CANARIAS: Cuando la ciudad deja de pertenecernos - por Javier Marrero
CANARIAS:
Cuando la ciudad deja de pertenecernos
Javier Marrero
Hay señales que no hacen ruido, pero incomodan. Una de ellas es comprobar cómo determinados contenidos institucionales aparecen cuidadosamente traducidos al alemán y al inglés, además del español. Como es la tradicional Feria de Artesanía de Gran Canaria en su versión de 2026. No es un detalle menor ni una anécdota técnica, es la confirmación de una apuesta política clara. El mensaje no va dirigido principalmente a quienes vivimos aquí, sino a quienes vienen de fuera. La ciudad y la isla se piensan cada vez más como escaparate.
En Las Palmas de Gran Canaria el turismo ha dejado de ser un fenómeno puntual para convertirse en una presencia estructural, constante, acumulativa. Estas Navidades esa sensación se ha intensificado. A la habitual marea de gente canaria lanzada al consumo compulsivo, una histeria navideña ya normalizada, se le han sumado miles de turistas cuya cantidad, en comparación con otros años, resulta difícil de ignorar. Las calles saturadas, el transporte desbordado, los espacios públicos convertidos en pasillos de tránsito.
No se trata de rechazar al visitante ni de caer en discursos simplistas. Se trata de preguntarse qué modelo de ciudad estamos construyendo y para quién. Porque cuando una ciudad empieza a organizarse principalmente en función del turismo, quienes la habitan pasan a un segundo plano. Los ritmos cotidianos se alteran, los precios suben, los barrios se transforman, la vida común se subordina a la experiencia del visitante.
Por eso cada vez resulta más fácil entender y empatizar con las quejas que durante años hemos escuchado desde Cataluña, Venecia o Florencia. A esas ciudades también se les dijo que exageraban, que el turismo era progreso, que protestar era ingratitud. Hoy son ejemplos claros de lo que ocurre cuando el modelo se desborda y ya no hay marcha atrás, ciudades convertidas en parques temáticos, vaciadas de vida real.
En Las Palmas de Gran Canaria, aún estamos a tiempo de preguntarnos si ese es el camino que queremos seguir. Pero para hacerlo hace falta algo más que campañas multilingües y cifras de ocupación hotelera. Hace falta escuchar a quienes viven la ciudad todos los días, asumir que hay límites y reconocer que no todo crecimiento es deseable.
Porque una ciudad que deja de pertenecer a su gente, tarde o temprano, deja también de ser ciudad.
Javier Marrero.