Drones hasta en la sopa o “se non è vero è ben trovato” -por Joaquín Rábago
Drones hasta en la sopa o “se non è vero è ben trovato”.
Joaquín Rábago
Nuestros medios están llenos de informaciones sobre la extraña presencia de drones en el espacio aéreo de la OTAN, y para la mayoría no hay duda de que se trata de drones “rusos”.
No van armados, pero la Rusia de Vladimir Putin intenta pone a prueba nuestras defensas con vistas a un próximo ataque, argumentan los políticos como el canciller federal alemán, Friedrich Merz, y sus portavoces mediáticos.
“Expertos militares dan por prácticamente seguro que Rusia atacará a la OTAN”, escriben los periódicos e informan las emisoras de televisión y de radio. Incluso ponen fecha a ese ataque: 2029.
El ministro de defensa de Dinamarca, uno de los países donde han sido avistados esos objetos volantes, reconoce no saber quién está detrás. Pero no importa.
Está claro que hay países o actores interesados en socavar el apoyo danés a Ucrania. Y claro está, sólo puede tratarse de Rusia porque China está demasiado lejos.
Si los drones son un fenómeno nuevo, no lo es la propaganda bélica. En 1984 corrió, por ejemplo, la especie de que se habían avistado submarinos soviéticos frente a las costas suecas.
Se trató de una operación de falsa bandera de los servicios secretos de Occidente que, sin embargo, sirvió para sabotear la política de distensión de Olof Palme.
Hace dos años fue el turno de los globos misteriosos que aparecieron en el espacio aéreo de EEUU. Se dijo que los había mandado allí China para espiar las instalaciones militares del enemigo.
Pekín aclaró, sin embargo, que se trataba de globos meteorológicos que se habían desviado de su rumbo por culpa de la dirección de los vientos. Y no se volvió a hablar del caso.
En noviembre de 2024 aparecieron, sin embargo, drones primero en la costa Este de EEUU y luego en todo el país, y el Pentágono tuvo que investigar hasta tres mil incidentes, pero sin llegar a ninguna conclusión.
Ahora le toca a Europa, sobre todo a los países nórdicos y del este del continente, y la OTAN no tardó en hablar de “provocaciones de Putin”.
El ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sikorski, un político de más que conocida rusofobia (1) , amenazó en el Consejo de Seguridad de la ONU con derribar cualquier avión ruso que violase el espacio aéreo de su país.
En Hamburgo mientras tanto se anuncian maniobras a fin de preparar el puerto para el eventual desembarco de tropas y armamento de la OTAN en caso de guerra con Rusia.
Naturalmente, uno no tiene datos para descartar totalmente que los drones avistados en Dinamarca y otros países de la OTAN sean rusos, pero a la vista de los antecedentes, sería obligado al menos un cierto escepticismo, sobre todo por parte de los profesionales de los medios.
Claro que como dijo el famoso escritor estadounidense Upton Sinclair, “es difícil conseguir que alguien entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda”.
Ni siquiera el presidente de EEUU Harry Truman llegó a imaginarse cuántas guerras y cuántos golpes militares se llevarían a cabo con ayuda de falsas informaciones de los servicios secretos.
Basta pensar en Grecia (1947), Venezuela (1948), Corea (1950), Vietnam (1955), Cuba (1961), Indonesia (1965), Chile (173), Nicaragua y Afganistán (1979), El Salvador (1980), Yugoslavia (1999), de nuevo Afganistán (2001), Irak (2003), Libia (2011) y últimamente en Siria.
A mediados de los años setenta se descubrió que la CIA colaboraba con los grandes medios de información norteamericanos para influir en la opinión pública, es decir manipularla.
Desde el New York Times hasta el Miami Herald o Newsweek pasado por las emisoras ABC, CBS o NBC, los medios recibían textos del Gobierno que publicaban inmediatamente, sin someterlos a ningún escrutinio. Aquello se conoció cono operación “Mockingbird”. ¿Es muy distinto de lo que sucede ahora?
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Su esposa es la también rusófona periodista e historiadora norteamericana Anne Applebaum.