Para explicar el conflicto ucraniano. O con Rusia o con nosotros: disyuntiva trágica para Ucrania - por Joaquín Rábago
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Para explicar el conflicto ucraniano. O con Rusia o con nosotros: disyuntiva trágica para Ucrania
Joaquín Rábago
La tragedia ucraniana, pues no puede calificarse sino así lo que sucede en ese país de frontera, habría podido evitarse si Bruselas no hubiese colocado a Kiev ante la disyuntiva de “o con Rusia o con nosotros”.
Siguiendo en ello ciegamente a Washington, que tenía un interés estratégico en separar a Europa del resto del continente euroasiático, importante fuente de energía y de materias primas, la Unión Europea colocó a Kiev ante un ultimátum que iba a representar su ruina.
Los lazos comerciales con Rusia eran vitales para Ucrania pues prácticamente dos tercios de sus exportaciones se dirigían al país vecino antes del golpe contra el Gobierno democráticamente elegido, conviene no olvidarlo, del presidente Víktor Yanukóvich en 2014.
Con la promesa de mayor prosperidad para Ucrania con su ingreso tanto en la Unión Europea como en la OTAN, Occidente quiso separar a Ucrania de Rusia y al precio que fuera.
No se debería olvidar tampoco que no había en un principio una mayoría en Ucrania a favor del ingreso en la alianza militar de Occidente y que la neutralidad estaba además anclada en su Constitución.
El interés norteamericano de aislar a Rusia del resto de Europa está ampliamente documentado: sus políticos ni siquiera se molestaron en ocultarlo.
Se trataba para EEUU de un interés estratégico además de económico: con esa separación se privaba a la Europa central y sobre todo a Alemania, motor económico del continente, de la energía barata rusa, una de las claves de su competitividad.
No es por otro lado cierto, como afirman algunos, que fuera Rusia la que decidió suspender el suministro de gas a Europa, que se había vuelto vulnerable por culpa de esa dependencia.
La voladura de los gasoductos germanorrusos del Báltico, uno de ellos a punto de terminarse, por los que llegaba ese gas a Europa fue una operación llevada a cabo bien directamente por Estados Unidos, como afirma el periodista Seymour Hersh, bien con su complicidad.
El resultado es que Europa se ve obligada ahora a comprar a EEUU su gas licuado procedente del “fracking”, que es mucho más caro y contaminante, aunque al mismo tiempo no haya dejado de comprar gas ruso a través de terceros países y consecuentemente a un precio más elevado. Como se ve, un pésimo negocio.
¿No es ya hora de que nuestros gobernantes defiendan los intereses europeos y no en cambio los de EEUU? Porque, aunque se disfrace siempre de moral, en el fondo de se trata siempre de intereses.
Lo dijo abiertamente en la última conferencia de seguridad de Múnich la ex vicepresidenta de EEUU Kamala Harris al hablar del compromiso de su país con Europa: no es por simple altruismo, explicó la política demócrata, sino de “nuestros intereses estratégicos”.
Pero no es interés de Europa mantener eternamente aislada a Rusia, país que será siempre nuestro vecino, como quieren los halcones a ambos lados del Atlántico, prolongando indefinidamente la guerra de Ucrania, una guerra en que nosotros ponemos las armas, pero sólo mueren otros.
El presidente de EEUU, Donald Trump, pareció haberlo entendido en un principio, pero rodeado como está de fanáticos rusófobos, según quien le sople al oído, un día dice una cosa y al día siguiente, la contraria. Y así estamos.