La ignorancia de la historia genera monstruos - por Joaquín Rábago
La ignorancia de la historia genera monstruos
Por Joaquín Rábago
Cuando la ignorancia de la historia, incluso la más reciente, se suma al total desprecio del derecho internacional, el cóctel puede ser explosivo.
Me refiero, como habrá adivinado rápidamente el lector, al actual presidente de la Casa Blanca, Donald Trump, y su escudero, el jefe del Pentágono, Peter Hegseth.
Este último personaje, que tiene una cruz de Jerusalén tatuada en el pecho, se permite, en su chulería de matón de patio de colegio, decir cosas como éstas de los iraníes: “Los estamos golpeando en el suelo, como tiene que ser” O “están acabados y lo saben”.
El presidente republicano y los halcones que le jalean, han mostrado un desconocimiento absoluto del régimen iraní y de la religión que lo sustenta.
El chiísmo, segunda rama más grande del islam, que profesan entre doscientos y trescientos millones de personas, venera el concepto del sacrificio.
Y al asesinar en un brutal bombardeo al líder de esa corriente religiosa, el equivalente al Papa para el catolicismo, además de líder supremo de Irán, el binomio agresor, EEUU e Israel, lo convirtió automáticamente en mártir.
No supo valorar Washington la diferencia entre el liderazgo colectivo iraní y regímenes dictatoriales unipersonales como los anteriormente derribados de Irak y Libia.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que fue quien arrastró a Trump a tan criminal como insensata aventura lo sabía perfectamente, pero su interés no es otro que provocar el caos en la región.
En la larga guerra con el Irak de Sadam Husein, a quien apoyaba en aquel momento Estados Unidos, Irán supo desarrollar estructuras de mando descentralizadas. Además ha tenido mientras tanto cuidado en distribuir su armamento por todo el territorio en previsión de una guerra prolongada con un adversario militarmente superior como es actualmente el caso.
Su estrategia parece ser la de elevar el coste de la guerra para los dos agresores, atacando no sólo directamente a Israel sino también las bases, infraestructuras militares y otros activos de EEUU en la región y, de rebote, para el resto del mundo, tan dependiente del petróleo y el gas de Oriente Medio.
Pese a las experiencias de Vietnam, Afganistán y más recientemente el Yemen, Estados Unidos parece no haber comprendido todavía que no basta un bombardeo desde el aire para provocar un cambio de régimen como el buscado por Washington y Tel Aviv en Irán.
Hace falta lo que los estadounidenses llaman “poner botas en el terreno”, es decir llevar a cabo una invasión terrestre, algo siempre impopular, pues no se sabe cuántos cadáveres de caídos habrá luego que repatriar.
El Gobierno de Donald Trump ha tanteado por ello a los kurdos, una de las muchas minorías del mosaico étnico que es Irán y que han ayudado a Washington en otras ocasiones, por ejemplo, en Siria.
Pero precisamente la experiencia siria les ha hecho desconfiar de su aliado norteamericano, que los dejó en la estacada cuando se hizo allí con el poder el ex líder de Al Qaeda Ahmed al-Charaa tras la huida del presidente Bashar al-Ásad.
La comunidad kurda, siempre en busca de un Estado propio y con una población que se calcula en entre 30 y 45 millones, repartida entre Turquía, Siria, Irak e Irán, está además profundamente dividida por factores ideológicos y políticos. ¿Lograrán EEUU e Israel provocar con su ayuda una guerra civil en Irán?