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miércoles, 07 de diciembre de 2022 12:06h.

Magistral lección de un guanche a otro guanche -por El Padre Báez

 

el padre báez Aunque ambos eran de la misma condición, nobles, por razones de tierras y posesiones, uno era más pobre que el otro, y no por el vicio de robar, sino para poder comer, iba por donde los rebaños y se buscaba el baifo para su comida, y aunque era público y notorio, nadie -dada su condición de hombre importante y con cargo- más que permitírselo lo soportaban, pero no con agrado, como se puede comprender.

Magistral lección de un guanche a otro guanche -por El Padre Báez *

 Aunque ambos eran de la misma condición, nobles, por razones de tierras y posesiones, uno era más pobre que el otro, y no por el vicio de robar, sino para poder comer, iba por donde los rebaños y se buscaba el baifo para su comida, y aunque era público y notorio, nadie -dada su condición de hombre importante y con cargo- más que permitírselo lo soportaban, pero no con agrado, como se puede comprender. A tal fin nada importan sus nombres (que los tienen), ni en qué isla sucedió lo que les cuento (pues es filosofía que trasciende las mismas y pasa por todas idéntica enseñanza), que al fin y al cabo, es lo de menos y lo importante fue lo que sucedió. Pues que su amigo, y mayor en el cargo del citado “ladronzuelo”, le visita (con ánimo de avisarle del mal que hace y la conveniencia de cambiar), un día y presto el visitado corre hasta donde un rebaño, y con la idea de agasajar al visitante, se apropia nuevamente -como uso y costumbre- de un baifo, y es entonces, cuando se produce la lección que da al huésped su anfitrión, pero sin humillarlo, se presenta solo y lo encuentra degustando el último baifo robado (ya dijimos el disgusto de sus vasallos, pero la pobreza del dirigente era mayor, y...), nada digamos de la sorpresa por inesperada- de la visita, del segundo ante el primero y principal, que, manifestándole agradecimiento y alegría le confiesa que tal visita merece un banquete y a tal fin se disponía salir por un momento en busca de la vianda (robar otro baifo), y le pone en bandeja al visitante lo que le va a decir: Para, y no vayas a buscarme comida que comer, y menos si es ajeno lo que vas a traer, y le añade que nadie con autoridad debe vivir a costa de los que por él es gobernado, y que a los robados, había que mirarlos con compasión, y con entrañas de padre, sin aprovecharse de ellos ni de nadie (¡lástima los políticos de ahora no aprendan esta lección), que, el mejor banquete de recibirlo sería si le daba una pella de gofio (gofio agua y sal), sin más. Y así fue, el delicioso banquete se quedó en el menú señalado, pero hasta sin queso o fruta que lo acompañara (pues tanta era su pobreza, a pesar del cargo y autoridad que ostentaba), y al fin del ágape, el invitado dijo: ¡qué rica esta comida, porque no viene de manos sucias y sin las lágrimas de los dueños de los baifos! Cierto -le añadió- un guiso o asado de carne de baifo es una delicia, y un verdadero manjar, pero si es fruto de la injusticia y del abuso de poder, aprovechándose de los pastores, vale la pena seguir siendo pobre y comer mal, o peor pero manteniendo el aprecio y amistad de los gobernados, al no ser robados...

Hermosa lección, de aquellos caballeros, que trasciende al tiempo y ha llegado al presente: Pues, la cosa acabó así: el que reprochara actitud tan impropia de un gobernante -y de todo hombre- no esperó respuesta, pues después de comer dijo lo que dijo y lo dijo a la puerta de la cueva en ademán y gesto de salir o irse, sin dar opción a réplica, y por sendero por hacer o caminos por abrir, raudo partió de allí y se volvió a donde, o de donde vino, sin dar ocasión -repito- a justificación alguna, solo tuvo tiempo de reaccionar y salió corriendo detrás de él, sin dar con el mismo, pues por caminos perdidos no lo encontraba, pues quería su perdón, y por más que lo buscaba no lo encontraba, pero sí encontró a otro personaje de importancia como la  suya que ante la sorpresa del encuentro, le contó lo acaecido o sucedió, en medio de gran tristeza y pena, y entonces le rogó, que si se encontraba con él y lo veía, le dijera, iba a cambiar, y no volvería a comer carne de baifo robado. Y, aunque este relato tiene un sorpresivo final, prefiero no contarlo, para no distraer al lector de tal ejemplar enseñanza, de parte y parte. Y es que así eran, son y serán los guanches, gente diferente, gente modélica y ejemplar. Conducta semejante o igual no es posible encontrar por ningún lado, y es que estamos ante gente extraordinaria. Y no es pasión desmedida, sino que suplico al lector, vuelva a leer este comentario, se sitúe en el tiempo, sea testigo, y vea si hay pedagogía mayor o mejor: el no robar, que por otra parte es uno de los mandamientos que obligan a todo cristiano a abstenerse de ello, y los guanches, cristianos, ya lo tenían muy en cuenta. Si robaban, lo hacían sin querer.

* Remitido para su publicación