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jueves, 04 de junio de 2026 09:44h.

Interdependencia armada: cómo las grandes potencias moldean el mundo y afectan a los más vulnerables - por Antonella Aliotti

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Interdependencia armada: cómo las grandes potencias moldean el mundo y afectan a los más vulnerables

Antonella Aliotti 

Feminista Radical Antirracista 

Defensora de la Casa Común 

Activista de DDHH y Sociales 

 

En un mundo cada vez más interconectado, la noción de “interdependencia” ha dejado de ser neutral. Lo que antes parecía un terreno de cooperación económica y tecnológica se ha convertido en un instrumento de poder, donde Estados Unidos y China juegan su partida estratégica. El concepto de interdependencia armada, explorado recientemente por estudios internacionales, revela cómo los lazos económicos y tecnológicos pueden convertirse en armas de presión política.

Desde una perspectiva de izquierda feminista, este fenómeno tiene consecuencias que van más allá de la geopolítica: golpea a los sectores más vulnerables de la sociedad, amplifica desigualdades y coloca a países más pequeños en situaciones de dependencia casi absoluta. Los estados periféricos, a menudo considerados meros espectadores en la lucha entre potencias, enfrentan la presión de alinearse o sufrir sanciones económicas, restricciones tecnológicas o vulneraciones en sus derechos laborales y ambientales.

La geopolítica se utiliza como arma económica. Un ejemplo evidente se observa en las sanciones que Estados Unidos ha impuesto a países como Irán, Rusia o Venezuela, o el bloqueo de más de 60 años a Cuba. Estas medidas no solo buscan presionar gobiernos, sino que impactan directamente en la población civil: acceso limitado a medicamentos, alimentos más caros y pérdida de empleos. China, por su parte, ha utilizado restricciones en la venta de tierras raras y control de cadenas tecnológicas críticas para presionar a empresas y gobiernos que no se alinean con su política exterior.

En un mundo bipolar, estas estrategias no afectan por igual. Los países más pequeños no poseen la capacidad de diversificar mercados ni sostener economías aisladas, lo que genera dependencia tecnológica y económica. Las redes globales de transporte, suministro energético y digital se convierten en herramientas de coerción. Cada decisión estratégica de las potencias repercute de manera inmediata en los países periféricos, que se ven obligados a adaptar políticas internas bajo presión externa.

Impacto desigual y perspectiva de género: La interdependencia armada evidencia un sesgo de género. Las mujeres, especialmente aquellas que trabajan en sectores de cuidado, agricultura o industria ligera, son quienes primero sienten los efectos de la precariedad. Por ejemplo, las sanciones a Irán han afectado el acceso a medicamentos esenciales para mujeres embarazadas y niñas, mientras que en países africanos dependientes de importaciones tecnológicas de China, la falta de acceso a equipos y formación tecnológica limita la participación de mujeres jóvenes en empleos de alta cualificación.

Además, la feminización de la pobreza en contextos de presión económica internacional es clara: cuando los ingresos familiares se reducen, las mujeres cargan con la mayor parte de la sobrecarga de cuidados y trabajos no remunerados, ampliando brechas históricas de desigualdad. La interdependencia, en lugar de ofrecer oportunidades equitativas, termina consolidando jerarquías globales que penalizan a los más vulnerables.

Importante es la Estrategia de resistencia y soberanía. A pesar de este panorama, los países periféricos no son totalmente pasivos. Algunos buscan alianzas regionales para diversificar mercados y fuentes tecnológicas, como la Asociación Africana de Libre Comercio o el fortalecimiento del comercio intra-latinoamericano. Sin embargo, estas estrategias requieren voluntad política, visión de largo plazo y conciencia social, condiciones que no siempre se cumplen frente a la presión de potencias globales.

Desde la izquierda feminista, la lección es clara: la interdependencia no puede ser neutral. Debemos cuestionar los mecanismos de poder que la convierten en un arma y analizar cómo redistribuye los costos de la confrontación internacional hacia los más débiles. Esto implica defender políticas de soberanía económica, justicia social y equidad de género, así como exigir transparencia y responsabilidad ética a las corporaciones que se benefician de estos desequilibrios.

Debemos ir hacia un orden internacional más justo. En un mundo que se dice interconectado, es urgente recordar que la conexión no es simétrica: los poderosos dictan las reglas, mientras los más vulnerables pagan el precio. Reconocer esta realidad es el primer paso para construir un orden internacional más justo, donde la interdependencia sea un instrumento de cooperación y no de coerción. Esto requiere políticas públicas que prioricen el bienestar social, la protección de derechos humanos y la igualdad de género, y no solo la acumulación de poder económico.

La interdependencia armada nos muestra que la geopolítica tiene rostro humano: cada sanción, cada restricción tecnológica y cada movimiento estratégico de las grandes potencias repercute en la vida cotidiana de millones. Defender la justicia social en este contexto no es un acto abstracto: es un imperativo ético y político que busca poner a las personas, y especialmente a las mujeres y grupos vulnerables, en el centro de las decisiones globales.

 
ANTONELLA ALIOTTI
ANTONELLA ALIOTTI

 

 

MANCHETA JULIO 25