Dividir a Europa - por Joaquín Rábago
Dividir a Europa
Joaquín Rábago
Me recriminaba el otro día un colega y amigo que en una de mis últimas columnas hablara de la obsesión de ciertos gobiernos europeos por fragmentar a Rusia sin mencionar en cambio los esfuerzos del Kremlin por dividir a Europa.
Le respondí en mensaje privado que de eso ya se encargan abundantemente los políticos y los medios todos los días, pero aprovecho su creo que cariñosa regañina para intentar explicar una vez más un par de cosas.
En realidad, no hace falta la “malévola” intervención de Vladimir Putin para dividir a los europeos: basta ver la reacción de tres de sus principales líderes, Starmer, Merz y Macron, aprobando vergonzosamente el ataque de EEUU e Israel a Irán y declarándose dispuestos incluso de atacar ellos mismos a ese país para “defender”, según dicen, sus intereses.
Olvidándose de esos valores que tanto dicen defender en el caso de Ucrania, los tres impulsores de la llamada “coalición de voluntarios” ni siquiera parecen haber acordado su respuesta con otros socios como España, que sí actuó en consecuencia con el derecho internacional al prohibir el uso por EEUU de las bases de Morón y Rota.
¿Y no contribuye también a la división de Europa la cobertura que da Bruselas a Ucrania cuando este país, que no es siquiera miembro de la UE ni de la OTAN, pero cuyos dirigentes actúan como si lo fuera, da largas a la reparación del oleoducto por el que llega la energía barata rusa que necesitan sus industrias a dos países que sí son miembros de ambas organizaciones: Eslovaquia y Hungría?
Se culpa sobre todo a Budapest desde Bruselas de falta de solidaridad con el resto de los europeos, pero ¿qué se dice en cambio de la voladura de los gasoductos Nord Stream atribuida por unos a un comando nada menos que ucraniano, y con pleno conocimiento de Washington, y por otros, directamente a EEUU?
Esa voladura, además de ser un atentado ecológico que al menos los Verdes alemanes deberían haber intentado, cuando cogobernaban en Berlín, que se aclarara, es una de las causas principales de lo que algunos llaman el “suicidio industrial europeo” porque la industria, sobre todo la alemana, que antes se beneficiaba del gas barato ruso, ha dejado de ser competitiva internacionalmente.
Eso es lo que han reconocido expertos como el antropólogo y sociólogo francés Emmanuel Todd, que ha dedicado varios artículos e incluso un libro a analizar, ese fenómeno, y también al otro lado del Atlántico, el profesor de economía de la universidad de Columbia Jeffrey Sachs o el politólogo de la de Chicago John Mearsheimer.
Pero la Comisión Europea y la inmensa de la mayoría de los mediocres líderes europeos se niegan a reconocerlo y denuncian a los partidos o a los países que, como la Hungría del detestado Viktor Orbán, abogan por el diálogo diplomático con Rusia para resolver el conflicto ucraniano y de paso el grave problema energético que tiene el continente.
Europa está ahora en manos de Estados Unidos, a donde huyen muchas empresas, sobre todo alemanas, en busca de su energía barata y para escapar de los aranceles de Donald Trump, a quien la presidenta de la Comisión, la alemana Ursula von der Leyen, trató absurdamente de ganarse en Escocia con un tratado leonino que sólo perjudica a los europeos.
Pero volvamos a Rusia, país al que los políticos y los medios acusan sin pruebas de pretender no sólo quedarse con toda Ucrania o intentar allí un cambio de régimen- esto último sí lo ha reconocido desde el principio el propio Kremlin- sino de querer atacar luego a Europa si antes no se para a Putin, ese “nuevo Hitler”.
Por mucho que nuestra propaganda diga lo contrario, Rusia no tiene ni apetito ni capacidad militar para ocupar Europa: ¿No aceptó la caída del muro, la reunificación alemana, la disolución del pacto de Varsovia y, aunque a regañadientes por lo que suponía la ruptura de una promesa hecho a Mijaíl Gorbachov, incluso la ampliación de la OTAN?
Al menos hasta que dijo “no”, cuando, frente a lo que pensaban entonces algunos líderes europeos como la alemana Angela Merkel o el francés François Hollande, Washington se empeñó en meter en su alianza militar también a Ucrania y Georgia, que habían sido repúblicas soviéticas y han tenido siempre estrechos lazos comerciales y familiares con Rusia.
¿No sondeó también Rusia en su momento, incluso con Vladimir Putin ya en el Kremlin, la posibilidad de entrar en la OTAN, solo para verse humillada por el rechazo de Estados Unidos? Claro que ¿qué sentido, qué justificación habría tenido la continuación de esa alianza militar sin un enemigo enfrente como en la Guerra Fría?
¿Ha hecho alguien más que Estados Unidos o los propios europeos para dividir a Europa?