ESPAÑA: Estado de corrupción, estado de conmoción - por Joaquín Rábago
ESPAÑA:
Estado de corrupción, estado de conmoción
Joaquín Rábago
¿Cómo calificar si no de Estado de corrupción a aquel en cuyo fango han acabado hundidos dirigentes de los dos partidos que se han turnado en el gobierno de este país desde la que llaman “llegada de la democracia”?
Y estado de conmoción es ése en el que deben encontrarse quienes durante años votaron en buena fe a socialistas o populares y hoy de pronto no saben qué harán, si votarán acaso en blanco, en la próxima convocatoria.
La corrupción, mal endémico aunque ciertamente no exclusivo de este país, la habido y la hay, grande o pequeña, a todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad, pero es especialmente inquietante en los casos que ahora conocemos.
¿Cómo es posible, hay que preguntarse, que los políticos incriminados por la justicia no hubiesen llamado hasta ahora la atención de ninguno de sus superiores o siquiera de sus correligionarios? ¿O que si lo hicieron, nadie hubiese dado la voz de alarma?
De poco sirve que nos digan todos los días que España está a la cabeza del crecimiento económico europeo –cosa bien distinta es por cierto la microeconomía, el reparto de la riqueza-, de poco o nada sirven cuando ocurren cosas como éstas.
Que algunos que se proclaman nuestros representantes se hayan valido descaradamente de sus cargos políticos en busca sólo del medro personal y el de los suyos es totalmente inaceptable.
Naturalmente que donde hay corruptos, hay también corruptores, y por desgracia estos últimos parecen escandalizar menos que los primeros, tal vez porque no son servidores públicos como son en este caso aquéllos.
Hace falta una limpieza total de nuestro sistema, y esto difícilmente podrá hacerse con los líderes políticos actuales
Es una desgracia que esto ocurra en un momento en que no hace más que subir en las encuestas un partido xenófobo, homófobo y misógino que antepone los insultos a las ideas y nunca ha renegado del franquismo. Muchos verán en el horizonte, y no les falta razón, sólo el abismo.
Pero que un creciente sector de la sociedad, y de modo especialmente preocupante, buena parte de nuestros jóvenes, vean hoy con buenos ojos una autocracia es sólo una manifestación de nuestro fracaso colectivo.
¿Qué se ha hecho en los cincuenta años transcurridos desde la muerte en la cama -conviene no olvidarlo- del dictador Francisco Franco para educar a las siguientes generaciones en los valores democráticos?
¿Qué han hecho sobre todo los socialistas, que han sido quienes más años han gobernado este país y que, a diferencia de los populares, no son herederos directos de aquel régimen?
Y sobre todo, ¿qué se ha hecho para acabar de una vez con todas con la corrupción en la política y en el resto de las instituciones, incluida una Justicia descaradamente politizada como se ha visto, entre muchos otros, en el caso del fiscal general?