Un sistema que atrae a los ambiciosos y faltos de escrúpulos - por Joaquín Rábago

Recientes de Joaquín en La casa de mi tía:

Sólo se habla de armas - por Joaquín Rábago

Apartheid judicial o la continuación del genocidio por otros medios - por Joaquín Rábago

A Dios rezando y millones embolsando - por Joaquín Rábago

Grossi no se moja - por Joaquín Rábago

¿Estamos ante el final de la OTAN tal y como la conocemos? - por Joaquín Rábago

Delenda est Carthago - por Joaquín Rábago

Ucrania, peligroso factor de desunión - por Joaquín Rábago

 

Un sistema que atrae a los ambiciosos y faltos de escrúpulos

Joaquín Rábago

El sistema político dominante en el mundo actual es uno que atrae sobre todo a los individuos narcisistas más ambiciosos, los más sedientos de poder y faltos de escrúpulos.

Tal es la visión pesimista del psiquiatra australiano Niall McLaren (1), según el cual cuantos menos escrúpulos tienen los individuos, más lejos y más rápido llegan.

NIAL MCLAREN

El ejemplo que salta inmediatamente a la vista es el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien no se para ante nada para conseguir lo que quiere: ya sea el petróleo de Venezuela o Irán o, como él mismo ha dicho vulgarmente , “un coño” de mujer.

Trump piensa que puede hacer siempre lo que le dé la gana, en cualquier lugar y momento y por el motivo que sea,  sin exponerse por ninguno de sus actos a recriminaciones.

A ese psicópata narcisista se le ocurre un día que quiere Groenlandia aunque EEUU no lo necesite desde el punto de vista estratégico porque tiene ya allí bases militares, pero da lo mismo. Al día siguiente le apetece el canal de Panamá o la isla de Cuba.

McLaren utiliza el término de “caquistocracia” – el gobierno de los peores y faltos de escrúpulos- para referirse a buena parte de la clase política actual.

CAQUISTÓCRATAS

 

Se trata de un término que parece haber pronunciado por primera vez en un sermón en una iglesia de Oxford un tal Pablo Goswold, quien denunció en él a “los devotos incendiarios que han buscado fuego en el cielo para incendiar su país”.

 Según McLaren, los humanos, y muy especialmente los machos, tratan siempre de dominar, y ese impulso parece disparar en ellos los niveles de testosterona, lo que no tiene necesariamente que ver con el instinto sexual.

Lo vemos en el deporte de masas por excelencia que es el fútbol: la gente va al estadio a ver triunfar a su equipo y,  en caso de victoria, se comporta como si ella misma fuera quien ganó el partido.

La competitividad, la lucha por ser el número uno se da en todas las esferas de la vida desde la escuela elemental, lo mismo en los deportes que en la política, la ciencia, las artes o el mundo académico.

Un caso extremo del instinto de dominación es, según McLaren, el de Estados Unidos, a cuyos ciudadanos la continua propaganda los ha convencido de que viven en el país más perfecto, en la mejor democracia del mundo, que su país es el mayor regalo que ha hecho Dios a la humanidad.

Y eso les da derecho a imponer a los demás, si es necesario por la fuerza, su estilo de vida, su modelo de sociedad: es una mentalidad típicamente colonialista que aquel pueblo ha heredado, sin embargo, de los europeos.

La mayoría de éstos, y de modo especial los británicos, señala el psiquiatra canadiense, ignoran la historia de sus propios países y no saben lo horrible que es, los sufrimientos que han infligido a otros pueblos, que hoy, para escándalo de los bienpensantes, se atreven a decir “no”.

Porque a ese instinto de dominación se opone otro igualmente poderoso y  que es su contrario, la resistencia a ser dominado, lo cual  genera  situaciones de fuerte tensión, incluso de caos, explica el psiquiatra en alusión a los conflictos que estallan continuamente en distintas partes del mundo.

McLaren considera, sin embargo, que en el caso de Estados Unidos hubo al menos un breve período, unos años – los cincuenta y sesenta del siglo pasado- que pudieron ser más o menos felices para el grueso de la clase trabajadora. Al menos de la blanca,  pues no opinará del mismo modo la gente “de color” de ese país.

Pero luego quienes lograron situarse en lo más alto de la escalera se volvieron codiciosos y acumularon cada vez más dinero y poder, lo que les daba pleno derecho a gozar de cada vez más privilegios, que, sin embargo, veían como algo perfectamente natural, algo que gracias a su ambición y a su industria sin duda merecían.

El capitalismo liberal, que caracteriza a nuestras sociedades occidentales, ha generado cada vez mayores desigualdades, y hoy los más ricos ya no comparan sus extravagantes ingresos con los que perciben sus empleados, sino con los de otros todavía más ricos aún que ellos,  a los que tratan en todo momento de emular.

Ése es el mundo de los Jeff Bezos (Amazon), los Elon Musk (Tesla, Space X), los  Mark Zuckerberg (Meta), los Bill Gates (Microsoft), números uno todos ellos, que se creen por tanto con pleno derecho a los privilegios más desorbitados. Ése es el mundo en que hoy vivimos.

(1)  En declaraciones al politólogo suizo Pascal Lottaz.

JOAQUÍN RÁBAGO