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jueves, 04 de junio de 2026 08:46h.

Por qué fracasamos el colapso ha comenzado - por Sarah Connor

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Federico Aguilera Klink y Chema Tante recomiendan este augurio tan cierto como inevitable (hasta ahora)

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Birmingham Museums Trust / Unsplash
Birmingham Museums Trust / Unsplash

Por qué fracasamos

Sarah Connor

COLAPSO 2050

Cómo previmos pero ignoramos el colapso de la civilización

 

El colapso ha comenzado.

El cambio climático ya no es una amenaza futura teórica: ya está aquí y sus efectos se están extendiendo por nuestras sociedades. 2024 va camino de ser el año más caluroso desde la industrialización. Los ríos atmosféricos están devastando comunidades y tierras agrícolas. Las olas de calor matan.

La previsibilidad está dando paso a extremos erráticos que amenazan el suministro de alimentos y agua. Sin embargo, la humanidad se muestra en gran medida complaciente.

Sabemos desde hace décadas (podría decirse que desde hace más de 100 años) que los gases de efecto invernadero provocan el calentamiento del planeta. Sin embargo, hemos redoblado la apuesta por el statu quo y hemos emitido tanto en los últimos 30 años como en los dos últimos siglos.

¿Por qué permitimos que esto sucediera? A pesar de décadas de advertencias de los científicos de que nuestra supervivencia estaba en juego, ¿por qué no hicimos prácticamente nada?

En este artículo explicaré cómo racionalizamos nuestro camino hacia la extinción.

La psicología de la inacción: cómo justificamos ignorar la crisis

El cerebro humano no está diseñado para gestionar amenazas sistémicas, complejas y de evolución lenta. Esto no significa que seamos incapaces de pensar a largo plazo. Cuando existen incentivos, medios y cooperación, los seres humanos han emprendido grandes proyectos con resultados intangibles a largo plazo. Sin embargo, esto requiere un poder que a menudo entra en conflicto con el bien mayor.

Facilitados por la propaganda corporativa y gubernamental, hemos sido guiados a tomar decisiones basadas en heurísticas y sesgos, priorizando las ganancias a corto plazo sobre nuestra supervivencia a largo plazo. Nuestros cerebros obedecen alegremente.

Disonancia cognitiva: durante años, muchos reconocimos el problema, pero continuamos teniendo conductas que sabíamos que contribuían a él (conducir coches a gasolina, consumir de forma desenfrenada). Para conciliar esta contradicción, racionalizamos nuestras acciones. “Mis decisiones individuales no importan”, nos dijimos a nosotros mismos. “El verdadero problema son las grandes corporaciones”. Al echar la culpa a los demás o minimizar nuestro propio impacto, evitamos afrontar la necesidad de sacrificio personal y colectivo.

Si bien las corporaciones tenían el poder de generar cambios impactantes, los individuos tenían el poder de elegir líderes para construir un marco que incentive el cambio. Es cierto que no se nos presentaron opciones de liderazgo reales que respaldaran una agenda de decrecimiento, pero se podría decir que el poder para crear nuevas opciones está en manos de la sociedad (revoluciones estadounidense, francesa y rusa).

Los individuos también teníamos el poder colectivo de alterar los patrones de consumo, pero no lo hicimos. En lugar de eso, nos engañamos a nosotros mismos para conciliar el conflicto en nuestras cabezas.

Licencia moral: Nuestras pequeñas acciones positivas (reciclar o cambiar a bombillas de bajo consumo) nos dieron una sensación de logro, lo que redujo la necesidad percibida de acciones más significativas. La gente creía que estaba “haciendo su parte” sin cuestionarse si esos esfuerzos eran suficientes para abordar la escala de la crisis.

Descuento hiperbólico: siempre priorizamos la comodidad a corto plazo por sobre la supervivencia a largo plazo. Reducir las emisiones o adoptar nuevas tecnologías habría requerido costos inmediatos (precios más altos de la energía, menos comodidad) a cambio de beneficios que no se materializarían durante décadas. Para la mayoría, el futuro siempre se sintió demasiado lejano como para justificar la incomodidad del cambio. Incluso hoy, cuando el colapso está cada vez más presente, la gente todavía no está dispuesta a pagar un pequeño impuesto al carbono.

A todo esto se suma la falta de una respuesta inmediata. A diferencia de los peligros claros y visibles, los efectos del cambio climático se manifiestan de forma gradual, lo que dificulta relacionar las acciones con los resultados. Los seres humanos estamos programados para responder a amenazas inmediatas, no a amenazas abstractas y acumulativas.

Negación: el miedo, la culpa y la impotencia que surgen al comprender la magnitud de la crisis son demasiado para que muchos los puedan soportar. La negación permite a las personas mantener la estabilidad emocional, incluso cuando se acumulan las pruebas.

El papel de las normas sociales: esperar a que los demás actúen

El comportamiento humano está profundamente influido por las normas sociales, y la inacción frente al cambio climático no es una excepción. Durante años, las prácticas sostenibles fueron retratadas (por quienes estaban en el poder) como algo exclusivo o radical. En consecuencia, quienes adoptaron conductas respetuosas con el medio ambiente a menudo se sintieron aislados, mientras que la cultura dominante celebraba el consumo y la comodidad.

El "sistema" define el éxito en términos de consumo. Un coche mejor, una casa más grande, vacaciones lujosas, símbolos de estatus. Los estilos de vida sostenibles están estigmatizados. La gente no sólo no quiere ser excluida, sino que siente un impulso competitivo para estar a la altura de sus amigos y vecinos.

A lo largo de los siglos XX y XXI, a medida que el estilo de vida basado en el consumo se fue extendiendo, la gente permaneció pasiva ante los crecientes riesgos. Muchos cayeron en el papel de espectadores, esperando que otros (gobiernos, corporaciones o vecinos) tomaran la iniciativa. Esta pasividad creó un círculo vicioso. La falta de acción visible por parte de los demás reforzó la creencia de que el problema era demasiado grande o que las soluciones eran responsabilidad de otros.

A esto se sumó la disparidad mundial en cuanto a quiénes sufrieron más por el cambio climático. Las naciones más ricas a menudo ignoraron las voces de quienes vivían en el Sur Global, donde se decía que las comunidades eran las primeras en sufrir el peso de los impactos climáticos. La falta de visibilidad de estas poblaciones afectadas disminuyó aún más la percepción de urgencia en los países más ricos.

El cortoplacismo: enemigo de la supervivencia a largo plazo

En el centro de nuestro fracaso estaba el cortoplacismo, la tendencia a priorizar las recompensas inmediatas por sobre la estabilidad futura. Esta mentalidad infectó todos los niveles de toma de decisiones, desde los individuos hasta los gobiernos y las corporaciones.

Los políticos, limitados por los ciclos electorales, priorizaron las políticas que ofrecían victorias rápidas en lugar de las que exigían inversiones a largo plazo. La implementación de impuestos al carbono o la eliminación gradual de los combustibles fósiles, medidas que podrían haber evitado los desastres actuales, se consideraron políticamente inaceptables. El electorado, preocupado por las presiones económicas inmediatas, como los precios de la gasolina y la seguridad laboral, se resistió a las medidas que exigían sacrificios. Los líderes políticos, a su vez, carecieron del coraje para promulgar las políticas transformadoras necesarias.

Mientras tanto, las corporaciones operaban dentro de un sistema que premiaba las ganancias trimestrales por encima de todo lo demás. Los ejecutivos que priorizaban la sostenibilidad a largo plazo corrían el riesgo de perder participación de mercado o ser expulsados ​​por los accionistas. Economías enteras estaban atrapadas en un crecimiento continuo. Las corporaciones nunca podrían ser parte de la solución, y cualquier presentación como tal era una farsa.

Las corporaciones hicieron más por matarnos de lo que la IA jamás hará

Creamos una entidad unidireccional, similar a la inteligencia artificial general (IAG), la corporación, para perseguir el dinero. Las decisiones que tomaron las corporaciones en pos de este objetivo dieron como resultado el final apocalíptico al que nos enfrentamos ahora.

Colapso 2050 Sarah Connor

Irónicamente, las corporaciones también suelen fracasar cuando actúan en su propio beneficio y compiten para caer en el olvido. Antes de la crisis financiera mundial de 2008, fui testigo de cómo las empresas relajaban las restricciones a la exposición al riesgo, no porque fuera una decisión sensata, sino porque lo hacían sus competidores. El afán de obtener beneficios a corto plazo obligó a las instituciones a asumir riesgos que sabían que podían ser catastróficos. Cuando se produjo el colapso financiero, fue el público el que cargó con el coste de su imprudencia. De modo similar, con el cambio climático, los gobiernos y las corporaciones priorizaron las ganancias inmediatas, sabiendo que los costes catastróficos que se producirían en el futuro recaerían sobre las generaciones futuras.

Fallas estructurales: cómo las instituciones nos decepcionaron

Si bien los individuos tienen cierta responsabilidad por la inacción, el mayor fracaso recae en las instituciones que deberían haber encabezado la iniciativa. Los gobiernos, las corporaciones y las organizaciones internacionales comprendieron la ciencia hace décadas, pero optaron por proteger el statu quo.

Los grupos de interés, en particular los vinculados a la industria de los combustibles fósiles, pasaron décadas socavando deliberadamente la acción climática. Financiaron centros de investigación, campañas políticas y medios de comunicación para sembrar dudas sobre la ciencia. Su objetivo no era refutar el cambio climático (no podía ser), sino crear dudas para retrasar la acción lo suficiente como para maximizar sus ganancias. Cuando la verdad fue innegable, el daño fue irreversible. Estas tácticas alimentaron el sesgo de confirmación existente, dando a la gente una excusa conveniente para desestimar o restar importancia al problema.

Los gobiernos tampoco estuvieron a la altura del desafío. Los acuerdos internacionales sobre el clima fueron constantemente diluidos, postergados o ignorados. Incluso cuando se fijaron objetivos, los mecanismos de cumplimiento fueron débiles o inexistentes. Los políticos hablaron de transiciones verdes, pero se mostraron reacios a considerar los costos de implementarlas, priorizando nuevamente el crecimiento económico inmediato sobre la sostenibilidad a largo plazo.

A estos fracasos se sumó el problema del “oportunista”, en el que los países dudaban en tomar medidas por temor a que otros países se beneficiaran de sus sacrificios sin contribuir ellos mismos. Esta falta de coordinación mundial garantizó que las emisiones siguieran aumentando sin control.

La complacencia individual: el silencioso facilitador del colapso

Durante años, muchos de nosotros esperábamos que nuestros líderes tomaran medidas audaces que nunca llegaron. Pero nuestra complacencia individual permitió este fracaso. Al aceptar el status quo (al seguir consumiendo, contaminando y votando a líderes que priorizaban la conveniencia sobre el cambio), permitimos que los gobiernos y las corporaciones actuaran con impunidad. Nuestro silencio colectivo indicó que la inacción climática era aceptable.

Esta complacencia se vio alimentada por una sensación de impotencia. El cambio climático se presentó como un problema tan vasto y complejo que los esfuerzos individuales parecían insignificantes. Esta narrativa, aunque parcialmente cierta, ignoraba el poder colectivo de los movimientos de base. En retrospectiva, nuestra creencia en nuestra propia impotencia -y nuestra falta de voluntad para sumarnos a organizaciones de nicho para desafiar a quienes estaban en el poder- se convirtió en una profecía autocumplida.

Costos inevitables

El colapso que hoy enfrentamos se define por los costos (humanos, económicos y ambientales) que podrían haberse evitado. El aumento del nivel del mar y los fenómenos meteorológicos extremos desplazarán a millones de personas. La escasez de alimentos y agua provocará conflictos y exacerbará la desigualdad. Los gobiernos se esforzarán por adaptarse, pero las instituciones que definen la civilización moderna pronto se desmoronarán.

Algunos podrían argumentar que nuestro fracaso no fue inevitable, sino el resultado de decisiones tomadas por individuos, instituciones y sistemas que priorizaron la conveniencia, el lucro, la negación y la conveniencia política por sobre la supervivencia a largo plazo.

Sin embargo, creo que esas decisiones se construyeron sobre una base sociológica y psicológica que definió nuestro destino hace mucho tiempo. Nuestros prejuicios y nuestra heurística mental nos ayudaron a tener éxito como especie. Al final, las características que crearon nuestro éxito serán la causa de nuestra desaparición.

El fin de la humanidad estuvo determinado desde el principio

El momento en que una especie aprende a manipular su entorno para obtener beneficios es el momento en que empieza a correr el reloj hacia su desaparición.

Colapso 2050 Sarah Connor

COLAPSO : http://xetobyte.deviantart.com/art/Search-to-Fade-208309531
COLAPSO : http://xetobyte.deviantart.com/art/Search-to-Fade-208309531

* Gracias a Sarah Connor y COLAPSO 2050 y a la colaboración de Federico Aguilera Klink

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COLAPSO 2050  La casa de mi tía republica por el alto interés del contenido, bajo los principios de Uso Juso de la UE
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