Reflexiones con apartada y lejana estulticia de un ochentón - por Erasmo Quintana
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Reflexiones con apartada y lejana estulticia de un ochentón
Erasmo Quintana
Las cosas que queremos que estén bien hechas necesitan de una cierta ponderación o equilibrio que venga a satisfacer una necesidad de nuestra naturaleza y para que no nos ceguemos con resplandores que languidecen nuestra voluntad. De repente, el Universo que circunda estos órganos cognitivos se nos aparece en una alameda confusa y llena de una luz que anega con prodigalidad el centro de los sentidos. Es el virtuosismo sonoro que el viento, en su caprichoso golpear de las hojas, enseñorea el ambiente cargado de luz diáfana, y agrandan en demasía nuestros sentidos. Es como un instrumento musical bien afinado, y el alma llena con ligereza de una cierta y encantadora gracia. El sorprendente e inesperado placer de nuestros sentidos se ven agrandados por una suerte de prodigalidad halagadora del alma, que produce sonidos de piano colorísticos.
Con el permiso de ustedes, mis buenos amigos, me convertiré en cancerbero de la verdad irrefutable, y me perdonarán que llegado, en mi caso, a una edad más que provecta, les haga partícipes de mis reflexiones existenciales, tema que por ser algo tabú nunca se suele tratar por quienes se encuentran en mi misma situación. El peor y más grande enemigo de la subsistencia en este planeta Tierra es el género humano. El hombre, con su naturaleza depredadora y psique depravada, es el único destructor de la vida como la conocemos. El alma humana, que por cierto no está en otro sitio que en el cerebro, consciente, claro, porque si está dormido, tampoco, según sea éste será el alma. Así estamos hechos, y bien mirado obramos como lo que somos.
Poder y corrupción son la misma cosa, así como la verdad es una realidad que ella misma se pone en cuestión, llegando a las riveras de la posverdad. La libertad es hoy una utopía muy lejos de alcanzarse. Y la realidad nos dice lo que somos: utópicos llenos de fantasía, por lo que al no entender -con la poquita razón que tenemos-, el porqué del Mundo y la existencia que lo compone, buscamos un bastón que nos ayude en nuestro caminar torpón y así evitar caernos, que son todas las religiones. No queremos entender ni aceptamos que somos perecederos. Nuestro deseo es ser eternos, de ahí que todas las religiones nos lo prometan. Buscamos con desespero la eternidad en nuestra angustia vital. Queremos creer que después de haber muerto, resucitaremos ¡en cuerpo y alma! para toda la Eternidad. Lo verdaderamente cierto es que nuestro vivir y su causa es un profundo arcano que la raquítica facultad intelectual humana es incapaz de desentrañar.
Cuidemos que el rencor, la envidia, la codicia, no tomen aposento en el alma. Vivimos, no sabemos bien por qué, instantes breves en el andamiaje de una existencia incomprensible para nuestro castrado entendimiento. En esta demencial realidad, soñamos con tener una partícula de espacio que la avaricia demencial nos ordena, y que en algunos casos fuerza a asesinar, truncar vidas humanas, bajo la ensoñación de que les pertenecerán para siempre. El astrólogo y cosmólogo, Carl Sagan, en su libro Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio refiere que nuestro planeta es un pequeñísimo grano en la vasta arena cósmica. Esto lo piensa cuando ve los ríos de sangre derramada por tantos generales y emperadores genocidas para ser “dueños” volanderos de una fracción del puntito que no vemos. No seamos necios, nada de lo que existe es nuestro: aquí nos lo hemos encontrado y aquí se quedará. ¿Por qué tanta ambición? He conocido algún coetáneo mío que se ha destablillado creando un imperio económico asombroso y, de buenas a primeras, desaparecer por propia voluntad, llevándose lo mismo que trajo al nacer: nada de nada. Aquí lo dejó todo.
Estamos, sin embargo, llenos de posibilidades, como aceptar o rechazar algo. Sobre lo que no podemos decidir es en las contingencias, en ese devenir natural de las cosas. La vida, mientras se disfruta con unos mínimos de calidad, merece la pena. Pero cuando ésta se llena de adversidades, y cuando vemos acciones nacidas de los más bajos instintos primarios de la naturaleza humana, pongamos como ejemplo las terroríficas imágenes de la total destrucción de ciudades enteras: la Franja de Gaza en Palestina, o Ucrania, con el consiguiente exterminio de vidas civiles inocentes, no nos queda otra que llegar a la conclusión de que este mundo no merece la pena vivirlo. La barbarie de que es capaz el ser humano con el único fin de creerse que se apropia de algo, hace que rechacemos el haber sido parte, no con nuestro deseo expreso, de la creación sobre la Tierra. Si por azar, no hubiéramos nacido, nada es lo que hubiéramos perdido, porque este mundo no es plato de buen gusto para nadie.
Y miremos que la vida, cuando nos sonríe, merece algo la pena vivirla; pero son más las cosas negativas de impedimento que se oponen a que digamos con franqueza “¡qué bella es la vida!” El gran cineasta aragonés Luis Buñuel, ateo convencido hasta las trancas, dejó escrito en Mi último suspiro que ya él muerto, le gustaría poder levantarse de la tumba para ir a un quiosco y comprar periódicos, y con ellos bajo el brazo, rozando las paredes, regresar al cementerio, leer los desastres del mundo, y volverse a dormir en el refugio tranquilizador de la tumba. Esto resume toda nuestra existencia.