entidad de enorme solidez y perdurabilidad. Como las cordilleras, como los océanos. Las entidades geológicas tampoco son eternas, se sujetan a procesos de generación y corrupción. Algún día nuestros océanos no existirán, o tomarán formas irreconocibles, pero cuando esto sea así, ya no estaremos nosotros para verlo y el planeta Tierra será, en muchos sentidos de la palabra, “otro” planeta. Casi lo mismo se podrá de decir existencialmente de China. Será China muy china durante mucho tiempo. No podemos decir lo mismo los españoles. Sólo habrá españoles y españolidad en las Américas dentro de medio siglo, pero el pueblo español peninsular está hoy desapareciendo, sin hijos y sustituido por otra gente. Pronto está el día en que los franceses sientan extraño un nombre como Pierre. Será mucho más normal el nombre de Mohamed…Pues lo mismo en España pasará con el nombre de Pedro.

La realidad “geológica” de China impone un reajuste a la “hybris” occidental. Nadie en su sano juicio dinamitaría cordilleras para acomodarlas a sus nimios proyectos. Los seres racionales las dejan en su sitio y, todo lo más, perforan túneles para sus vías de comunicación, o serpentean sus laderas con carreteras que conducen al otro lado. Una organización que se ha vuelto loca, la OTAN, no puede quitarse de en medio esta cordillera China, esta gran muralla hecha por los hombres fieles a su viejísima y, sorprendentemente, revitalizada civilización.

Sabihondos muy eurocentristas, como Nietzsche, hablaban de una “chinización” del viejo europeo. Ya saben ustedes: todos iguales, todos sumisos y estandarizados, todos corriendo de aquí para allá, con pasitos cortos y rostro sonriente, exhibiendo una delicada cortesía que nunca va a saber apreciar el semicivilizado “hombre blanco”. El filósofo cayendo en los tópicos como los que acabo de soltar. Esta chinofobia de Nietzsche, como la de muchos intelectuales hinchados como pavos por una hybris injustificada, es grave: es la que impide ver lo pujante de este estado-nación-imperio-civilización. Llevan muchos más años de desarrollo intelectual, su civilización es extremadamente sólida y dotada de virtud regenerativa. Los más diversos bárbaros se estrellaron ante sus muros, y, los que entraron, se anegaron, se perdieron en el mar étnico de los Han y en los moldes de gran factura de una civilización más vieja que la Historia.

Otro eurocéntrico de tomo y lomo, Ortega y Gasset, veía el “peligro amarillo” asomarse tras los Urales, presto a recorrer llanuras de Siberia y Centroeuropa e imponérsenos. Re-fritura intelectual la de Ortega, propia de aquellos tiempos en que una Hispanidad podrida a ojos orteguianos debía mirar con arrobo y ansia de emulación a la Prusia filosófica, a la Francia republicana o a la Inglaterra liberal, pirática y transoceánica. Pero estos ingleses, franceses y alemanes de hace 120 años son hoy muñecos del monstruo artificial estadounidense. Ya no representan una civilización reconocible. Son soldados y empleados de la “globalización”. Aquella intelectualidad de los tiempos del Káiser y de la Reina Victoria, con toda su chinofobia y su chovinismo, consiguió, en el fondo, precipitarnos a todos los europeos en el caos y en el pantano de la miseria moral.

Pasaron las décadas, y pasaron las guerras (bombardeo de Belgrado, incluido), y llegaron los apósteles del “choque de las civilizaciones” (¿es una teoría o es un deseo, ese de que las civilizaciones choquen?) de Huntington y los Bush, y con ellos nuevamente se erró: neciamente el mismo tic chinofóbico siguió repitiéndose. Los estados de “nuestro entorno”, vale decir, los protectorados que los USA mantienen en Europa occidental, invierten miles de millones en subvencionar ONGs, políticas de género, subvención a la invasión extraeuropea, etc., pero flojean en inversión en ciencia básica, I+D, educación, etc. De esa guisa, pierden la carrera espacial, abandonan el liderazgo en el conocimiento, se enroscan en una espiral de adoctrinamiento, búsqueda artificiosa de consensos, promoción del multiculturalismo. Persiguiendo una utopía falsa, de tipo mundialista, los estados europeos y los que poseen una matriz europea en América y otros continentes, remueven sus raíces y cortan las posibilidades de que sus pueblos puedan ponerse en el nivel educativo, científico, tecnológico, económico y militar que les correspondería dada su tradición y dada su responsabilidad ante el resto del mundo. 

China ya no va limitarse a su antigua condición de Imperio cerrado sobre sí mismo, a la de masa humana y continental impenetrable. Que ellos salgan de casa va a molestar al unipolarismo. El océano Pacífico volverá a ser escenario de múltiples conflictos, y el perfil pacífico-asiático de los USA no hará sino acentuarse. Como hemos dicho antes, desde 1898 la presencia yanqui mostró su agresividad bestial, con genocidios incluidos. Los crímenes yanquis contra la Humanidad más horribles, como fue la agresión nuclear estadounidense contra el Japón, muestran claramente la faz del “occidentalismo”. La nación china nunca va a perder de vista la amenaza que se cierne frente a ella si en los mares asiáticos proliferan flotas y bases americanas. La cuestión de la Isla de Formosa (actual Taiwan) puede ir agriándose y convertirse en un conflicto de alta peligrosidad para la zona y para la paz del mundo. La capacidad militar y el grado de cohesión del pueblo chino en torno a sus líderes y en torno al Partido Comunista -que selecciona y forma a dichos líderes- parecen muy grandes. La solidez del sistema, guste o no a los occidentales (y es mayoritaria la opinión de desagrado) es formidable, quizá muy superior a la rusa y nada que ver con la del mundo otanista. 

El verdadero conflicto mundial sería entre Occidente, esto es, la supuesta OTAN del Pacífico que está montando Biden, y el Imperio-nación-civilización de China. Va por descontado que en China sí hay un sentimiento nacional, un sentir del pueblo que se considera -de manera milenaria- el “centro” de la Humanidad y de la Tierra, y que ve las injerencias de Occidente como meros rasguños (hasta ahora) ocasionados por bárbaros de la periferia. La nueva “ruta de la seda” que el gobierno chino está forjando hacia Occidente, hasta el mismo mar Mediterráneo, con una muy posible y complementaria “ruta boreal”, conjugada con Rusia (puesto que los mares polares septentrionales ya son navegables), hará que Europa y Oriente se integren, y que el proceso sea imparable. En lugar de apostar por el belicismo y la obstaculización, los países europeos mejor harían renovando sus estructuras educativas y científico-tecnológicas. Su altanería chinofóbica no se corresponde, tiempo ha, con una superioridad de ningún tipo. Los chinos, al igual que islámicos, rusos, etc. ven que “Occidente” se queda atrás, que es un lupanar, un gran prostíbulo donde todo se compra y se vende, una tierra que premia al parásito y en donde la relajación moral está llegando a extremos bestiales. Por el contrario, una nación de muchos cientos de millones de personas que aún sostiene los valores de la familia, la disciplina, la jerarquía, el esfuerzo personal y cooperativo, la lealtad a las autoridades y la lealtad al Estado, es una nación muy difícil de domeñar o modificar. 

China cuenta, además, con enormes ramificaciones comerciales en la América Hispánica y África. No sólo no puede ser “envuelta”, sino que ella es la que va a abarcar el mundo. Sus injerencias, de ser tales, son económicas, no ideológicas, y se mantienen en la más estricta actitud de respeto hacia los valores culturales de cada pueblo. La misma ejemplaridad que sus emigrantes, repartidos por todo el orbe, mantienen hacia sus países de acogida, adaptándose a ellos sin renunciar a su identidad china de origen incluso a lo largo de muchas generaciones, es la ejemplaridad que observamos en la estrategia de los dirigentes a propósito de las relaciones internacionales.

Occidente exhibe una conducta excesivamente ideologizada, y esto es así desde 1789. Su incorregible etnocentrismo le lleva pensar que las otras civilizaciones o polos de poder actúan también de acuerdo con prioridades y justificaciones ideológicas también. Me parece que la manera en que se entiende la propaganda es distinta en la órbita otanista y en la órbita china o en la rusa. Aquí, hemos sobredimensionado el papel de los epítetos, de las clasificaciones ideológicas, de ponerle etiquetas a los poderes efectivos y las posiciones geopolíticas. Los tertulianos de occidente hablan del “peligro comunista” (un peligro rojo que también llaman amarillo), yuxtaponiendo el hecho brutal de que la nación China, la China comunista, ha entrado en el capitalismo y se sirve del capitalismo. Un capitalismo donde el Estado no desaparece en su labor rectora, y no abdica en cuanto a la necesaria labor de creación de líderes, favorecimiento de la iniciativa local, promoción de la competitividad y de la meritocracia pero todo bajo principios axiológicos socialistas. Es un capitalismo de Estado y desde el Estado, que acierta a la hora de mantener a raya el poder global de las multinacionales, propias y extranjeras. Ellas pueden explotar y participar de los beneficios, pero hay otra instancia, netamente política, que las mantiene refrenadas. 

El occidente, el otanismo, deberían pensar en términos realistas. El realismo como filosofía y como actitud geoestratégica puede salvar muchas vidas y prevenir cursos de acontecimientos altamente peligrosos. No me parece que prevalezca el realismo en la parte del mundo liderada por el Pentágono y las cloacas profundas que se agitan en los USA. La maquinaria propagandística occidental es muy eficaz en sus propias colonias y protectorados, pero más de la mitad del mundo es inmune a sus efectos, sigue fiel a sus propias tradiciones etnoculturales y religiosas, y no ha mutilado el instinto de supervivencia. Occidente sí ha llevado a término, en efecto, estas mutilaciones y confía sus éxitos a una maquinaria militar que se va haciendo obsoleta, y a una maquinaria ideológica pensada exclusivamente para el mundo ideologizado posterior a 1789, y más aún, posterior a 1945. No tengo palabras para describir qué significa “comunista” en un ciudadano chino, líder empresarial o funcionario de partido, y qué significa “izquierda” (ya que no “comunista”) para un francés, inglés o español armado con la bandera arcoíris, con la memoria histórica o el animalismo. Ponerlos juntos en una misma foto es como poner al lado a una persona equilibrada (llena de sentido común) y un loco alucinado. Occidente va camino de la alucinación colectiva.

CARLOS X BLANCO