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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

Se enfría el entusiasmo de los polacos con EEUU, pero no el de sus políticos - por Joaquín Rábago

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Se enfría el entusiasmo de los polacos con EEUU, pero no el de sus políticos

Joaquín Rábago

Polonia ha sido entre los grandes países europeos el que más ha simpatizado siempre con EEUU y si bien el entusiasmo de sus ciudadanos con la superpotencia se ha enfriado últimamente, según los sondeos, la clase política considera imprescindible mantener esa relación estratégica.

Aunque sólo sea para buscar un equilibrio con la vecina y económicamente poderosa Alemania, de la que los polacos desconfían por razones históricas y con la que ahora rivalizan en la común aspiración a dotarse del mayor ejército convencional del continente.

Como explica el periodista alemán especializado en la Europa del Este Reinhard Lauterbach (1), Polonia se posicionó desde el principio como el “miembro ejemplar” de la OTAN e incrementó fuertemente su presupuesto militar cuando Berlín no pasaba aún del 1.5 por ciento del PIB.

REINHARD LAUTERBACH
REINHARD LAUTERBACH

Polonia confió durante algún tiempo en encontrar en el Reino Unido a un aliado especial en el seno de la Unión Europea – los unía, junto a su desconfianza de Alemania, su común rusofobia- pero ese proyecto se frustró al abandonar finalmente Gran Bretaña el club europeo.

Varsovia no tuvo entonces más remedio que depositar  su confianza en la superpotencia en persecución de sus propios planes estratégicos en Europa.

Un ejemplo, escribe Lauterbach, lo tenemos en la llamada “Iniciativa de los Tres Mares”, alianza de trece países cuyo objetivo es mejorar la interconexión logística, económica y energética en el eje norte-sur, conectando los mares Báltico, Adriático y Negro.

Ese proyecto de 2015, inspirado por el entonces presidente polaco Andrzej Duda y cuyo padrinazgo asumió Trump durante su primer mandato, afianzaba la hegemonía regional de Polonia y servía al mismo tiempo a los intereses de EEUU, que buscaba meter una cuña entre Alemania y Rusia y crear un corredor para el suministro de su petróleo a los países de la Europa central y del este.

Polonia está actualmente empeñada en la construcción de una terminal de gas licuado en la localidad de Swinoujscie, muy cerca de la isla báltica de Usedom, que comparte con Alemania y proyecta incluso una segunda  en Gdansk.

El país confía en convertirse así en la placa giratoria en esa parte de Europa para el gas de esquisto procedente del “fracking” en Estados Unidos, algo comparable con el papel que desempeñaba el gasoducto rusogermano Nord Stream hasta su voladura en una operación de terrorismo ecológico a la vez que económico atribuida por algunos a un comando ucraniano con el visto bueno de Washington y por otros, directamente a EEUU.

Esa voladura causó enorme alegría en Polonia, que llevaba años protestando contra el primer NordStream y se oponía a la terminación del segundo gasoducto de la misma empresa para transportar el gas ruso hasta Alemania.

Desde el comienzo de la guerra de Ucrania ha crecido por otro lado la importancia militar de Polonia para Estados Unidos: por el  aeropuerto de Rzeszów, en el sureste del país pasa el 90 por ciento de los suministros para las fuerzas armadas ucranianas.

Muchos polacos se felicitarán de la noticia de que EEUU ha decidido estacionar en su país a unos 5.000 militares militares, igual número al de los que Donald Trump sacará de Alemania, se trate o no de los mismos, aunque ello suponga un coste econòmico para Polonia.

El presupuesto polaco de defensa ha alcanzado en sólo unos años el 5 por ciento del PIB, exactamente lo que quiere Estados Unidos de todos sus aliados  sin que, como escribe Lauterbach, se hayan producido  en el país protestas contra el rearme.

El programa europeo conocido como SAFE, ideado para ayudar a los Estados miembros de la UE a aumentar de forma rápida sus inversiones en defensa mediante adquisiciones conjuntas de armamento, ha creado, eso sí, tensiones dentro de la clase política polaca.

El Gobierno del liberal y pro europeo Donald Tusk fue uno de sus máximos impulsores y consiguió que el país fuera también el principal beneficiarios de unos créditos concedidos en buena parte a condiciones favorables.

 Tusk  no deja de asustar a los ciudadanos con la “amenaza” rusa para justificar el enorme gasto en defensa. A su vez,  el partido  ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) en la oposición, pero al que pertenece el presidente, Karol Nawrocki, no está en contra de que se refuerce la industria militar polaca, pero sí  a la forma elegida de financiarlo.

Temen los ultraconservadores  que los créditos a treinta años aten sin remedio a Polonia a la Unión Europea durante al menos una generación y que el país no pueda comprar armas a Estados Unidos, como le gustaría seguir haciendo, sino a otro países europeos como Alemania, Francia o Suecia.

El presidente del Banco Central polaco, Adam Glapinski, del mismo partido que el jefe del Estado, prefiere al parecer utilizar las crecidas reservas en oro de su institución para no tener que depender de la Unión Europea.

Aunque los dirigentes del opositor PiS parezcan excluir de momento lo que algunos llaman  “Pexit”, a imitación del Brexit, una iniciativa anunciada este mes por el presidente polaco sobre un futuro referéndum relacionado con la Union Europea hace que los europeístas de Tusk desconfíen e interpreten esa consulta como un primer paso en esa dirección.

El presidente Nawrocki quiere preguntar a los ciudadanos si aprueban una política medioambiental europea que “aumenta el coste de la vida y de la energía y dificulta el trabajo a los empresarios y agricultores”. Sólo sobre el gasto militar no pregunta nadie. Es lo mismo que pasa en Alemania.  

(1)  En el diario Junge Welt.

 

JOAQUÍN RÁBAGO
JOAQUÍN RÁBAGO
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