Revisionismo histórico para justificar el nuevo fascismo - por Joaquín Rábago

Otros de Joaquin en La casa de mi tía

 

Revisionismo histórico para justificar el nuevo fascismo

Joaquín Rábago

Con la disolución de la URSS, cada una de las naciones que habían integrado esa unión de repúblicas,  con la notable excepción de Rusia y Bielorrusia, pasó a considerarse sólo víctima del régimen comunista.

Comenzó a dominar entonces una concepción nacionalista de la historia que no quiso ver que el tan  detestado régimen anterior había contribuido también al desarrollo político, económico e industrial de muchas de aquellas repúblicas.

Esa revisión de la historia afecta también a la nueva interpretación del papel que corresponde a la URSS en la victoria de los aliados sobre el Tercer Reich.

El período que va desde el ataque de la Alemania hitleriana a la Unión Soviética hasta la capitulación de Berlín se conoce todavía en Rusia y Bielorrusia como la Gran Guerra Patriótica.

Esa denominación desapareció, sin embargo, rápidamente de los manuales de historia utilizados en las escuelas y universidades de los países calificados de “satélites”.

La denominación de Gran Guerra Patriótica presuponía la idea de una patria común, la lucha de todos los pueblos de la antigua URSS, algo que se había vuelto inaceptable para los países que habían decidido romper definitivamente sus lazos con Moscú.

La invasión rusa de Ucrania, en respuesta al golpe pro occidental contra el presidente Viktor Yanukóvich y la llegada,  tras nuevas elecciones,  de un nuevo gobierno pro OTAN,  propició en todo Occidente una batalla ideológica contra Moscú.

El propio presidente ruso, Vladimir Putin, había aspirado  incluso en un primer momento de euforia incluso al ingreso de su país en  la Alianza Atlántica aunque en condiciones de igualdad, algo que Washington no aceptó. 

Mientras tanto, encerrada cada vez más Rusia en sí misma por el claro rechazo de Occidente, comenzó en el país un proceso gradual  de rehabilitación del dictador soviético Iósif Stalin.

Muchos rusos volvieron a ver en el georgiano sobre todo el político que, aunque con mano de hierro,  había industrializado y modernizado a su inmenso país y contribuido poderosamente a la victoria aliada sobre nacionalsocialistas y fascistas europeos.

Con motivo del 80 aniversario de esa victoria, y como una señal más de esa rehabilitación, se bautizó con el nombre de Stalin el aeropuerto de Volgogrado, y no se descarta que la ciudad recupere su antiguo nombre de Stalingrado.

Mientras tanto en otros países que formaron parte de la URSS como Georgia, la palabra Gran Guerra Patriótica es tabú en las escuelas.

Y, como critica el georgiano Gulbaat Rzchiladse, ex asesor de política internacional en la presidencia del país, en los centros de enseñanza se destaca hoy el papel en la victoria sobre Hitler de los aliados anglosajones mientras se infravalora el del Ejército Rojo, que fue más determinante.

Y se acusa hoy  a los soldados soviéticos de haberse comportado en su día como los nazis, matando, torturando y robando a los georgianos.

Se ha presentado incluso una iniciativa, apoyada por las numerosísimas oenegés occidentales activas en Georgia, para rebautizar el monumento dedicado a la Gran Guerra Patriótica como monumento de “las guerras históricas de Georgia”.

De ese modo se trata de hacer olvidar la importancia que tuvo aquella guerra contra la Alemania nazi para el futuro de Georgia y de  desvincular a este país definitivamente de la órbita de la  Rusia de Putin.

Todo ello en consonancia con la propia revisión de la historia del siglo XX que llevan a cabo de un tiempo a esta parte  conocidos historiadores como los estadounidenses Timothy Snyder y Anne Applebaum o el alemán Ernst Nolde.

Applebaum interpretó interesadamente en uno de sus libros titulado “Hambruna roja”, aquella gran hambruna de la que fueron también víctimas otras regiones de la URSS, como “la guerra de Stalin contra Ucrania”.

Y logró así que parlamentos de Occidente equiparan la  hambruna, conocida en ucraniano como el Holodomor y que fue consecuencia de la colectivización forzada de la tierra por Stalin , al Holocausto del pueblo judío.

Applebaum, esposa del actual ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, elogió, por su parte,  el libro “Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin” de su compatriota Snyder por el paralelismo que traza entre los  dos dictadores.

De igual modo, el Parlamento Europeo llegó en 2019 a la conclusión de que con el Pacto de No Agresión germano-soviético de 1939, esos dos países habían sentado las bases para la Segunda Guerra Mundial. 

Y ello, pasando por alto el hecho de que la Polonia del mariscal Józef Pilsudski había firmado ya antes, en enero de 1934,  un pacto de no agresión con la Alemania de Hitler .

La cuestión era sólo corresponsabilizar a la Unión Soviética del estallido de aquella guerra devastadora que, sin embargo,  estaba dirigida en primer lugar contra la propia Rusia.

Una muestra,  entre muchas,  de la rusofobia  imperante a ambos lados del Atlántico y que no se debe sólo a la  invasión rusa de Ucrania,  es la instrucción secreta que dio  la anterior ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, a loss “laender” y los muncipios del país para que no invitasen a ningún representante ruso a las conmemoraciones del final de la SGM.

El director del campo de concentración nazi de Sachsenhausen decidió por ello no invitar este año-l embajador ruso a las celebraciones por su liberación por las tropas soviéticas en abril de 1945. Y cuando el ofendido diplomático le dijo que no necesitaba invitación para rendir homenaje en un lugar público a los liberadores, el alemán le amenazó con mandarle detener  

Por su parte, el nuevo secretario de Estado para la cultura y medios de comunicación, el publicista cristianodemócrata Wolfram Weimer, ha escrito un manifiesto en el que echa de menos el poder colonial y su gran contribución civilizatoria.   Así están las cosas en el  país central de Europa.

 

JOAQUÍN RÁBAGO