El hecho de que tras cuarenta años de democracia este derecho siga sin regularse tiene mucho que ver con la falta de voluntad de fuerzas políticas y las presiones de la Iglesia católica que no solamente pretende imponer su moral privada a toda la sociedad sino que también hace negocios con los cuidados paliativos. Esta misma Iglesia es la que llama, en estas elecciones, a votar a los partidos políticos que no defiendan la eutanasia ni el aborto, intentando, de esta forma, crear bloques políticos fundados en las creencias religiosas.
Aunque siempre es de agradecer, resulta cuando menos retrasado en el tiempo que algunos partidos políticos se esfuercen ahora en alcanzar para los moribundos lo que llaman “una muerte digna”, actuación que consiste en conseguirle al enfermo en fase terminal un adiós a la vida sin amarguras físicas gracias a tratamientos paliativos, aquellos que suavizan o atenúan devastadores efectos de la propia enfermedad (intensos dolores, por ejemplo). Y digo que llega con retraso en cuanto que el sentimiento humano de muchísimos médicos en contacto directo con la realidad se viene manifestando desde años atrás con tales comportamientos, y los recuerdo de manera muy directa desde el pasado siglo, por no decir desde el milenio anterior.