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20:32h. martes, 25 de enero de 2022

Mi herida: el olvido . por Carlota Darias Dorta

 

FRASE CARLOTA

Mi herida: el olvido . por Carlota Darias Dorta *

El último recuerdo que tengo de aquel día, a pesar de ser borroso, es el de mi padre metiendo en la maleta del coche rojo la pala de cavar. No sabía exactamente para qué, pero esa era la costumbre que había adquirido después de comprar el coche e ir al monte a por madera para la barbacoa. A mi padre siempre le gustó mucho la carne, comíamos todos los domingos de la semana, a veces, incluso los lunes y martes. Sin embargo, nunca supe para qué utilizaba la pala en el monte. Quizás tan solo la llevaba para meterse aún más en el papel de leñador aficionado. A mi madre, por el contrario, el tema de comer carne nunca le cayó en gracia. Ella siempre decía que prefería el pescado, y hoy en día, sigue manteniendo su postura. Casi siempre discuten por ello: mi madre dice que mi padre consume carne en exceso y él argumenta que cualquier tipo de esta será siempre muchísimo más sano y estará mucho más buena que cualquier animalillo marino. Mi padre es, sin duda, mucho más testarudo que ella, y también más soberbio. Aquel día, sin embargo, la tristeza desdibujaba perfectamente la silueta de su carácter. Él llevaba varios días enfermo, y todos en casa estábamos bastante preocupados. Desde que mi abuela nos dejó ya tan solo éramos cuatro y, aunque ya hiciera más de cuatro años, en aquel momento, como si la emoción se extrapolara, sentimos más presente que en ningún otro el día en el que decidió dejar vacío el sillón del salón.

Cuando llegó a casa, a mí me pareció lo más bonito que había visto en mi vida. Una pequeña bolita de pelo negro entre la que se distinguían unas pequeñas orejas se había convertido en la respuesta a mis constantes suplicas. Se llamaba Manolo, y a pesar de que a mi abuela no le hiciera mucha gracia que su nombre coincidiera con el de su marido fallecido, acabó haciéndose un hueco en su corazón al igual que en el del resto de nosotros. La casualidad hizo que mi abuela y Manolo fallecieran el mismo mes con cuatro años de diferencia. A ella se la llevó la maldita enfermedad incurable que volvió a llamar a su puerta diez años después de haberla superado. A Manolo, unas heridas del cuerpo infectadas que nunca supimos reconocer. De ambos, elegí el peor momento para despedirme. Y es por eso por lo que prefiero acordarme de la pala y del coche rojo, ambas figuras que me recuerdan la imagen destrozada de mi padre el día que pude ver por fuera cuales eran sus heridas internas, esas que tienen todos, mientras yo construía la mía. El día que entendí que mi infancia acababa mientras enterrábamos a Manolo bajo un manto de flores. Nunca sabré si mi herida podrá cicatrizar. Tampoco sabré nunca para qué llevaba mi padre la pala al monte. Ese día, le sirvió para cavar. Supongo que como los otros. O quizás para, sin quererlo, evitar que sus heridas terminen de cicatrizar y con ellas, el olvido logre invadirlo todo.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Carlota Darias Dorta

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