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15:53h. Lunes, 25 de Septiembre de 2017

Hambre. Informe de la FAO y dos artículos recuperados de Francisco Morote (1992 y 2009)

informe fao hambre

francisco morote 150"Vuelve a crecer el hambre en el mundo, impulsada por los conflictos y el cambio climático, según un nuevo informe de la ONU" En este informe, terrible, aunque parece que ya nadie se conmueve, la FAO no solamente advierte de que el hambre sigue creciendo, sino que además acusa a quienes son los mayores responsables de este genocidio, que son quienes mantienen sus proyectos hegemonistas bélicos y sus codiciosas generaciones de energí con fósiles, frenando a las energías renovables. Al hilo de este drama que describe la FAO, Francisco Morote, presidente honorario de ATTAC Canarias recupera estos dos artículos premonitorios. Los derechos del hambre (1992) y Hambre, genocidio silencioso (2009)

815 millones de personas padecen hambre, con millones de niños amenazados de malnutrición

15 de septiembre de 2017, Roma – Tras haber disminuido de forma constante durante más de una década, vuelve a aumentar el hambre en el mundo, que afectó a 815 millones de personas en 2016 -el 11 por ciento de la población mundial-, según la nueva edición del informe anual de la ONU sobre seguridad alimentaria y nutrición publicada hoy. Al mismo tiempo, múltiples formas de malnutrición amenazan la salud de millones de personas.

http://www.fao.org/news/story/es/item/1037465/icode/

Los derechos del hambre - por Francisco Morote (1992)

Publicado en LA PROVINCIA

" Al comienzo, el hambre se hace sentir constantemente, ya sea cuando se trabaja, se descansa o se duerme. Incluso en los sueños se hace presente... El vientre pareciera que grita, luego se hincha. El cabello se vuelve gris. La piel se agrieta. El sujeto siente como si le estuvieran devorando los órganos... Pero llega un momento en el que se pierde el hambre; el dolor ya no es agudo, se hace sordo. Un día el hambriento ya no se levanta. Todo su pensamiento se eclipsa en un chisporroteo de centellas dolorosas. Pausas definidas y separadas en el ritmo respiratorio. La cabeza se inclina hacia atrás, la mandíbula queda colgante. Los ojos se apagan; la pesadilla se convierte en frío estupor. Y ese hambriento muere, sin ruido, acurrucado; ni siquiera puede protestar o rebelarse ... ( 1 ).

De este modo mueren, cada año, millones de personas en el mundo. Aunque es más exacto decir que en una parte del mundo; aquella que hasta ahora habíamos dado en llamar el Tercer Mundo.  ¿ Cómo es posible que todavía hoy suceda esto ? La primera vez que leí que en el mundo había suficiente comida para alimentar a toda la población del planeta fue en  1970 o 1971. Hoy, más de  veinte años después, vuelvo a leer palabras semejantes en un Informe al Club de Roma, de A. King y B. Schneider. Hace muchos años, pues, que el problema está técnicamente resuelto y, sin embargo, la cruda realidad desmiente a diario esa posibilidad. ¿ Por qué tanta gente vive y muere de un modo tan atroz en el llamado cada vez más despectivamente, Tercer Mundo ? Desde luego, en Occidente nadie, o casi nadie, parece dispuesto a admitir la responsabilidad que compete a esta parte privilegiada del planeta. Es como si el orden económico y político internacional, que Occidente sigue imponiendo férreamente a los pueblos del Tercer Mundo, no tuviera nada que ver con la falta d escuelas, de hospitales y de alimentos que padecen aquellas poblaciones. Según la versión más comúnmente aceptada y difundida continuamente por los medios de comunicación, el hambre en aquellos países es el resultado de una conjunción trágica, y al parecer inevitable,  de catástrofes naturales ( sequías, ciclones, inundaciones ) y sociales ( guerras étnicas y tribales, corrupción, desgobierno ), que sus propios protagonistas son incapaces de afrontar o resolver. No hay, pues, ninguna conexión entre nuestra opulencia y su miseria y, por lo tanto, nuestra única obligación para con ellos es la de la ayuda humanitaria que tengamos a bien dispensarles. Nuestras conciencias pueden dormir tranquilas.

Ahora bien, esto no es una solución para los cientos de millones de personas que se sienten amenazadas por el espectro del hambre. Su primer derecho es el de sobrevivir y para hacerlo efectivo, muchos parecen haber comprendido, a la vista de la situación actual, que la única opción que les queda es la de escapar de aquel infierno dejado de la mano de Occidente. La emigración, hacia donde sea, es el singular camino de la esperanza. Y muchos de ellos parecen haber decidido que puestos a arrostrar riesgos, peligros y sinsabores, lo mejor es ir directamente allí donde se está sirviendo la mejor parte del festín, el propio Occidente. Así es cómo con los medios más frágiles e inseguros y dejándose la piel en el empeño, si es preciso, millones de hispanoamericanos, asiáticos y africanos se disponen a ingresar en el club de los bien alimentados. ¿ Qué tienen que perder ? Desde luego, en Occidente no les reciben con los brazos abiertos. Las fronteras cada día están mejor guardadas y se pretende hacerlas infranqueables. Las leyes de inmigración y extranjería son cada vez más rígidas y restrictivas. Algunos partidos y dirigentes de la ultraderecha y de la derecha nacional los rechazan abiertamente. Sin duda, son y serán objeto de persecuciones por parte de determinados grupos de ideología racista, xenófoba y neofascista. Pero pese a todo vienen y vendrán para quedarse. Siempre habrá quién sepa sacar provecho de su  desesperación y de su disposición a hacer cualquier cosa por un plato de comida y poco más. Y en último extremo, pase lo que pase, tratarán de seguir aquí porque ellos, mejor que nadie, saben que más ´cornás" da el hambre.

(1) Citado por E. Ander-Egg: El holocausto del hambre, página 40. Editorial Humanitas. Buenos Aires, 1982.


 
 
Hambre, genocidio silencioso - por Francisco Morote Costa (2009)

 

Publicado en REBELIÓN 
 
No estamos en en año 1009 hace mil años, en plena Edad Media, sino en 2009: hambre, hambrunas. Según la FAO, 1.020 millones de hambrientos, un triste récord nunca antes alcanzado. 

Las imágenes de los muertos de hambre y desnutridos, no en el sentido figurado, sino en el sentido real, crudo y literal de las palabras. Piel y huesos, ¿son los espectros vivientes de los campos de exterminio nazis? ¿Salen de Auschwitz, de Treblinka? 

El parecido es espantoso, pero no, estos seres humanos aguardan en los campos de exterminio de la pobreza extrema y de la miseria de los países empobrecidos. 

Como los judíos y los gitanos de la Segunda Guerra Mundial también ellos son víctimas de un genocidio, de un genocidio silencioso, indiferente, no programado, pero no por ello menos cruel. 

Recupero un texto sobrecogedor citado por E. Ander-Egg en su libro El holocausto del hambre: "Al principio, el hambre se hace sentir constantemente, ya sea cuando se trabaja, se descansa o se duerme. Incluso en los sueños se hace presente... El vientre parece que grita, luego se hincha. El cabello se vuelve gris. La piel se agrieta. El sujeto siente como si le estuvieran devorando los órganos... Pero llega un momento en que se pierde el hambre; el dolor ya no es agudo, se hace sordo. Un día el hambriento ya no se levanta. Todo su pensamiento se eclipsa en un chisporroteo de centellas dolorosas. Pausas definidas y separadas en el ritmo respiratorio. La cabeza se inclina hacia atrás, la mandíbula queda colgante. Los ojos se apagan; la pesadilla se convierte en frío estupor. Y ese hambriento muere, sin ruido, acurrucado; ni siquiera puede protestar o rebelarse...". 

¿Cuánto tiempo más permitiremos que nuestros semejantes padezcan estos sufrimientos? ¿Cuándo acudiremos a su rescate, a su liberación de los campos de exterminio de la pobreza extrema y el hambre? ¿Y cuándo abordaremos de verdad las causas de su penosa situación? 

Según parece, para responder a esa última pregunta hace falta mucho más valor moral y coraje de los que cabría suponer. Baste recordar las palabras del obispo brasileño H. Cámara : "Cuando di de comer a los pobres me llamaron santo, cuando pregunté por qué había pobres me llamaron comunista". 

Un botón de muestra. En una reciente declaración con motivo del Día Mundial de la Alimentación, varias organizaciones solidarias -Prosalus, Cáritas Española, Ingeniería sin Fronteras y Ayuda en Acción-, citaban los factores causales que, a juicio de la misma FAO, incidían en la crisis alimentaria: "...la baja productividad agrícola, la alta tasa de crecimiento demográfico, los problemas de disponibilidad de aguas y tierra, la mayor frecuencia de inundaciones y sequías, las limitadas inversiones en investigación y desarrollo". 

¿Eso es todo, cabe preguntarse? ¿Ni una razón más? 

Disconformes con la tibieza del discurso oficial políticamente correcto, las organizaciones solidarias añadían en la Declaración citada: "Pero más allá de los factores que afectan a la agricultura, está ampliamente consensuado que hay muchos otros factores que influyen, y no de una menor manera, en la crisis alimentaria y que no se mencionan como principales en dicho documento (de la FAO): La desigual distribución de recursos, la insuficiencia de sistemas de protección social, la débil protección de lostrabajadores y trabajadoras agrícolas, el predominio de sistemas agrícolas que privilegian las grandes explotaciones intensivas y extensivas, el injusto sistema de comercio internacional, la especulación con productos agrícolas, la desigualdad en el consumo energético, la extensión de monocultivos (fibra, biodiesel, agrocombustibles), la existencia de subsidios y ayudas que favorecen mucho más a los grandes productores que a los pequeños, la corrupción, etc."

Afrontemos de una vez la verdadera dimensión del problema. Dirijamos los esfuerzos a corregir los factores que realmente provocan el flagelo del hambre en un mundo de relativa abundancia. No es un problema de caridad o solidaridad, sino de justicia para la supervivencia.
 
* En La casa de mi tía por gentileza de Francisco Morote Costa
FRANCISCO MOROTE ATTAC