Estados Unidos hacia la Guerra Civil, ¿Hibrida o Clásica? - por Álvaro Frutos Rosado
Estados Unidos hacia la Guerra Civil, ¿Hibrida o Clásica?
Álvaro Frutos Rosado
LA DISCREPANCIA
Hay países que se derrumban de forma brusca y otros que se deterioran poco a poco, casi sin que se note al principio. Primero aparecen señales menores, luego problemas más visibles y, al final, todos descubren que la estabilidad en la que confiaban era mucho más frágil de lo que parecía.
La historiografía comparada, disciplina que estudia cómo se ha escrito e interpretado la historia, muestra que los imperios rara vez caen por una sola causa: suelen debilitarse cuando se combinan la sobre extensión militar, el agotamiento fiscal, la pérdida de dinamismo económico, las luchas internas y la presión exterior. Así ocurrió con el persa aqueménida, con Roma, con el mundo maya y el imperio inca, y más tarde con el imperio español, el otomano, el francés, la China imperial de los Qing y el británico, todos ellos erosionados, con matices distintos, por la convergencia de crisis internas, rigidez institucional, “sobrecarga histórica” y desafíos externos, productos de odios acumulados, que acabaron desbordando su capacidad de adaptación a nuevos tiempos.
Paul Kennedy resumió este patrón en una fórmula ya clásica, la del imperial overstretch, (El auge y la caída de las grandes potencias 1987): las grandes potencias comienzan a declinar cuando sus compromisos estratégicos y militares desbordan la base económica que los sustenta; y Joseph Tainter (Cómo queremos que sea el futuro 2018), desde otra perspectiva, explicó que las sociedades complejas colapsan cuando los costes crecientes de su organización ofrecen rendimientos cada vez menores. Esto le viene sucediendo a los Estados Unidos desde hace tiempo.
Vista desde la historia de los imperios, la pregunta sobre Estados Unidos ya no parece, por tanto, una exageración. No porque su derrumbe sea inminente, sino porque empiezan a aparecer síntomas conocidos y graves de fatiga imperial: fractura social, polarización de élites (de intereses), desgaste fiscal, sobrecarga estratégica y pérdida de legitimidad. Por eso ya no basta hablar de una simple mala racha ni siquiera solo de polarización. La combinación de guerra exterior, deterioro institucional, movilización callejera y retórica belicosa del poder apunta a algo más grave: la normalización del conflicto interno y la erosión del consenso democrático hasta el punto de que el adversario empieza a ser visto no como rival, sino como amenaza.
No es una opinión de tertulianos televisivos. Los think tanks y observatorios más serios siguen rechazando el alarmismo fácil, pero ya no transmiten tranquilidad. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) ( https://www.csis.org/) ha sostenido que una guerra civil “real” en Estados Unidos sigue siendo improbable; la RAND Corporation (https://www.rand.org/) también ha advertido contra las analogías precipitadas con la Guerra de Secesión. Sin embargo, casi nadie solvente describe ya la situación como una mera tensión electoral pasajera. La Brookings Institution https://www.brookings.edu/) lleva tiempo insistiendo en que la violencia política constituye una amenaza real para la democracia estadounidense y debe abordarse como tal; Bright Line Watch, en su medición más reciente, concluye que la democracia estadounidense se ha asentado en un estado disminuido, más próximo a la convalecencia que a la recuperación; y el Varieties of Democracy Institute (V-Dem), de la Universidad de Gotemburgo, ha ido aún más lejos al afirmar que el deterioro del caso estadounidense presenta una velocidad “sin precedentes” para una democracia consolidada.[1]
Ese diagnóstico general se ha vuelto más inquietante en estos últimos días por una razón evidente: la guerra con Irán no ha actuado como pegamento patriótico, sino, todo lo contrario, como multiplicador de tensiones. Donald Trump ha endurecido de nuevo su retórica con afirmaciones y amenazas que, tomadas en conjunto, dibujan una presidencia instalada en la coerción, no sólo verbal, permanente. Trump urge a otros países a ir al estrecho de Ormuz y “simplemente tomarlo”, en un tono de bravata imperialista que ya no distingue bien entre presión diplomática endurecida, propaganda doméstica y amenaza estratégica real. También amenazó con destruir la infraestructura energética iraní si no se alcanza pronto un alto el fuego y ha dejado caer, además, la posibilidad de golpear instalaciones de desalinización, una hipótesis que sin duda tiene consecuencias humanitarias gravísimas. Estos días la Casa Blanca y varios miembros del Gobierno han hablado con un tono de amenaza casi desnuda. Karoline Leavitt ha presumido de una cúpula iraní “decapitada”; Marco Rubio ha prometido que Ormuz se reabrirá “de una manera u otra”; y Pete Hegseth ha dejado flotando la idea de seguir “negociando con bombas”. Ese lenguaje no es inocuo ni se agota en la escena exterior: traslada al interior de Estados Unidos una concepción del poder fundada en la fuerza, la intimidación y el castigo del adversario. En un país ya fracturado, la retórica bélica del Ejecutivo actúa, así como una pedagogía nacional de la confrontación. La respuesta ha llegado en la calle: las protestas masivas de “No Kings”, extendidas por miles de localidades, indican que la oposición al presidente ha desbordado los cauces institucionales habituales y que una parte creciente del conflicto político busca ya expresarse en la movilización directa.
La guerra empieza a sentirse en Estados Unidos donde más duele políticamente: en el bolsillo, en la ansiedad y en la percepción de injusticia. Pierden, ante todo, los hogares corrientes, que pagan una gasolina un 36% más cara que al comienzo del conflicto y un diésel que encarece transporte, reparto y alimentos; pierden también los sectores que viven del combustible, como las aerolíneas, que ya anuncian recortes, recargos y costes multimillonarios si la escalada se prolonga. Reuters recoge que más de la mitad de los hogares declara estrés financiero, y Associated Press recuerda que los estadounidenses están gastando cada día cientos de millones más solo en repostar. La economía no se hunde, pero se vuelve más áspera: el consumo aguanta, mientras las expectativas de los ciudadanos caen a niveles que The Conference Board (https://www.conference-board.org/north-america/) asocia con riesgo de recesión. Ganan, en cambio, menos actores y más concretos: las petroleras, los productores de gas y algunas compañías favorecidas por el encarecimiento energético o por el refugio bursátil. En otras palabras, la guerra no solo divide ideológicamente al país; también redistribuye de forma muy desigual sus costes y beneficios, castigando a la mayoría consumidora y favoreciendo a una minoría muy vinculada al negocio del crudo y de la incertidumbre.
Por eso la lectura de los observadores internacionales se ha endurecido. International IDEA (https://www.idea.int/) sigue situando a Estados Unidos entre las democracias relevantes con deterioros perceptibles, especialmente en igualdad económica y calidad del Estado de derecho. V-Dem (https://v-dem.net/) no se limita a una observación abstracta: sostiene que la democracia liberal estadounidense ha sufrido una caída abrupta y que la concentración de poder presidencial, el debilitamiento de controles institucionales y la intimidación a jueces, prensa y voces discrepantes explican ese retroceso. No es un juicio periodístico ni una invectiva ideológica: es el lenguaje técnico de uno de los principales observatorios comparados del mundo. Y cuando ese lenguaje técnico empieza a parecerse al vocabulario que antes se aplicaba a democracias periféricas o frágiles, el problema deja de ser solo estadounidense. Se vuelve sistémico.
Desde Rusia y China, naturalmente, todo esto se mira con una mezcla de cálculo y satisfacción. El Valdai Club (https://valdaiclub.com/) ha hablado de alta turbulencia y considerable potencial de conflicto en Estados Unidos, mientras desde entornos estratégicos chinos se insiste en que la polarización interna y las luchas de facción están condicionando la política exterior de Washington. Conviene tomar esas lecturas, sin duda, con precaución, porque en esta Guerra Mundial soterrada todos están jugando y son rivales, no observadores neutrales. Pero también conviene no caer en el reflejo contrario de descartarlas por completo. La propaganda eficaz, casi siempre, se pega a una grieta real. Y la grieta real es esta: para una parte creciente del mundo, Estados Unidos ya no aparece solo como superpotencia, sino como superpotencia fatigada, por ello, más imprevisible, más vulnerable a su propia política doméstica y más dada a exportar hacia fuera la violencia simbólica que no consigue metabolizar dentro.
La pregunta ya no es si mañana habrá una nueva Gettysburg, sino si Estados Unidos está entrando en una forma híbrida de preguerra civil, menos visible que una contienda abierta, pero no por ello menos corrosiva: una situación en la que la deslegitimación institucional, el odio mutuo, la normalización de la violencia, la presión económica, la protesta constante y el lenguaje autoritario del poder dejan de ser excepciones para convertirse en paisaje.
Eso es, precisamente, lo que vuelve tan perturbador el momento actual: no la repetición literal de 1933, sino, en el sentido de Siegmund Ginzberg, Síndrome1933 (2024), la aparición de un síndrome, de un conjunto de síntomas que revelan el desgaste profundo de la convivencia democrática. Porque las naciones no empiezan a derrumbarse cuando suena el primer disparo, sino antes, cuando pierden la capacidad de reconocerse mutuamente como compatriotas y el adversario pasa a ser visto como un enemigo.
[1] CSIS (2025), Is the United States Headed Toward a Civil War?; Hollywood (RAND, 2024), Against Hyping Civil War and Mass Violence; Katz, Rippberger y Urby (Brookings, 2025), Addressing Political Violence to Protect American Democracy; Bright Line Watch (2026), The Persistence of Diminished Democracy in a Second Trump Presidency; V-Dem Institute (2026), Democratic Backsliding Reaches Western Democracies, with U.S. Decline “Unprecedented”.
Gracias a Álvaro Frutos Rosado LA DISCREPANCIA y a la colaboración de Pedro Anatael Meneses