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jueves, 04 de junio de 2026 09:23h.

La Pax americana - ESPACIO INDEPENDIENTE

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La Pax americana

ESPACIO INDEPENDIENTE

 

En los principales conflictos de guerra la diplomacia norteamericana se constituye en uno de los factores clave de quienes impiden el “alto el fuego”, tratando de mantener en todas partes la conocida Pax americana. Hamás se ha retirado de las actuales negociaciones de paz sobre Palestina, calificando la propuesta de EEUU, aceptada por Israel, de “golpe de Estado” contra los acuerdos que se habían establecido previamente, de los que ahora se omite dos exigencias fundamentales: “el cese de fuego integral y la retirada completa de las fuerzas israelíes del enclave de Gaza”. El máximo responsable de la diplomacia de EE UU ha expresado, ante la campaña de las presidenciales, el deseo de su Gobierno de llegar a un pacto cuanto antes. Ante las amenazas de Irán e Hyzbolá, y de otros actores en la zona, no han dudado en enviar fuerzas navales, seguidas de barcos españoles, mientras que el genocidio palestino continua en los campamentos de refugiados, en las escuelas y hospitales, que aún quedan en pie, sin agua ni electricidad; y bajo la amenaza de constantes bombardeos.  

 En el caso de la guerra de Ucrania, los EE UU rechazan un acuerdo de alto el fuego basado en la renuncia de Ucrania a ingresar en la OTAN, y en la retirada de las tropas de los territorios del este. El asunto de la Pax americana recorre también las principales diferencias de la campaña de las elecciones presidenciales norteamericanas. Para el aún presidente Biden, la política exterior norteamericana pasa por un momento excepcional: “La libertad y la democracia están bajo asedio tanto en nuestro país como en el extranjero a la vez”. Es evidente que lo que está en cuestión es el papel de los EEUU como gendarme imperialista mundial: la Pax americana. 

Como señaló el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres: “estamos ante la Gran Fractura”. La crisis económica y monetaria, y los conflictos en Palestina y Ucrania, el papel de China como nueva potencia, vienen a cuestionar el papel hegemónico que los EE UU han ejercido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como principal poder económico y militar. La Convención Nacional del partido demócrata no puede evitar ser también reflejo de esta situación de crisis. La renuncia de Biden y la promoción de los candidatos Kamala Harris y Tim Walz, debe ser entendida: la Convención evita asumir responsabilidad alguna en las políticas de guerra y austeridad. Intervenciones, como la del senador socialista independiente, Berni Sanders, denunciaron la crisis social que se esconde, cuando se han creado 818.000 empleos menos de los esperados; subrayando que “muchos ciudadanos están luchando por sobrevivir, enfrentando dificultades para poner comida en la mesa, pagar el alquiler y acceder a la atención médica necesaria; cuando el 60% de nuestra gente vive de cheque en cheque, el 1% más rico nunca estuvo mejor”. 

Tampoco ha podido la Convención aislarse de las manifestaciones propalestinas junto al Consulado de Israel en Chicago, demandando el fin del envío de armas y la necesidad de una tregua inmediata. La policía intervino contra los manifestantes haciendo un centenar de detenidos, entre ellos varios periodistas acreditados. Mientras tanto, Trump aprovecha los planes militaristas del gobierno demócrata para prometer que “devolveremos la paz al mundo”. La Pax americana ya se   quiso reordenar tras la desintegración de la Unión Soviética, cuando desde el PCUS se culminó un proceso de vuelta definitiva al capitalismo, de “apertura política” y “reestructuración económica” (“perestroika”), en el que la burocracia del aparato de Estado privatizó en su exclusivo beneficio los principales medios de producción y cambio, con el Tratado de Belavezha de diciembre de 1991.

El imperialismo norteamericano, que tanto había presionado e intervenido en apoyo del sector más restauracionista del capitalismo para eliminar la propiedad social en la URSS, asumió la responsabilidad de gran potencia mundial en solitario. Intentó establecer un orden basado en la intervención en asuntos internos de otros países, en el sabotaje y la guerra, que ya trató de implementarse desde el mismo Plan Marshall, tras la Segunda Guerra Mundial. La década del dos mil enfrenta la propaganda imperialista a la realidad de las crisis sistémicas, brotes de depresión de la economía mundial, como se expresaron en la crisis financiera de 2008-2009, cuestionando el sistema capitalista y la superestructura ideológica y militar de dominación. La crisis de la deuda imperialista y las guerras, las crisis energéticas y medioambientales, reproducen el fondo y la forma del caos social, donde el dominio unilateral de los EEUU aparece quebrado y emergen nuevas potencias económicas y militares competidoras en el mercado mundial, que cuestionan la Pax americana.    

El fenómeno de la extrema derecha se corresponde con esta nueva fase de crisis del unilateralismo norteamericano, de guerra y recesión, que se ha convertido en un problema para los derechos democráticos y sociales de la mayoría. Fenómeno inseparable de la crisis global de la izquierda en general, que ha roto sus compromisos políticos con los sectores sociales que dice defender, para comportarse como una fuerza más del sistema. La realidad de la pérdida de derechos sociales, del retroceso en la capacidad de compra de salarios y pensiones, actúa como marea de fondo que, de una parte, provoca desmoralización y desafección política. Y de otra, facilita el aprovechamiento de este cultivo por nuevas o viejas formaciones profascistas, con un enfoque autoritario y racista, adaptado a las formas de dominación capitalista y a las instituciones que lo representan.

La crisis de 2008, y los acontecimientos de Grecia contra la austeridad impuesta por la Troika, fueron una ocasión desaprovechada para el reagrupamiento político independiente, por la independencia política y sindical de las organizaciones de los trabajadores, que se constituye en nuestros días en la clave de los nuevos procesos. A la “crisis de dirección” del movimiento obrero, puesta ya de manifiesto en los años 30, se suma la fragmentación de la clase trabajadora provocada por los planes de destrucción económica y, en muchos casos, la ruptura entre generaciones que dificulta el paso del testigo de la lucha social. La deslocalización de la producción, la nueva recolonización…, son factores a tener en cuenta a la hora de la lucha por la reconstrucción independiente de partidos y sindicatos obreros. 

El factor decisivo es sin duda el de las condiciones de crisis del capitalismo. El populismo ha gozado, en medio de esta situación de crisis, de importantes posibilidades, pero en general las ha reducido a políticas de colaboración electoral, separando de forma permanente las cuestiones sociales de las políticas. La cuestión de cuestiones de la reconstrucción del movimiento de los trabajadores sobre bases independientes para el cambio social y político es la de trabajar por la construcción de una nueva organización política contra la guerra y la austeridad, por la paz y la soberanía de los pueblos. 

Los recientes acontecimientos en Reino Unido han venido a ratificar que sólo la movilización política, amplia y decidida de los trabajadores y sectores populares, puede acabar con la amenaza fascista en todas sus formas. La ofensiva contra los inmigrantes se ha convertido en toda Europa en motivo para la provocación de agresiones racistas, creando un caldo de cultivo de aislamiento social   de los sectores más explotados y oprimidos de la sociedad. No es el Estado burgués en sus diferentes formas quien se opone al fascismo, es el movimiento obrero y sindical quien puede y debe hacerlo, como ha sucedido en el Reino Unido. 

La lucha contra el imperialismo y la guerra no puede olvidar que el enemigo principal está en nuestro propio país. 

Espacioindependiente nº 614, jueves 22 de agosto, 2024

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