Trump, amenaza al tiburón más longevo del planeta - por Jacinto Ortega del Rosario
Trump, amenaza al tiburón más longevo del planeta - por Jacinto Ortega del Rosario
La insistencia de Donald Trump en intervenir o “adquirir” Groenlandia no fue una anécdota excéntrica ni un simple desliz retórico. Fue, y sigue siendo, la expresión más burda de una visión del mundo donde los territorios son mercancía, la naturaleza es un recurso a explotar y las comunidades —humanas o no— quedan relegadas a daños colaterales. Bajo esa lógica, Groenlandia no es un ecosistema frágil ni un espacio cultural con soberanía propia, sino un tablero estratégico para intereses militares, energéticos y comerciales. Y en ese tablero, especies únicas como el tiburón de Groenlandia simplemente no existen.
El tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) no es un animal cualquiera. Es probablemente el vertebrado más longevo conocido, con individuos que superan los 250 o incluso 400 años. Nada lentamente en aguas heladas, profundas y estables, y su supervivencia depende precisamente de aquello que las políticas trumpistas suelen despreciar: el equilibrio ecológico, la regulación ambiental estricta y la cautela frente a la explotación industrial. Pensar en la coexistencia de este animal con una agenda política basada en el negacionismo climático y el extractivismo agresivo es, sencillamente, una contradicción.
La visión de Trump sobre Groenlandia se alinea con su historial: desmantelar regulaciones ambientales, abrir territorios sensibles a la minería y a la explotación de hidrocarburos, y militarizar regiones estratégicas sin considerar los impactos a largo plazo. En el Ártico, esto se traduce en más tráfico marítimo, más exploración sísmica, más contaminación acústica y química. Para un tiburón que depende de ecosistemas silenciosos, fríos y poco alterados, estas perturbaciones no son menores: afectan su orientación, su reproducción y, en última instancia, su existencia.
Además, el tiburón de Groenlandia es un símbolo incómodo para la política del “todo es inmediato”. Es lento, vive siglos y nos recuerda que la naturaleza opera en escalas de tiempo que no encajan con ciclos electorales ni con la obsesión por el beneficio rápido. Trump representa lo opuesto: decisiones cortoplacistas, desprecio por la ciencia y una narrativa de dominación sobre el entorno. Bajo ese paradigma, la conservación no es una prioridad, sino un obstáculo.
Defender Groenlandia de este tipo de intervenciones no es solo una cuestión de soberanía política o dignidad internacional; es también una defensa de formas de vida que no tienen voz en los discursos de poder. Permitir que una lógica de compra, control y explotación se imponga en el Ártico sería condenar a especies como el tiburón de Groenlandia a pagar el precio de una ambición ajena y miope.
Groenlandia no necesita ser “gestionada” por políticas que ya han demostrado ser perjudiciales para el planeta. Necesita cooperación internacional, respeto a la ciencia y una ética ambiental que entienda que hay vidas —algunas más antiguas que nuestros propios Estados— que no pueden sobrevivir bajo el peso de la arrogancia política. El tiburón de Groenlandia, silencioso y ancestral, es un recordatorio de todo lo que se pierde cuando el poder confunde el mundo con una propiedad privada.
Groenlandia no se compra.