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martes, 27 de septiembre de 2022 00:01h.

Chile, la suerte echada - por Roberto Brodsky

 

 

 

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Antonio Aguado, coherente veterano militante sociaista, recomienda este artículo

Chile, la suerte echada - por Roberto Brodsky *

Sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene

 

Fotograma de ‘La batalla de Chile’ (Guzmán, 1975).
Fotograma de ‘La batalla de Chile’ (Guzmán, 1975)

 

Es triste decirlo, pero supe de la derrota del Apruebo en el plebiscito chileno del 4 de septiembre pasado unos cinco o seis días antes de la votación. Fue una predicción involuntaria –aunque no de la magnitud acontecida– y ocurrió luego de ver Mi país imaginario, la nueva película de Patricio Guzmán que fue liberada por su realizador como apoyo a la campaña por una nueva Constitución la semana anterior al plebiscito. 

Advierto que soy un admirador de La batalla de Chile y otras muchas películas que Guzmán ha realizado desde que se radicó en Francia a fines de los años 70, por lo que no se trata en ningún caso de pedirle cuentas a partir de contingencias electorales desfavorables a sus decisiones artísticas. Lejos de eso, La memoria obstinada (1997) y Nostalgia de la luz (2010) son verdaderos hitos cinematográficos en la búsqueda de cura para un país atrapado en las heridas de un viejo trauma histórico. Son filmes notables justamente por esa mixtura de distanciamiento e inmersión en los fantasmas del pasado, donde la autoría documental no esconde un punto de vista partisano pero no por ello menos exacto y crítico. 

En honor quizá a ese carácter distanciado, Mi país imaginario arranca con un breve homenaje a Chris Marker, el maestro de la imagen en filmes como La Jetée (1962) y Sans Soleil (1982), con el cual Guzmán introduce su nueva película insertando imágenes de El primer año, documental rodado en 1971 durante el comienzo del gobierno de Salvador Allende. Enseguida, el filme incorpora escenas de batalla y apedreo en la Plaza Italia durante el estallido de octubre de 2019 para exponer el escenario de una heroicidad espontánea en la presencia de los jóvenes de la primera línea, epítomes del tiempo recobrado à la Proust. Fiel a su método, Guzmán busca las causas de esa rebelión en sus protagonistas, las víctimas, las literatas y periodistas que apoyen la interpretación de los hechos, las proyecciones que el movimiento de revuelta suscita en una sociedad anestesiada por el neoliberalismo. Las brigadas de asistencia sanitaria en las calles contrastan con las grotescas apariciones del presidente Piñera en la televisión. No hay donde perderse: el país imaginario de Guzmán está en las calles de ese octubre violento que se incendia como un largo derrame. 

Al igual que los convencionales Stingo, Baradit, Politzer, y Loncón, las reglas de la imagen aquí las pone el director. No hay Rojas Vade (miembro de la Convención Constitucional hasta su renuncia en marzo de 2022) falseando su condición de constituyente con un cáncer terminal, no hay maximalismo en las ceremonias y rituales de la Pachamama, no hay abuso en las pifias y abucheos al himno nacional, no hay nada impropio en aprobar desde la ducha de la casa un articulado de la nueva carta fundamental. En el fondo, para la Convención Constitucional que filma Guzmán no hay problema con los trasuntos del estallido que se manifiestan en la conducta de la Convención Constitucional, ni constituye conflicto alguno que, en una de esas, hasta tiemble la democracia al grito de el pueblo unido avanza sin partidos. Es el fin de una era, finalmente, de un largo ciclo histórico, reflexiona en VO el realizador, y quien no lo entienda así carece de madurez para sintonizar con este comienzo pletórico de buenismo mesiánico. Reductivo hasta el escándalo, el filme borra con el codo todas las prácticas dramáticas que enfrentaban a unos con otros en La batalla de Chile, y que hacía del filme un juego de posiciones ejemplar cuando dos fuerzas se enfrentan por el poder. O la magnífica alegoría del polvo de estrellas en los cielos del norte pareados con la búsqueda de huesos en el desierto por parte de las madres y familiares de desaparecidos. Me pregunto dónde, en qué parte de Mi país imaginario quedó esa visión que ampliaba los fenómenos hasta volverlos sensibles e incontestables. ¿Por qué Guzmán no visitó Colchane, donde los inmigrantes sin documentos hacen nata y donde el día del plebiscito el Rechazo ganó con un 94,7% sobre el Apruebo? ¿Por qué no fue al sur donde la guerra de Llaitul y el extremismo indigenista se alimenta de robos, quemas, amenazas y asesinatos contra los residentes del lugar? ¿Por qué Guzmán no visita la angustia e incertidumbre de los barrios populares atacados por la delincuencia ni habla con quienes, sin tener un pelo de retrógrados, dudaron hasta el último minuto entre Aprobar o Rechazar la propuesta constitucional? ¿Por qué, en el fondo, en Mi país imaginario solo hay imágenes de un beato convencido de su propia doctrina en vez de contradicciones, incertezas, luchas y conflictos, salvo los que se libran con los fantasmas del pasado y la revolución? 

Misterio, pero no viene al caso juzgar a Guzmán. Ya vendrán nuevas películas que hagan honor al conjunto de su obra. Lo que importa aquí, lo terrible de Mi país imaginario, es la correspondencia que se establece entre sus imágenes y la prefiguración del fracaso en el relato del Apruebo. De hecho el metraje del documental repite como en un guión de hierro cada una de las falsas premisas que llevaron a la derrota total a la Convención Constitucional este 4 de septiembre. Gruesos errores no forzados y al menos dos falsedades explican este fracaso lo mismo que la sensación de estafa que deja el documental. Una primera falsedad a la vista fue atribuirle al estallido social la realización del plebiscito en pro de una nueva Constitución. No fue así: ni el PC ni los sectores ultras deseaban una solución democrática a la revuelta, apostando por la vía insurreccional y el desfondamiento institucional para salir de la crisis. Fue un pacto político encabezado por el actual presidente Gabriel Boric quien allanó el camino para un acuerdo amplio del Congreso entre todos los partidos en procura de una salida democrática, liderazgo que le valió la condena de sus propios adeptos y una funa pública con escupitajos incluidos. 

Aprobado el plebiscito de entrada, empezaron los errores no forzados. El primero fue la conducta arrogante y mesiánica que la Convención adoptó

Se podrá discutir el punto de que sin la gente en las calles no habría habido pacto político alguno, pero eso fue exactamente lo que se intentó: quebrar toda negociación, amenazando incluso con ‘rodear a la Convención’ si se conducía con criterios de ‘cocina política’ en los debates. Es decir, se rechazaba la política en caso de que no favoreciera estrictamente los designios de las agendas políticas de la revuelta. Aprobado el plebiscito de entrada con un 80% del voto ciudadano, empezaron los errores no forzados. El primero fue la conducta arrogante y mesiánica que la Convención adoptó como identidad corporativa, acallando a la disidencia y condenando los 30 años de democracia previa como un tiempo perdido ante los verdaderos desafíos del país. Casi de inmediato el lenguaje inclusivo, la paridad de género, la plurinacionalidad y el opio de las redes sociales se apoderó de la actuación de los convencionales, que discutían y legislaban tuiteando con la galería en vez de acordar puntos comunes con sus colegas. Entre medio hubo estafas diversas y falsificaciones que más vale olvidar, pero fue bajo esta modalidad de asamblea y narcisismo galopante donde nació el proyecto de Constitución.  

Luego, una segunda premisa falsa, que era más bien una falacia, vino a sumarse a lo anterior: la votación del 4S se definía entre el apoyo a la Constitución de Pinochet y el nuevo texto redactado por la Convención. Este relato no solo pasaba por alto las variadas y sucesivas reformas que el texto de 1980 había sufrido durante los años de transición, sino que arrastraba consigo algo más grave como consecuencia lógica: transformaba una decisión política y electoral en un discurso moral. Los hombres y las mujeres del futuro estaban con la Convención y su texto, los corruptos de los últimos treinta años de democracia apoyaban la Constitución de Pinochet. Los propios exdirigentes de la Concertación por la Democracia se tragaron la mentira con aceite de ricino para paliar la náusea, y en un carnaval de malabarismos políticos sirvieron de voceros a quienes los despreciaban con total transparencia desde el día uno de la Convención. Peor aún: esta falacia operó como anteojera e impidió mirar el país real que tenían al frente, cuyas preocupaciones por cierto estaban tan lejos de apoyar o condenar a Pinochet como los miembros de la Convención Constitucional lo estaban de la realidad. Hasta ahora, ni aun en la derrota, los voceros de la campaña han logrado superar su propia mentira de representar una opción moral, ya que en caso de hacerlo tendrían que invalidarse ellos mismos como actores políticos luego del resultado electoral. Supongo que algo parecido ocurre con Pablo Iglesias de Podemos y el nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro, cuyas condolencias trasuntaron el mismo gustillo de pretensión moral que tanto daño hizo a los objetivos del Apruebo. Esta superioridad discursiva, voceada incluso por un ministro de Estado que hace solo unos años pasaba el gorro entre simpatizantes de los gobiernos de la Concertación para financiar su campaña a diputado, se cobró un alto precio entre los electores que fueron tratados de ‘fachos pobres’ e ignorantes, muy a la manera en que Hillary Clinton calificó de “pueblo deplorable” a quienes seguían a Trump, iniciando así el derrumbe de su campaña a la presidencia en 2016. 

Los seres de luz, los seres de moral, en verdad deberían estar prohibidos en la política. O al menos restringidos a circular en el recinto de una iglesia o de un hospital en tiempo de elecciones. Más todavía si se empeñan en hacer de una teoría académica una ley de la República. El clímax de este abismo con el mundo popular que decían representar se vivió en Valparaíso, a una semana de la votación: una performance de vanguardistas inclusivos se pasó literalmente por el culo la bandera nacional durante un acto oficial del Apruebo. La idea era hacer un símil del aborto, donde la bandera era propiamente la criatura a expulsar. El mal gusto, unido al grotesco orgullo de los actores, fue cubierto de disculpas y excusas de los organizadores, que poco pudieron hacer para borrar la impresión de vivir en mundos distintos, sin relación de continuidad cultural ni valórica entre uno y otro. Ni las apariciones desabridas de Susan Sarandon ni del infumable Mark Ruffalo con mensajes de apoyo lograron enderezar esta fatal incursión por los signos donde el Apruebo avergonzó a sus propios partidarios. 

Finalmente, un último error no forzado fue el miedo que se impuso como clima de bienvenida a la nueva Constitución. De pronto la felicidad era aterradora. Todos fuimos acusados de algo en algún momento. Y la culpa no era mía, ni por quién votaba ni lo que leía, para parafrasear a las feministas de Las Tesis. Fuimos timoratos, premodernos, traidores, acomplejados, borrachos o ladrones, mientras exministros y viejos dirigentes de la Concertación posaban ante las cámaras, camuflados de apruebistas y contemporáneos del nuevo Chile que nacía con la propuesta constitucional, olvidándolos a ellos en primer lugar. Un espectáculo tristísimo, en verdad: al final yo mismo me aburrí de aclararle a los descerebrados que me insultaban por redes sociales de que no era yo de quien hablaban sino de mi hermano Ricardo, exdirector del Museo de la Memoria y crítico activo a favor del Rechazo. 

El miedo no es monopolio de la derecha ni la izquierda, sino de quien ejerce el poder, viendo allí una herramienta de alta capacidad coercitiva 

El miedo no es monopolio de la derecha ni la izquierda, sino de quien ejerce el poder o ha sido empoderado para ejercerlo, viendo allí una herramienta de alta capacidad coercitiva, e incluso movilizadora. El miedo a una insurrección popular que proponía quemarlo todo; el miedo a una reacción de ultraderecha que remilitarizara el país; el miedo a hablar y hacerse oír en un espacio público intoxicado por la intolerancia, los patoteos y las funas; el miedo a la cancelación, a la disidencia, a la mentira y el falseamiento de los hechos. El miedo a los iluminados y redentores del pasado, a los activistas performáticos, a la criminalidad en los barrios, a la crisis migratoria en el norte y el bandolerismo ideológico en el sur. El miedo, en fin, a una propuesta de Nueva Constitución que parecía promover las bondades del todo vale y operaba como el brazo ilustrado de la violencia política en que se fue convirtiendo el sueño de la razón. 

Ya bien decía Barthes que el fascismo no es impedirle a alguien decir algo, sino obligar a decirlo. Acusar a los electores de timoratos ante una propuesta política que requiere una moral superior para asumirla, es tan reaccionario y anticlimático como considerarse elegido sin haber ganado todavía la elección. Y sin embargo eso fue lo que ocurrió con el Apruebo: derrotado en todas la regiones del país, en los centros urbanos y en las aldeas remotas, en las comunas más pobres y en las más ricas, entre los que ganan millones y entre los que ganan solo miserias, en los quintiles más bajos y en los más altos, la misma democracia se encargó de castigar a la moral con un estallido en las urnas. La elección del 4S no fue entre Pinochet y la Nueva Constitución, sino entre la realidad de un Chile tan complejo como múltiple y el país imaginario que filmó Guzmán abrazado a la Convención. La mayor evidencia de lo anterior es que el miedo murió la noche del plebiscito con el peso de casi ocho millones de votos por el Rechazo sobre un total de trece millones de electores, con una diferencia más de tres millones sobre el Apruebo en la participación ciudadana más grande desde el retorno a la democracia en 1990. 

No quisiera ser cruel con el Apruebo. Muchos de mis amigos están allí, heridos, honestos e irredimibles en su humanidad, así como hijos, sobrinos, familiares y conocidos (no así los meros turistas de la justicia social que luego de esta pasada volverán a sus carreras en la televisión y los programas de moda). Yo mismo voté Apruebo porque sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene. Nada se ha perdido de ese inicio si acaso la izquierda y el progresismo dejan de mentirse, abandonan la revancha del 73, el rencor de los noventa, la cultura del pueblo unido jamás será vencido y otras alegorías de la derrota, la cultura de los apoyos de Hollywood y las fábulas morales de Giorgio Jackson. Aquí son los chilenos con las chilenas, y para los chilenos y las chilenas, quienes deben mantener vivo el proceso constituyente que, entre otras muchas cosas, validó el espacio de los pueblos originarios como parte de su propia esencia. Ese fue el mandado ciudadano del Apruebo en el plebiscito de entrada y ese es hoy el mandato del Rechazo en el plebiscito de salida. 

Alea iacta est, en Chile la suerte ya está echada, y ahora le toca al presidente Boric cruzar el Rubicón. En cuanto a Mi país imaginario, conjeturo que si algo quiso decir entre líneas Patricio Guzmán con su última película, puede que ese algo haya sido una despedida cifrada en el título. Mi país imaginario, de hecho, no parece ser tanto el renacer de un sueño trágico en octubre de 2019 como la despedida de un largo duelo que se arrastra desde 1973. La victoria aplastante del Rechazo, al menos, sí tiene ese significado político para el país. 

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Artículo publicado en colaboración con rialta.org/magazine

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* Gracias a Roberto Brosky, a CTXT y a la colaboración de Antonio Aguado. En La casa de mi tía con licencia CREATIVE COMMONS

ROBERTO BRODSKY
ROBERTO BRODSKY
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